“Es un lugar
donde algo significante, misterioso y oscuro ha pasado y se ha transformado en
una especie de camposanto mítico donde un joven príncipe o rey fue asesinado.”
Josiah “Tink” Thompson.
Palabras dichas por el periodista,
ex profesor e incluso detective privado, a un Errol Morris en su cortometraje acerca de JFK (November 22, 1963).
Así es como describía el lugar del magnicidio, Dealey Plaza (Dallas), y así es
como me gustaría describir este espacio a propósito de Netflix. Un lugar
simbólico, oculto y tenebroso capaz de albergar en su geografía hechos, cuanto
menos, interesantes. Por lo tanto, éste no será un santuario para vellocinos de
oro, ni tampoco un altar para adorar a la compañía norteamericana. No, pero lo
que es indudable es su trabajo realizado hasta ahora. Uno donde pareciera que
la heterodoxia se ejercita desde muy diversos ámbitos, y no estoy hablando de
sus series, sino que hablaré de sus películas, cuyas formas “a la contra”, por
irónico que parezca, se han convertido en un sello tentacular extensible a diversos ecosistemas creativos.
El entrecomillado es deliberadamente premeditado como locución adverbial
demostrativa de la gestación de un
“huevo de la serpiente” en el sistema. Regresando al currículum, ¿quién lo iba
a decir? La bola de nieve empezó a rodar
en 1997, cuando Reed Hasting
olvidó devolver una película a su videoclub. Lo penalizaron con una multa de
cuarenta dólares por el retraso. Esto generó rabia al principio pero también
alumbró la idea de la creación de una empresa, lo que siguió después ya es
historia. Él y su colega, Marc Randolph,
fundaron una empresa de películas de alquiler por demanda por internet. Luego
vendría el 2007 con la tecnología binaria, añadiéndole un plus a su servicio,
la inmediatez. Por si no fuera poco, creó además un algoritmo de sugerencias
para su página web, un sistema que analizaba el comportamiento y gustos del
cliente con el objetivo de contestar a una pregunta sencilla: ¿qué haces con tu
tiempo libre? La respuesta descansa en el hecho incuestionable de que nos
encontramos ante una evolución del entretenimiento, donde Netflix juega un
papel preponderante ejerciendo su control. Primero apostó por un nuevo formato
doméstico (dvd) y después por una técnica digital de contenido multimedia (streaming) descubriendo un nuevo camino
de posibilidades. En este primer episodio hablaremos de una película
“intranquila” que no deja resquicio al espectador, ubicándolo en una
encrucijada estética: o te gusta o la odias, Aniquilación (2018). Después
seguiremos con una gozada, sin más, Okja (2017). Ejemplos de discrepancia
formal, para nada radical, que transitan hacia una disconformidad contestataria
a través de un diálogo entre la forma y el fondo. Pues eso, aprovechemos que el Pisuerga pasa
por Valladolid entonces.

Aniquilación
o el cuestionamiento del statu quo, cinematográfico.
“…y cuando
contemplas la belleza de la desolación, algo cambia en tu interior. La
desolación intenta colonizarte.”
Jeff Vandermeer.
Hoy no se podría estrenar comercialmente una
película como ésta, de hecho solamente se ha podido realizar en territorio USA.
Bien, eso podría demostrar una cosa sobre todo por estos lares: la involución
de la exhibición y distribución cinematográfica. Pero nos equivocamos desde el
principio. Y es que Netflix entró en la producción de la película tarde pero en
su justo momento, ya que algunos ejecutivos de Paramount, concretamente David Ellison, productor ejecutivo
vinculado con Skydance, quería hacer cambios sustanciales en algunos personajes
a lo que el equipo creativo del film encabezado por su director, Alex Garland, y el segundo productor
ejecutivo, Scott Rudin se negaron.
Pues bien, Paramount encontró una solución, Netflix entraría en la distribución
realizándola en streaming a nivel
internacional y de esta manera sufragar los 55 millones de dólares del
presupuesto total de producción. Así, el resto del mundo se perdería la ficción
en pantalla grande pero, sin embargo, ganaría la versión inalterada de su
director, en otro tipo de pantallas.
La aclaración nos puede
a ayudar a desarrollar el tema del artículo, que no es otro que hablar de la
forma más que del fondo de una historia. Yo mismo en la génesis de la
elaboración del texto, no era consciente de este dato y si me hubiese mantenido
ajeno al mismo podría haber seguido hablando de lo mal que está la distribución
comercial y podría haber dicho que hace unas décadas, podríamos haber visto en
nuestras pantallas todo tipo de ficciones pero encontrar un 2001, Una odisea
del espacio (Stanley Kubrick, 1968) o un Stalker (Andrei Tarkovsky, 1979) hoy día sería imposible. La gran tragedia
de nuestro tiempo es que no existe alternativa a Star Wars. Entonces habría que
buscar otra estrategia, y claro está, eso pasaría por la oferta de Netflix. De
esta manera este argumento encumbraría a la plataforma de VOD estadounidense
como garante de la creatividad auspiciándola casi al olimpo del arte. Pero
seamos sinceros, las cosas ocurrieron de otra manera y aunque Netflix nos haya
dada la oportunidad de ser testigos de una película interesante, no se ha hecho
por amor al arte, sino por un interés determinado: algunos gurús necios
aventuraban que el estreno del film hubiese sido un fracaso estrepitoso, ya que
la consideraban demasiado intelectual y que la mejor manera de recuperar lo
invertido, sería su distribución en el servicio bajo demanda. De alguna manera
Aniquilación nos dicta el sentido de la ficción en nuestro presente. Nos
posiciona sobre la mesa el statu quo del séptimo arte y lo hace magistralmente,
sin enterarnos, trabajando desde la sombra. Primeramente el thriller envuelve
el relato de la bióloga Lena (Natalie
Portman) que espera a su marido, el sargento Kane (Oscar Isaac), desaparecido hace un año. La ausencia en sí es un
concepto que alimenta el suspense hasta que el Ulises regresa a su Ítaca
particular (la secuencia en la que lo hace es demoledoramente aséptica en su
contenido pero terriblemente interesante en su técnica, como descubriremos).

Después, como si formásemos parte de ese pelotón
adentrándose a una “terra incognita”, el género va mutando a uno de ciencia
ficción (una vez que cruzamos el umbral de la zona protegida llamada Resplandor
en el film y Área X en la novela) y fantástico (con la presencia de la
sempiterna figura del monstruo). E incluso podríamos decir que en algunos momentos,
apoyándose en la banda sonora de la película, estamos rozando el experimental
al gusto de un Ligeti. Esta variedad
genérica podría responder al contexto de la creación fílmica, esto es, a una
cierta postmodernidad en su diégesis pero si observamos con detenimiento, nos
podremos dar cuenta del discurso formal. Para llevar a cabo semejante empresa
se necesita solamente tener una cosa en mente: desafiar al espectador.
Aniquilación, si bien no es un ejemplo de desubicación narrativa constante
(cosa que sí que puede llegar a serlo su inspiración literaria de Jeff Vandermeer), sí que lo es a ráfagas. ¿Y cómo se consigue? Apoyándose en
varios elementos, que de alguna forma, lo confronta con el estado de las cosas
cinematográficas actuales. Cuando se altera ese statu quo, aparece el estado de
agitación, la conmoción que es de lo que trata, entre otras muchas cosas más,
la película y la novela: de la naturaleza del cambio, del desequilibrio en
definitiva. Y quien primero lo sufre en la historia son sus actantes. Casi
todos en su jerarquía (ya sean incluso episódicos) se muestran apáticos,
desanimados. Se encuentran vaciados por dentro, parecieran seres consumidos (la
bióloga Lane), obnubilados (la paramédica Anya, Gina Rodríguez) o sin motivación alguna (la psicóloga Ventress, Jennifer Jason Leigh). En definitiva
serían personajes heridos, que en algunos de los casos, deambulan por la trama
parasitándola y ejerciendo de agentes extraños. Ante semejante construcción
dramática, el proceso de identificación de la heroína no se produce. Por lo
tanto es muy difícil que se cree el vínculo emocional entre el personaje y el
narratario. El cordón umbilical entre ambos está cercenado. Esto nos haría
recordar a personajes de otras ficciones ya citadas como al astronauta Bowman
de 2001 o al escritor Pisatel de Stalker. Existen focos de esperanza en
personajes ubicados al margen, secundarios, como el de la física Radek (Tessa Thompson) pero en seguida se
desvanece cualquier tipo de apoyatura emocional. En un momento del film llega a
decir a Lena que la doctora Ventress quiere afrontar el Resplandor, y que Lena
quiere luchar contra él. Y ella dice que no opta por ninguna de las dos
opciones. Después desaparecerá, engullida por la metamorfoseante naturaleza del
pueblo donde se encuentran. Frente a la aniquilación existen dos opciones: no
asumirla, ser lo suficientemente necio para no valorarla, o la asunción de la
misma. Jossie Radek parece no mojarse, pero es el único actante que elige y
asume su final, cosquilleándose su brazo por donde están sobresaliendo ramitas.
Aniquilación en su tercera acepción gramatical significa hacer perder el ánimo.
No cabe duda que los personajes de la ficción son unos desanimados y su única
esperanza radica en la regeneración de otro cuerpo, otro sistema y para que el
proceso tenga éxito hace falta solamente una cosa, morir en un lado y en el
otro, creando algo completamente distinto de ambas cenizas.

Otro elemento desestabilizador tendría una
característica conceptual, se trataría de realizar un viaje al otro lado.
Tendríamos que disfrazarnos de Alicia y atravesar el portal “brechtiniano”. Nos
encontraríamos con la consciencia misma de ser testigos de una ficción, de la
edificación de una mentira. En definitiva ser consecuentes con la presencia de
la cámara. Es curiosa la importancia que tiene el hecho durante toda la
historia, ya que en la novela no existe. Varias veces aparece la presencia del
objeto como estructura elíptica de la
explicación de lo que vemos, simple y llanamente, mirándolo, siendo partícipes
del propio plano. La posición de la cámara es vital para entender la
información suministrada. Hablaré de una secuencia anodina en su contenido pero
valiosa en su forma porque lo que nos llega a decir es que en la cotidianidad
es donde reside la extrañeza (eso lo representa a la perfección David Lynch en sus obras). Y esto se
realiza, no generando frustración sino curiosidad, pero una malsana auspiciada
por el suspense. El sargento Kane regresa a casa. La primera reacción de Lena
es la de la desconfianza de aquello que
está viendo, su rostro pareciera que ha visto un fantasma en vez de a su
marido. De alguna manera está cuestionando su incertidumbre de realidad pero
inmediatamente, se abalanza sobre él abrazándolo, quiere creer lo que está
viendo y sintiendo, presentándose ante el espectador quizás el único momento que
vemos de la protagonista expresar sus
emociones. Pero será un espejismo porque la conversación que tienen en la
cocina, volverá a ubicarla en una posición de desconcierto y duda, de una
sobriedad emocional aplastante. Ella, de pie demanda una explicación que no
llega por parte de su compañero, sentado, casi amnésico al interrogatorio. Se
sientan enfrentados en la mesa, uno a cada lado del otro. Lo lógico de la
gramática clásico de la puesta en escena sería utilizar el plano/contraplano,
que es utilizado, pero sorprende la utilización de un plano general, alejado,
parapetado, en un pasillo tenue que muestra a Kane solo. Su cuerpo aparece como
cercenado, la mitad se encuentra ubicada en un tenso fuera de campo, dando un
fuerte protagonismo al vacío existente. Unos segundos después, Lena ocupará ese
vacío inquiriendo más información acerca de dónde ha estado. La construcción de
un malestar dentro de la narración propone el principio de su desestabilización.

Y esto nos llevaría a un tercer elemento del que ya
hemos avanzado algo con la explicación de la secuencia, es decir, la
dosificación de la información. La historia empieza por el final y la labor del
montaje es fundamental. Lena es una superviviente encarcelada en una
habitación, sujeta a una férrea interpelación. A partir de ese momento iremos yendo
y viniendo a medida que se vaya graduando el interés de lo que está narrando. A
través de flashbacks veremos “su historia”. La utilización de carteles con los
títulos de las partes de la narración, a modo de capítulos, da a entender la
existencia de la manipulación, ya no sólo por parte de los creadores de la
historia, sino quizás por parte de la propia protagonista. Los recuerdos serán
importantes para poder desarrollarlos con precisión y eficacia, pero ¿son
reales? ¿Eso fue lo que pasó realmente? La incertidumbre será el otro
protagonista de la trama. Aniquilación como obra interesante en el panorama “cinematográfico”
actual, cuestiona su statu quo y lo hace confeccionando preguntas sin saber muy
bien la respuesta. ¿Qué significa ser humano? ¿Y qué significa confrontarse con
lo desconocido?
“Con eso como
punto de partida, empecé a concebir un relato para el farero, […]. Resultaba
difícil, porque no sabía nada de su vida, no contaba con ningún indicador que
me permitiera imaginármelo.”
Jeff Vandermeer.
Okja
y la asunción de una responsabilidad.
“Aprendo cada
día, cada hora pero ¿cómo se aprende? Dejándose sorprender. Haciendo ver que
dónde estaba el prejuicio llegue el juicio.”
Antonio Escohotado.
Siempre estoy
aprendiendo con las películas de Bong
Joon Ho porque siempre acaban sorprendiéndome. Es cierto que el director
surcoreano juega constantemente con el espectador, pero aun así, lo hace de una
manera tan maravillosa que no eres consciente hasta que el efecto ha sido
escenificado. Utiliza una herramienta narrativa fundamental que se aúna con
otra visual y ambas, se conglomeran para crear la puesta en escena sublime. La
posición de la cámara se alía con el guion, o quizás con el storyboard técnico,
y se produce el milagro: el plano secuencia. El director usa el montaje pero el
misterio de sus películas siempre sucede en el plano virgen, aquel que no está
montado sobre otros. Aquel que refleja la causa y el efecto al mismo tiempo y
no hay que esperar a la cesura para dar continuidad narrativa. Con esto no
quiero decir que Bong Joon Ho
reniegue del montaje, todo lo contrario, además creo que lo hace también
magistralmente. En Okja tenemos la secuencia del accidente al comienzo del relato,
cuando nos encontramos en plena presentación de los actantes que demuestra su
valía. Lo que quiero decir es que en la elaboración del plano secuencia se
encuentra la operación primordial de su trabajo: el énfasis utilizado. Alexandre MacKendrick dijo una vez que
lo que un cineasta dirige realmente es la atención de la audiencia, por tanto
podríamos rubricar lo que Tony Zhou
dice en su serie de mini documentales sobre la estética fílmica (Every Frame a
Painting): “dirigir es una cuestión de
énfasis. Uno enfatiza lo que es importante al desenfatizar lo que no es tanto.”
Concluiríamos entonces que el subjetivismo sería esencial en la construcción
cinematográfica y que a través de herramientas como el plano secuencia,
trabajada por tantos y tan grandes directores de todo el mundo, podríamos
enseñar pero también ocultar un mundo al espectador.
En la mostración y encubrimiento de la
información se encuentra la riqueza del director surcoreano. Su filmografía da
fehacientes pruebas de ello. (Memories of Murder o The Host). En Okja, esa
herramienta está más depurada y parece en menor medida que en otras ficciones
de su autor, pero eso no quita que el efecto que vaya a conseguir haya mutado
de otra manera. Tenemos una conversación entre Maji (Seohyun An) y su compañera (me niego a describirla como mascota) al
principio de la historia, la cual desconocemos porque no podemos oírla
(desaparece medio rostro de la protagonista debajo de una de las orejas de
Okja) y termina con otra, está vez de la
compañera a Maji, de la que tampoco somos participes. Existe algo que solamente
pertenece al ámbito privado de esos dos personajes. Algo quizás por lo que ha
valido la pena luchar. Desde el rapto del animal hasta la persecución por Seúl,
llegando hasta la batalla campal en las calles de New York y finalizando en ese
campo de concentración cárnico, lo que se ha puesto a prueba ha sido la fuerza
de voluntad de Maji ¿Cómo se construye? ¿Cuál es su motor? El director nos
puede haber dado la clave, nada más empezar la película, en esa conversación con
ese plano del ojo de Okja ampliando su pupila a medida que escucha a Maji
susurrarla algo.

Además de existir una complicidad notoria,
observamos un hecho fantástico, quizás por la química, el animal además de
escuchar parece sentir algo con ese sutil gesto. Más adelante también volverá a
repetirse conductas humanas sobre el animal en el desfiladero con Maji. Por
tanto estaríamos ante una alianza entre los dos personajes y el rescate de
Okja, es llevado bajo el paroxismo de la amistad alimentando una cierta testarudez
en la heroína que la otorga la fuerza para seguir adelante, no importando el
desafío, es más cuanto mayor es, más conecta con el deseo de superarlo.
Podríamos ubicar una escala de proporciones, empezando por lo pequeño, la
superficie de cristal que la impide pasar al otro lado, en la sucursal de
Mirando en Seúl, a algo más grande,
cuando corre en pos del camión que lleva a Okja llegando a encaramarse
al vehículo y evitando la altura de los sucesivos túneles por lo que va
introduciéndose. A cada paso mayor peligro. El tamaño sí que importa. El tamaño
de Okja en su presentación nos habla de lo grande que es pero también,
paradójicamente, de lo débil que es, cuando se resbala por el riachuelo. No
cabe duda que el director empieza a establecer vínculos con el espectador,
construyéndole su afinidad con el personaje. Pero quizás en su contrario
podamos comprender mejor de que se sustenta la lucha de Maji. Y es que en la
película existen más ejemplos de lucha, como aquellos que fracasan estrepitosamente.
Le pasa al grupo de defensa animal compuesto por idealistas, que se pasan
haciendo lo que consideran correcto y después acaban realizando su contrario.
Quieren rescatar a Okja de las fauces de Mirando para después entregársela en
bandeja a la misma corporación. Maji es engañada por uno de sus integrantes. Y
la secuencia en la factoría donde Okja es forzada por un macho de su misma
especie es demoledora al respecto. Mientras lo ven, no dejan de observar sus
propios errores, unos que volverán a repetir una y otra vez. Pareciese que
estuviésemos ante unos hijos de papá, atolondrados, que ven todo desde la
confortabilidad del otro lado. Y aunque reciben de lo suyo cada uno, pareciese
más un castigo recibido por su inoperancia ante los hechos. Al final Okja acaba
prisionera gracias a sus salvadores. Es una lucha innecesaria, absurda
(intentan por todos los medios no utilizar la violencia en sus “perfomances”), está vacía de contenido y
no tiene ningún sentido. La música de Jaeil
Jung nos aporta más claves al respecto. La presentación de este
destartalado grupo aparece junto a fanfarrias de trompetas como si el circo
hubiese hecho acto de presencia en la trama. ¡Señores y señoras con todos
ustedes…! Lo absurdo catapulta al relato al desconcierto. El grupo pacifista
intentando secuestrar a Okja, y enfrentándose con la policía con paraguas de
colores, ejemplifica muy bien la incoherencia del enfrentamiento pero también
nos habla del acto irreflexivo del grupo, frente a la férrea decisión de la
construcción de una responsabilidad por parte de Maji en su tarea de regresar
con Okja a las montañas. Regresamos al maestro Escohotado cuando le preguntaron
que qué les diría a los jóvenes de ahora: “Que
se las arreglen como puedan. La libertad reclama que cada cual se la juegue.
Que piensen por sí mismos. Asumamos responsabilidad plena y completa por
nuestras acciones y nuestras ideas.” Todo eso lo podría representar Maji,
¿por qué no el grupo de defensa animal?
