Buscar este blog

domingo, 16 de septiembre de 2018

PASANDO EL LUDOMINGO CON THE WORLD OF SMOG. RISE OF MOLOCH. CAPÍTULO 2. EL CONSERVADOR FANTASMAGÓRICO.


Seguimos en veranito con nuestro Taller Literario: "Incitar a escribir", así que tendremos que volver a mojarnos y mancharnos de lodo por ese mundo steampunk victoriano que nos propone el juego. La investigación continúa con nuestros tres miembros del Club Unicornio y,  recordaréis que salvaron a la hija de Blackmore pero no pudieron atrapar a los Agentes, que encima se escaparon con un fragmento de loseta de Moloch. Pues bien, veamos que nos deparó esta segunda sesión.


El día empezó bien, ya que la jornada aconteció en interiores (no más barro, ni cuerpos mojados), más concretamente, en las misteriosas habitaciones de la Mansión Blackmore, y ya para avanzaros su final, ¡vencimos a los malditos Agentes de Moloch! Sí señor, la segunda partida del juego fue ganado por un servidor, aunque no fue fácil (¿lo es este juego?), ya que me hubiera gustado haber vencido a uno de los Agentes más poderosos de Moloch, Ira Kodich y sus simpáticos guardias reales zombificados, pero se me escapó.


La verdad es que estuve muy cerquita de conseguirlo pero me encontré en una encrucijada, o derrotarla o ganar esta partida, y la segunda opción fue la elegida. Ya tendré oportunidad de encontrarla otra vez, estoy segurísimo. Bien nos encontrábamos en una de las habitaciones de la mansión, en concreto, un salón, auténtica feria de las excentricidades, como podéis observar la loseta que cohabitaba con las figuras, en la foto de más arriba. Y no estábamos sólos, nos acompañaba un fantasma, el mismísimo profesor Blackmore que fue nuestro aliado en el capítulo.


Ahí lo tenéis, entre Drago y Abigail, con su soga y todo, genio y figura hasta la sepultura. Ese detalle hará que escriba algo divertido sobre el personaje, seguro. Parecía tranquila la mansión pero la calma duró poco. Moloch empezó a pergeñar sus estrategias con nada más y nada menos que tres Agentes (Emerson, Tobias e Ira Kodich) y un ejército de zombies de muy diferente clase (los normales, los rodeados por llamas y los guardias reales). La situación se tornó diferente y eso lo podéis comprobar comparando la foto primera, auténtico remanso de paz victoriano, y ésta de aquí abajo, que parece sacada del asedio zulú de Rorke's Drift del film homónimo de Endfield (1964). Por cierto, consejo cinematográfico, si no la habéis visto, ¡hacedlo! No os defraudará.


La imagen también muestra abajo, en la parte derecha del tablero, los objetivos conseguidos, las cuatro fichas, y que como consecuencia del mismo conseguí: ¡un fragmento de loseta de Moloch!


Ahora mismo estamos empatadas las fuerzas del Club Unicornio y las de Moloch, pero no hay que bajar la guardia, a la mínima puede ser mi perdición. Comentaros un par de cositas antes de la novelización de los hechos. Si os fijáis en la primera foto. En algunos interiores hay puertas que dan acceso al mismo y en otros no. Con la cual, la Némesis del juego tuvo que comerse la cabecita un poco para utilizar sabiamente a sus zombies, sobre todo los que estaban rodeados de fuego, para su eliminación y posterior quema de las superficies de madera de la mansión por donde podrían empezar a introducirse. Y la verdad es que no lo hicieron nada mal.


Como podéis comprobar en la foto de arriba, empezaron a introducirse como si fuesen plaga y claro, no lo hicieron solos. Los Agentes iban con ellos. Aquí quise introducir un elemento narrativo en la propia partida. Fue un trasvase pero al revés. Quiero decir que el objetivo de este taller literario es, primero jugar y después, escribir, y aquí quise darle un giro a los acontecimientos. Hice, forzándolo lógicamente, que el señor Cavendish se volviese a enfrentar a Tobias...



 ...pero no me salió muy bien mi venganza particular, como recordaréis en el capítulo anterior.


Señores, esas cosas de la venganza, no llevan a ninguna parte. En cuanto a Drago, me apoyé en lo que había conseguido en el capítulo anterior...


...y tampoco me salió muy bien. Me permitió avanzar en la trama y conseguir alguna que otra ficha pero al final un grupo de zombies me lo noqueó, junto a Emerson.


Pero bueno, como ya he dicho, al final ganamos y fue la señorita Sutherland quien consiguió la última ficha de objetivo, ganando para nosotros un fragmento de la misteriosa loseta de Moloch. Y esto la verdad es que me condujo a otra interesante encrucijada. Por un lado, cada vez estamos ganando más poder...


...pero por el otro lado, también Moloch como podéis comprobar, que en la próxima partida que tengamos, tendrá un montón de éter para poder utilizarlo en sus odiosas cartas de Némesis y joderme vivo, y perdón por la expresión.



Así que tiré de ingenio y como compré la edición especial de la campaña de Kickstarter del juego, me aventuraré a una Misión en Egipto, que era uno de los extras que traía la opción y la cual decía en su interior, que cualquier jugador que esté en posesión de una loseta de Moloch podrá jugarla. Veremos que nos deparará la historia, seguro que cosas muy interesantes como nuestro segundo capítulo. ¡A LEER!





Sus huesudos dedos sujetaban la bola negra y no tardó mucho en soltarla, justamente cuando empezaron a oírse los primeros gritos. Sin prestarles mucha atención, sus ojos huecos observaron el movimiento de la bola, buscando un posible destino rodando nerviosa dentro de la ruleta. Súbitamente, cuando las voces de auxilio empezaron a multiplicarse, la bola se detuvo bajo un número y la ruleta fue aminorando su velocidad hasta que se detuvo. El rostro pálido de la mujer se aproximó al objeto. Tenía una tez marfilada y miraba atentamente  el número pero algo la hizo desconcentrarse y echarse hacia atrás, golpeando su enclenque cuerpo contra la pared de madera de la habitación. Primero fueron unos golpes y después unos gruñidos y al poco tiempo una sombra se perfiló entre los límites de la ventana. Se quedó estática mirando en derredor la estancia. Había dos mesas próximas a ella con las mismas herramientas de juego y disfrute clandestino. Mazos de cartas desperdigados por las mesas y fichas de póker guardándoles las espaldas. Sus cuencas oculares parecían abismos donde era imposible discernir algún tipo de luz en forma de iris y su tocado egipcio, la deslocalizaba de la estancia. Su vestido confeccionado con lino y los abalorios de sus escuálidos brazos no pertenecían a ningún joyero londinense. La sombra seguía impávida entre los límites de la estructura de la ventana. Pensó que aquello que ella estaba contemplando era lo mismo que lo que espiaba la sombra. Su rostro seguía petrificado sobre una de las paredes. Otra vez golpes y gruñidos y la sombra desapareció. No tardó mucho en intentar ver algo en la calle, posicionándose en una esquina del cristal de la ventana. Su reflejo mostraba la presencia de innumerables llagas, como si hubiesen sido excavadas alrededor de la comisura derecha de su boca, invitando a los indiscretos a penetrar en su interior donde se podía ver casi toda la estructura dental.

     —¡Los caballeros del Club Unicornio! —Sonó despectiva su voz.

Sus labios se extendieron en una amplia sonrisa e hilillos de babas con sangre corrieron por su mejilla. Su lengua parcheada no tardó mucho en absorberlos.

     —¡Ahora sí que Londres está a salvo! —Sonó maliciosamente ahogada y rugosa, mientras contemplaba el origen de la sombra.

Vio a Drago peleándose, o más bien, destrozando a un grupo de zombies. Rápidamente acabó con ellos y miró al otro lado de la calle. Casi enfrente se encontraba Emerson esperando a alguien o a algo. Se produjo un curioso juego de perspectivas. Por un lado, Drago miraba al enterrador y por el otro, la mujer hacía lo propio, observando a la bestia.

     —¡Imbécil! —Focalizó sus ojos en Emerson—. ¿Dónde estará su hermanito?

A Ira Kodich nunca la habían gustado los hermanos de excavación. Para su gusto parecían torpes y presuntuosos con su trabajo. No eran conscientes de que no estaban al servicio del Culto sino del mismísimo dios ardiente Moloch. Estúpidos botarates, que por el momento, les servían como dispensadores de carne, de materia prima para sus planes de reanimación. Eran para lo único que eran perfectos, no para encargarles una misión tan delicada. Los fragmentos de la loseta de Moloch requerían de un tacto sutil para poder adquirirlas, sin levantar muchas sospechas. No cabría ninguna duda, sería la última vez que les encomendaban una misión como ésta. Sería la propia Ira quien se lo comunicaría a su amado mentor, el gran sacerdote del Pontificado de Toth. Nunca lo olvidaría, su primer encuentro ya edificó su servidumbre a Moloch. Su papel de bruja malviviendo con trucos y juegos malabares no la hubiesen podido llenar como las enseñanzas de Moloch y de su sacerdote, que la salvó de la clandestinidad para darla un protagonismo en la orden, siendo la primera sacerdotisa de la congregación. Algunos vieron algo más en la ascensión meteórica de la mujer, pero callaron sus opiniones por temor al sacerdote. Empezó a aprender rápido y poco a poco se fue ganando esa posición y ahora estaba embarcada en la misión de su vida. Algo interrumpió su pensamiento. Al otro lado de la calle vio aparecer a Tobías. Drago también contempló la reunión entre hermanos de excavación. Tobías enseñó un objeto cuadrado a Emerson y después se marcharon raudos y veloces. Ira ya tuvo bastante, se marchó de la ventana y se acercó a una alfombra decorado con signos jeroglíficos. La apartó con el pie y apareció ante ella la mitad de una alcantarilla. La mujer se agachó para desplazar por completo la alfombra y dos ratas salieron a su encuentro. Ira Kodich las miró sin pestañear y ambos roedores se quedaron estáticos. No tardó mucho en deshacerse de ellos con un patadón y, abriendo la alcantarilla y colocando delicadamente la alfombra en su sitio, desapareció de la casa de juegos.

La hija de Blackmore fue conducida a un carruaje al final de la destartalada calle. Iba escoltada por un grupo de bobbies y solamente pudo despedirse con un ligero cabeceo de asentimiento, o quizás de gratitud, a los tres miembros del Club Unicornio. Habían conseguido salvarla y ahora la quedaba un largo recorrido hasta perderse en un crucero rumbo a Europa. A su paso sir Walter Cavendish la devolvió el gesto y la regaló una nimia sonrisa.

     —¡Por favor, sir Cavendish! —Se molestó Abigail, propinándole un ligero codazo al caballero.
     —¿Qué? —Se sorprendió y se quejó del golpe de la arcanista.
     —Conozco esa sonrisita.
     —No sé de qué diablos estáis hablando, milady.

Abigail le dirigió una furibunda mirada mientras el carruaje desaparecía del lugar. El mekamancer la evito regresando a los escombros de la comisaría donde Drago estaba buscando algún indicio del ataque. Alguna pista que les condujese a la siguiente etapa de su investigación.

     —¿Ha habido suerte, amigo?

Drago le negó mientras Abigail se iba deslizando hacia ellos. Habían pasado un par de horas del incidente y ya no quedaba nadie en los alrededores. Podían seguir trabajando sin la presión de las miradas curiosas de los extraños. Empezó con un escalofrío pero se transformó en corriente alterna cuando un susurro llamó la atención de la señorita Sutherland. Al principio pensó en sir Cavendish  por lo de la electricidad, pero viéndole que no la prestaba ninguna atención, siguió andando entre cascotes y piedras. Volvió a oír algo, esta vez una voz al cruzar uno de los montículos de escombros. Giró su cuerpo sobre su eje estremeciéndose y no vio nada. Continuó caminando hasta que perdió la vista de sus compañeros. Se encontraba sola.

     —¡Aquí no encontraran las respuestas! —Sonó una voz cavernosa.
     —¿Qui… quién sois?
     —¿No va muy rápido, señorita?
     —Soy impetuosa, ¿qué le voy a hacer?
     —¿No es usted una de las médium más famosa de Londres?
     —Habladurías.
     —Además de incrédula, humilde.
     —Nadie es perfecto.

Sonó una risita, escueta pero contundente que hizo que el rostro de Abigail sufriera una pequeña transición. De la rigidez facial a la elasticidad de una sonrisa.

     —¡ESTÁN RODEANDO LA CASA!

La joven regresó a la rigidez y seriedad anterior, mirando a todos lados. No había nadie.

     —¿Quién? ¿Dónde?
     —Si no vienen pronto, conseguirán OTRA y ya será tarde.
     —¿Qué otra?
     —Muy tarde.

Intentó concentrarse y cerró sus cuencas oculares forzando algún tipo de visión. No veía nada. Empezó a sudar del esfuerzo.

     —Ahora, ¿sufrís de diarrea? —Interrumpió la misteriosa voz.
     —¿Queréis ayuda o no? —Se molestó la arcanista, dejando de hacer fuerza, abriendo sus cuencas oculares.
     —Perdonadme, señorita Sutherland, tendría que estar agradecido por haber salvado a mi hija.
     —¡BLACKMORE! —Se quedó petrificada del descubrimiento.

Emerson no paraba de mirar al techo húmedo del pasadizo buscando algo.

     —¿Todavía los echas de menos?
     —No puedo vivir sin ellos, hermano.
     —Estás loco, Emerson, son sólo unos pajarracos.
     —¿Y quién no lo está en este mundo?

Apareció de la nada y asustó a los dos hermanos de excavación. Ambos no se asustaron de su presencia sino de la de los otros, sus acompañantes. Los dos guardias reales los miraban con su rostro cadavérico y su sonrisa eterna. Aunque a Emerson le llamaba la atención otra cosa. Sobre uno de los hombros inclinados de los zombies que custodiaban a Ira Kodich, había un cuervo picoteándolo frenéticamente, rebuscando masa ósea.

     —Mira, ahí los tienes. —Dijo Tobías percatándose de la presencia aviar.
     —¡Esos no son los míos!
     —¿No sabía que fueran tan nostálgicos el gremio de enterradores londinense?
     —No es nostalgia sino apego, querida. ¿Sabéis de lo que hablo?

Los guardias reales avanzaron hacia los hermanos de excavación, apuntándoles con unas relucientes bayonetas. Su paso era lento pero decidido. Tobías y Emerson asintieron congratulados, parecía que habían ganado el duelo dialéctico contra la mismísima sacerdotisa de Moloch, pero sus cabezas volvieron a su posición poco inclinadas, sabiendo de antemano que la victoria había sido una pírrica. Miraron la mano de Ira Kodich, extendiéndose y demandando algo. Emerson miró a su hermano y éste rebuscó entre su uniforme, sacando un trozo de piedra del bolsillo.

     —¡BIEN! —Se relamió sus labios, haciéndose perder su lengua en el interior de las llagas de sus heridas mientras miraba la escritura jeroglífica del fragmento.
     —Era eso, ¿verdad? —Se interesó Tobías.
La sacerdotisa dejó de mirar la loseta de piedra y alzó su rostro altanero al desenterrador.
     —Una parte. —Volvió a mirar la piedra como si estuviese hipnotiza por su encanto—. Tenemos que conseguir otra.
     —¿No me digáis que tenemos que quemar otra comisaria? —Dijo Emerson sin dejar de mirar a los cuervos revoloteando por el túnel.
     —¿Otra comisaría? No, pero quizás una mansión.

La mujer se dio la vuelta y al instante sus guardias reales, alejándose de los dos hermanos de excavación, que la miraron como partía.

     —¡Vamos! Esto aún no ha terminado.


La mansión Blackmore se encontraba majestuosa y algo deteriorada enfrente de ellos. Durante mucho tiempo fue el foco de luz de la cultura e investigación de un selecto grupo de científicos y profesores. Las sesiones empezaban a las tres en punto y solían acabar dando la bienvenida a la madrugada. Allí se trataban todo tipo de asuntos culturales y docentes. Desde planes de estudios hasta la preparación de la próxima expedición auspiciada por su majestad la reina, incluida la que tuvo lugar en la remota Tyr en Siria. Fue la última que financió el Museo Británico ya que acabó en un dramático desastre con la pérdida de vidas, entre ellas la del propio Blackmore y la de uno de los mayores representantes de las casas nobiliarias inglesas, lord Douglas Turnbull, además de la desaparición de todos aquellos valiosos objetos que se extrajeron de la expedición. A partir de aquel nefasto viaje y sus consecuencias, la mansión y todo lo que rodeaba a su centro social fue apagándose hasta acabar en el más triste y desolador olvido. La hiedra conquistando su fachada daba muestra de un tiempo pretérito y perdido.

     —Espero que tengáis razón, Abigail.
     —Bueno, sólo hay una manera de comprobarlo, ¿no?
     —Eres la primera arcanista empírica que conozco.

Drago fue el primero en acercarse al porche de la mansión. Ante el hombre lobo se encontraba un espacio pequeño pero acogedor, invadido por el verde de la campiña londinense y cubierto con una techumbre en forma de pináculo de madera a dos aguas. Al poco aparecieron sus compañeros. Un codazo peludo bastó para amortiguar el impacto y romper la puerta de madera de la entrada
.
     —¿No sabéis llamar, amigo?
     —¿Y qué acabo de hacer? —Contestó olisqueando el umbral y entrando.

Walther y Abigail le siguieron portando ambos una lámpara de queroseno. Los tres llegaron a una habitación en forma de L. Lo primero que les llamó la atención fue el crepitar de sus pasos sobre el suelo de madera. A medida que avanzaban, los haces de luz de las lámparas iban enfocando  la superficie mostrando un dibujo que les recordaba a Egipto. Sobre el suelo había dibujado un halcón con las alas abiertas que se asemejaba a aquel que representaba al dios Horus egipcio.

     —¿Qué fue exactamente lo que os dijo el supuesto lord Blackmore?

Abigail estaba moviendo su lámpara, mirando una esquina donde había una máscara plateada representando un rostro alegre. La joven se dispuso a contestar a sir Cavendish mientras cogía el objeto y le daba la vuelta, apareciendo un rostro triste.

     —Pues…
     —¿SUPUESTO? —Una voz aguda, enfadada,  retumbó en la habitación.

Los tres empezaron a mirar en todas direcciones buscando su origen. Los haces de luz se perseguían nerviosos por la paredes y el suelo.

     —Ahora os comprendo, milady. —Continúo la voz, más apaciguada,  mientras Abigail asentía sonriendo—. Un caballero eléctrico y un gatito poniendo en duda a un fantasma. ¡Está sí que es buena!
     —Perdonad, lord Blackmore pero somos pobres hombres de ciencia y necesitamos pruebas concluyentes.

Una luz los cegó durante un par de segundos, lo suficiente para que se agazapasen entre ellos mismos.

     —La fe mueve montañas, sir Cavendish.

Ante los tres apareció una entidad vaporosa, que rápidamente cobró forma humana o casi. No tenía pies y parecía andar sobre una nube o superficie gaseosa. Pero no había ninguna duda, era la imagen del conservador Blackmore. Incluso mantenía parte de la soga que lo mandó al otro mundo. Vestía como si hubiese dado una de sus famosas conferencias acerca del milenario Egipto aunque su cuerpo delataba su presencia fantasmal. Se podían ver sus huesos traslucidos y su cabeza era una mezcla de calavera y cabeza humana, quizás el pelo era lo único que lo podía identificar con el género humano. Se podía ver otra curiosidad colgado en su cuello, la presencia de un cartel de madera que ponía ¡Ayudadme!

     —Hay montañas más grandes que otras, ¿no? —Desafió sir Cavendish con ironía.
     —Y no todos los necios son iguales, ¿verdad? —Sentenció el conservador, ganando la contienda sarcástica y también ganando risitas burlonas detrás del mekamancer.
     —Lo siento, —Drago se limpió las lágrimas de sus mejillas ante la enfadada mirada de Walther—. A mí me ha convencido, lord Blackmore.
     —Bien dejémonos de tonterías, el tiempo apremia. Necesito…

En ese momento el cristal de la ventana más a la izquierda se rompió en mil añicos. Todos se asustaron excepto Blackmore que seguía mirándolos atentamente.

     —…que os hagáis con mi fragmento, creo que ya tienen el de mi hija y es de vital importancia conseguir todos los que podamos.
     —¿Fragmentos?
     —Sí, existen tres fragmentos más, además del mío y el de mi hija. —aclaró la presencia fantasmal.
     —O sea que son cinco. —Dijo Drago, asombrándose de la suma obtenida.
Lord Blackmore miró a la bestia y se sintió un poco ofuscado.
     —Estoy empezando a tener serias dudas acerca de su profesionalidad, caballeros.

Una segunda ventana fue destruida y la primera antorcha irrumpió en el interior del salón, impactando en el brazo derecho del sofá individual. El fuego empezó a extenderse rápidamente por el mueble y el suelo.

     —¡MI SOFÁ DE TERCIOPELO HINDÚ!
     —Pues ahora es de chamuscado fuego británico. —Terminó Walther, preparándose para disparar sus rayos.
     —Vayan a mi habitación y recójanlo.
     —¿Có…cómo? —Preguntó desorientada la señorita Sutherland.

Lord Blackmore alzó sus dos huesudas manos, intentando mostrar a la joven que su naturaleza espiritual le hacía imposible coger cosas en este plano astral. Abigail, avergonzada, asintió y el conservador la indicó que fuese a la pared más situada a la derecha. La joven agarró el pomo de una puerta y la abrió accediendo a su oscuro interior. Empezaron a entrar en tropel por la ventana rota de la mansión. Cientos de zombies en llamas conquistaban poco a poco el salón. Sir Walter Cavendish alzó sus guantes y empezó a expulsar rayos a diestro y siniestro. Drago era más cercano, dando patadas a los zombies que no estaban rodeados de fuego y a los que estaban, cogía objetos de la mansión y los utilizaba contra ellos.

     —¡MI MÁSCARA DE ARISTÓFANES!

Fue tarde, Drago la incrustó en la cabeza de uno de los zombies y las llamas hicieron el resto.

     —¡Lo… lo siento!

Abigail Sutherland cerró la puerta y abrió la pequeña llave de una lámpara de pared. La mujer miró alrededor, observando primero el escritorio y después la cama del conservador.

     —¿Dónde estará?

Un zombie escapó de las garras de Drago cayendo hacia Walther.

     —¡Cuidado!

Sir Cavendish amagó diestramente al aviso de lord Blackmore y direccionó uno de sus guantes contra el cuerpo en llamas del zombie, carbonizándolo por completo.

     —¿Qué diablos son esas piedras? —Quiso saber al mismo tiempo que apuntaba con su guantelete a otro de los zombies, explosionándole su cabeza.
     —Juntas forman un cantico de resurrección.
     —¿De resurrección?
     —¡Poderosísimo!
Drago agarró a tres de los últimos zombies en entrar y los apachurró contra la pared del salón.
     —Sí, el de Moloch.
     —¡CUIDADO! —Volvió a gritar el conservador, imitando el amago del ataque aunque a él no pudiesen tocarle.
     —¿De quién?
     —De Mo….

En ese momento sonó una A desgarra haciendo detener la explicación de Blackmore. Una bayoneta se había clavado en el hombro del despistado Drago. Todos miraron el zombie que cargaba el arma y comprendieron quien los atacaba. Drago enrabietado se deshizo del guardia real zombificado y del golpe acabó despanzurrando a tres más detrás del primer atacante. La puerta principal se desvencijó y ante ellos apareció Ira Kodich.

     —Vaya, vaya,… ¿No sabéis quien es Moloch?
     —Si le digo la verdad, madame, a mí también me están defraudando un poquito. —Resultó irónico el conservador, llegando a la misma conclusión que su enemiga.

El mekamancer miró enfadado al lord, sin saber muy bien de qué lado estaba y disparó otro rayo que impactó en la sien de otro guardia real.

     —Esto se está poniendo interesante.

Ira se abalanzó con una agilidad inusual, lanzando un par de calaveras en llamas hacia Walther. Éste  las esquivó rápidamente pero ambas impactaron sobre la pared, creando un velo de humo, dificultando la visión en el interior.

     —¿A qué estáis esperando?

Ira Kodich se dirigió a los hermanos de excavación que aparecieron a su lado.

     —¡Id tras la chica!

Los dos asintieron corriendo hacia la habitación de Blackmore mientras sir Cavendish seguía lanzando rayos a doquier y Drago, no dejaba de dar mamporros de igual manera. El humo se fue disipando y el mekamancer se encontró con Ira frente a frente. Ni lo dudo un segundo, apuntó y disparó sus rayos. La electricidad parecía que iba a impactar en el rostro de Ira, pero repentinamente un zombie apareció arrastrándose por el esbelto cuerpo de la sacerdotisa. Escaló desde los pies y se puso de escudo frente al impacto eléctrico. Simplemente desapareció. La sacerdotisa aprovechó el momento y se abalanzó hacia sir Cavendish. El mekamancer se resbaló y cayó delante de la mujer.
Abigail seguía buscando en cada rincón de la estancia pero no vio nada. Mágicamente apareció el rostro de Blackmore de una de las paredes.

     —Perdonad querida, está en el pequeño cofre, debajo de mi cama.

Abigail se agachó y descubrió el objeto, lo abrió y cogió el fragmento. En ese momento Tobías aserró la puerta desencajándola y un fuerte haz de luz flamígero inundó la habitación. Emerson apareció detrás, acompañado de un fulgor anaranjado apuntando a la joven.

     —Si sois tan amable. —Inquirió educadamente el desenterrador.

Abigail se escondió el fragmento en el interior de su vestido y sonrió a los dos hermanos de excavación, mientras sacaba a pasear a Caliburnus. El haz de luz plateada de su filo hizo dudar durante unos segundos a sus atacantes. Pero hubo algo más que la corrigió su sonrisa, helándosela. Sintió un profundo olor inundando toda la habitación, oyendo una especie de silbido filtrándose por algún lado.
 
     —¡Uy!
     —¿Qué pasa?

Tanto Abigail como sus atacantes esperaban alguna respuesta del conservador. Éste sonrió para él, de una manera avergonzada.

     —Me he olvidado del mecanismo.
     —¿Qué mecanismo?
     —Tenía bajo mi poder un fragmento de la loseta de Moloch, —intentó justificarse la aparición—. ¿Tenía que protegerlo de alguna manera, no?

El olor seguía siendo consistente y empezaba a conquistar más habitáculos de la mansión. A medida que llegó al salón, las llamas empezaron a crecer de una manera alarmante devorándolo todo a su paso más rápidamente. El silbido se multiplicó retumbando por los alrededores.

     —¿QUÉ MECANISMO? —Se impacientó la joven enfadándose con el lord.
     —Uno de autodestrucción, jejejeje.
     —¿QUÉ?

La señorita Sutherland miró a su alrededor y más allá. Gracias a la destrucción de la puerta pudo ver como sus dos compañeros seguían luchando, siendo ajenos a una posible amenaza invisible.

     —¡Escape de gas! —Concluyó la arcanista.

Lord Blackmore asintió manteniendo su vergüenza y desapareciendo de su habitación. Abigail no lo pensó mucho, alzándose unos centímetros y marchándose hacia sus compañeros frente al asombro de los dos hermanos de excavación. Cuando llegó, tanto Walther como Drago, no supieron saber muy bien lo que estaba pasando.

     —¡AGACHAROS!

La joven los cogió de ambas manos y se inclinó junto a ellos ante el asombro de los allí congregados. La mansión Blackmore estalló por los aires.




Se encontraba rodeado de sombras y de gruñidos y chirridos. El ser no se definió hasta pasado unos segundos. Sus pies desnudos caminaban entre los restos de la mansión, escoltados por los pliegues de una sotana. Se detuvo de espaldas enfrente de una cúpula blanquecina de energía. La miró un rato y sonrió automáticamente. Había muchas cosas que llamaban la atención del sujeto. Primero llevaba con él un paraguas cuyo mango era una serpiente viviente que se enroscaba en su brazo izquierdo y después la amenazante presencia de cuatro hombres de tez negra escondidos bajo una máscara que representaba al dios ibis egipcio. Sus cuerpos fornidos y pectorales desnudos bien desarrollados, daban cuenta de la buena disposición física de los mismos. Por un lado tenían agarrados una cimitarra plateada y por el otro, un babuino furioso que chillaba a la cúpula frenéticamente. El hombre del paraguas seguía manteniendo la sonrisa y parte de su melena de ceniza se dispersaba por sus hombros. Poseía una estructura de protección del mentón fabricada en oro que le daba un aspecto enmascaradamente peligroso. Su gorro en punta, destartalado sombrero de copa milenario con la insignia del Culto, un gran ojo carmesí que lo ve todo, lo arropaba conjuntamente con el interior de su vestimenta cubierta por una sotana negra que lo escondía completamente. Llevaba en su cuello y protegiéndole su pecho, un peto de alabastro de reminiscencias egipcias, dejando desnudo el bajo vientre, donde se podía contemplar parte de su estructura intestinal.

     —Creo que he llegado tarde, señorita Sutherland.

                                                                                                           CONTINUARÁ...




martes, 11 de septiembre de 2018

DISNEY. EL ARTE DE CONTAR HISTORIAS. UNA EXPOSICIÓN.


El arte es una mentira que nos hace comprender la verdad.
                                                                                      Albert Boadella.

No viene mal citar al “joglar” y también convendría preguntarle entonces ¿qué es la verdad para él? Tengo que reconocer que me gusta el tipo porque creo que es uno sincero y no está de más oír “su” verdad, sobre todo en estos tiempos donde es tan fácil su antítesis y además, es de lo que más hablaremos en este artículo. De la creación del artificio. No existe mayor embuste que el cinematográfico pero es uno encantador. Conscientemente nos dejamos llevar en la oscuridad, rodeados de extraños, al mismo límite de nuestra imaginación y más allá, como diría un famoso juguete. Es curioso, si nos dijesen de caminar por un callejón oscuro con un par de extraños nos lo pensaríamos, sin embargo ir al cine es un encuentro social en la sombra. El precio de la entrada puede ser la clave. El negocio, su respuesta más pragmática alimentando las veinticuatro mentiras por segundo. Walt Disney también fue un maravilloso mentiroso además de otras cosas. Se ha dicho de todo y algunas veces auténticas barbaridades, pero basándome en libros como el de Don Peri y su serie de entrevistas Working with Walt (University Press of Mississippi) que llegó a la conclusión de que no había un Disney sino muchos; es más cada persona tenía su propio Disney, uno puede llegar a pensar que no existe mayor carga irónica que la duplicidad humana.
He agradecido las palabras de la directora de la Walt Disney Animation Research Library, Mary Walsh, y comisariada de la exposición acerca del objetivo de la misma, ya que pensaba que quizás “El arte de contar historias” fuese otro homenaje más para alimentar la mayestática figura del creador, pero no. Puede que en algunos momentos roce la hagiografía, pero de lo que habla es de enseñar al mundo la idea del Storytelling: contar una buena historia y que sea vista por el mayor número de personas posibles.



Aquí nos encontraríamos con una especie de encrucijada “pasoliniana” de elegir entre la biblioteca o el palacio. Por una parte tenemos la meta de relatar algo y por otra, hay que revertirlo económicamente para su producción y futuro disfrute. ¿Lo consiguió Disney? Por supuesto, pero no lo hizo solo. Solamente pudo obtenerlo con la consistencia de un grupo de personas que apostaron por una profesión (ya que en aquellos días no lo sentían de otra manera, había que ganarse el pan con el sudor de la frente y créanme, eran momentos difíciles los de la depresión estadounidense) y que con el paso del tiempo, se fue convirtiendo en un arte. No cabe duda que Disney y su compañía funcionaron como un faro que fue atrayendo a lo mejor de cada casa, pero es innegable que sin ese grupo humano no hubiese hecho lo que hizo, ni hubiese llegado a dónde llegó simplificando el discurso narrativo. Desde los integrantes del mítico “Old Nine Man” hasta otros de igual o mayor prestigio (y quizás menos conocidos) como Ub Iwerks, David Hand o Ben Sharpsteen, lograron que relatos, mitos, cuentos, se auto-germinasen transformándose en clásicos ellos mismos, llegando a realizar un ejercicio de retroalimentación narrativo, un verdadero palimpsesto animado. Desde Blancanieves hasta la princesa Elsa, pasando por bellas durmientes, infancias artúricas o sirenitas entrometidas. Cada historia, independientemente de su duración (fuese un cortometraje o largometraje), partía de la cultura popular para transformarse, ella misma, en una cultura popular propia. Es innegable que la exposición es otro hito en la carrera de Walt Disney pero también desentierra a sus colaboradores, sacándoles del anonimato para el neófito y posicionándolos en el sitio que les que corresponde justamente.
Una de las claves de la exposición es su carácter de inmersión. La presencia de una alteridad no sólo espacial sino también temporal. Lo que vamos a ver y oír está estrechamente ligado al objetivo embaucador de sentirnos transportados.  La sección que nos da la bienvenida es aquella que nos habla de los mitos, de aquellas hazañas simbólicas de seres extraordinarios. Unir la fundación del estudio de animación de los años treinta con el mito es toda una declaración de principios. Con el paso del tiempo ambos conceptos se han fusionado. El trabajo de esas gentes se ha convertido por derecho propio en uno mitológico; donde antes se sentaban enfrentados a sus paneles, ahora son otros hombres y mujeres quienes son testigos de sus logros. El detalle de mimetizar el interior del estudio ubicando una serie de ventanas al lado de dichos paneles, nos hace confraternizar con aquellos artistas y la superposición de fotografías enmarcadas en el límite de esos marcos, nos hace tener una idea de lo que ellos podrían haber estado viendo en aquel momento. Imágenes de trabajadores, compañeros suyos que pasaban por ahí, o se encontraban sentados descansando de su tiempo libre, almorzando.




Ponerse a ras del panel y contemplar un dibujo final de la animación (mina de grafito y lápiz de color sobre papel) de la Diosa de la Primavera (1934) de Hamilton Luske y después alzar la vista, nos hace embarcarnos en un viaje mítico al origen de la creación artística y también a aquel tiempo de pioneros anónimos, que sonriendo a una cámara eran inconscientes de la magnitud del hecho. La cadencia del trabajo se resuelve cronológicamente y continuando con el trayecto, podremos ser testigos por ejemplo de la hoja de personaje (línea marrón, lápiz de color, mina de grafito y tinta sobre papel) del Rey Midas (1935) o bien de los dibujos finales de fondo (lápiz conté, mina de grafito y lápiz de color sobre papel) de la Sinfonía Pastoral incluida en la película Fantasía (1940) hasta llegar a los estudios para la dirección de arte (reproducciones del original con rotulador y tinta sobre papel) de Gerald Scarfe para el film Hércules (1997). Cómo iba funcionando la mente a cada dibujo contemplado y cómo, al mismo tiempo, se iba estableciendo una serie de concomitancias creativas entre dibujos mitológicos de Fantasía con la versión más moderna de Hércules. Cómo se unían para crear un feliz “totum revolotum” creativo donde la copia se fusionaba con el homenaje recorriendo el camino de una idea desde que nace en un tiempo y se desarrolla en otro, transformando el acto de animar en uno de fuerte  raigambre psicológica. Antes de abandonar la estancia por unas puertas, rigurosamente construidas con sus pegatinas originales del ratón Mickey o eso nos dijeron, no estaría de más ver un cortometraje típico de contenido extra de edición en bluray de la creación del primer largometraje de la casa. Simplón pero didácticamente resolutivo.


Pasamos de la blancura del Olimpo al color rojizo del mundo de  la fábula, representada por la presencia de perfiles de casitas haciendo un claro homenaje a las pertenecientes a la de Los tres cerditos (1933). Llegados a este momento, me gustaría advertirles que eviten los días festivos, ya que una gran afluencia de público les destrozaría la exposición. Y más si quieren disfrutar de cortos como La Liebre y la Tortuga (1935) en su integridad o el del Sastrecillo Valiente (1938), en su versión digestHay que tener cuidado porque la experiencia puede verse mermada si les toca un grupo, y si encima es de marcada presencia infantil, ni les “cuento”. La anécdota fascinante fue que me tocó a un grupo de esos niños, rondando los diez u once años, que parecían aburrirse con los cortometrajes pero que me dejó un momento impagable: el rostro de un señor mayor disfrutando como un benjamín del momento. Repentinamente me vino a la cabeza la frase mítica de Disney, que decía que él hacía las películas para el niño que todo adulto lleva dentro. Pasando por entre las casas, podremos ver curiosidades como una carta de Eleanor Roosevelt a Walt Disney (fechada el 15 de Enero de 1934) donde le recomendaba que contase una historia de uno de sus cuentos favoritos de Heinrich Hoffman. Hasta qué punto, Disney empezaba a ser ya famoso. Y hasta qué punto su maravillosa insolencia transformando ese relato, que tanto gustaba a la primera dama norteamericana de la época, en un corto protagonizado por un pato que ya empezaba a hacer sombra al mismísimo ratón (Lo mejor de Donald, 1938). La interactividad también forma parte de esta exposición, una de las casas tiene una puerta por donde se puede pasar al otro lado, al lado maravilloso de la fantasía donde se puede disfrutar de la obra de Norman Ferguson, cuyos dibujos finales de la animación de Los Tres Cerditos (lápiz de color sobre papel) son prodigiosos.


La sensación de capturar el movimiento cuando el lobo feroz sopla y la casa de paja sale volando, es de una técnica magistral sobrecogedora. Mirándolos hoy, uno se queda epatado del nivel artístico que llegaron a alcanzar algunos artistas, sobre todo en época tan temprana.
El siguiente color fue el verde que nos anunciaba el reino del bosque, y las copas de unos árboles conceptuales, nos avisaban de la proximidad al territorio de las leyendas. No es baladí limitar esta sección a una época histórica concreta, la Edad Media, donde la figura del bosque era fundamental en la vida de sus gentes. Todo giraba alrededor de ese espacio anárquico, misterioso y a veces abstracto. El bosque medieval representaba lo oculto y escondía lo enigmático frente a otros espacios donde se iba construyendo la civilización como pudieron ser el castillo o la villa.


Eso lo refleja muy bien Merlín el Encantador (1963) en su comienzo, cuando Grillo se aventura al interior de un bosque en busca de una flecha perdida y se topa con el cottage de Merlín.  Cito la película porque forma parte del material de esta sección y además, lo admito como ya lo hiciera Brad Bird, que es una de mis películas favoritas. Pasear entre estudios para la dirección de arte, fondos o dibujos finales de la animación realizados por maestros de la talla de Milt Kahl u Ollie Johnston, me hacían viajar a mi infancia, al mismo tiempo que recordaba como un simple gesto, una simpleza de movimiento, puede obtener un potencial tan realista. Existe en la exposición un dibujo de Grillo sentado en el trono, ya como rey Arturo que nos cuenta mucho con tan poco. La desproporción en las formas, un niño sentado en un trono de hombres, sujetando un gran cetro entre sus enclenques manos y una gran capa que cubre completamente su cuerpo e invade parte del suelo. No existe imagen más poderosa de la inseguridad y el desconcierto de la responsabilidad que aquella.


Y si bien es cierto que la película no se desarrolla íntegramente en un bosque, de la siguiente que vamos a hablar sí. Robin Hood (1973), auténtico asalto a mi adolescencia  que ahora intento trasladar a mi hijo. Ver un esbozo en tinta sobre papel hecho por el inigualable Ken Anderson de Robin y Little John corriendo alegremente perseguidos por un ejército de flechas, es el ejemplo paradigmático de cómo la acción muere sobre un momento fosilizado y renace a base de repetirlo una y otra vez, al pasar las páginas. Al ver ese momento, mágicamente oía la canción del bardo con forma de Gallo, que prologaba la ficción cantando la gesta de los hombres de Sherwood contra el príncipe Juan.
El naranja, o más bien, su tono anaranjado anunciaban la siguiente etapa en nuestro viaje. Una donde el paisaje era el verdadero protagonista de la historia. Grandes praderas en la historia de Juanito Manzanas o desiertos pedregosos en la de Pecos Bill nos enseñaban los Tall Tales americanos de los que el estudio animado también se imbuyó. Estas dos historias formaban parte de aquellas películas construidas por cortometrajes y de las que Disney gustaba de hacer. En este caso contemplar los fondos y esbozos de Tiempo de melodía (1948) es una experiencia pictórica, donde la ficción más ridícula se transforma en leyenda “fordiana” y hay que imprimirla convirtiéndola en realidad. Observar estos dibujos nos hace confeccionar otra realidad, quizás hubo otro western, uno animado igual de valido que el de verdad. La grata sorpresa vino precisamente con un apunte a lo “verité” y fue, además, doble porque fue inesperada. Descubrí el cortometraje de John Henry (2000) en la exposición. Y fue como entrar en otro tipo de estructura dentro de la propia sección donde me ubicaba. Aquí lo preponderante era el concepto de “realidad” y el tratamiento de algo tan tenebroso como el racismo en los inicios del país. Existe un fondo de David Murray, sobre acetato y rotulador de unas vías ferroviarias, que me sobrecoge. No es un raíl recto, es uno en curva pero mirarlo durante unos segundos me habla de la gente que dejó su vida construyendo el futuro de otros. El esquema de color de Barry Kooser delata el tema de la historia, la sangre de unos hombres construyeron el futuro de un país, independientemente del color de su piel.


La última estancia nos devuelve a la confortabilidad de los cuentos de hadas y podría representar, perfectamente una coda de lo descrito anteriormente. En los “Fairy Tales” existen los bosques y el hecho de tener como materia prima a grandes cuentacuentos, de alguna manera lo involucra con el universo fabulador. También camina por los mitos, en cuanto que sus historias están cargadas de material simbólico, por lo tanto para cerrar este viaje y este artículo no vendría de más citar una frase de Walt Disney, que sintetiza el objetivo primordial de su compañía: “Honestamente pienso que el corazón de nuestra organización descansa en el departamento de guion. Tenemos que tener buenas historias.” Pues de eso se trataba, de contar una buena historia o el arte del Storytelling.

lunes, 20 de agosto de 2018

"ANIMANDO" EL VERANO. (SEGUNDA PARTE). ALUMBRANDO EL STORYTELLING O EL DISCURSO DEMENCIAL NARRATIVO.



Encuentra la pantalla de cine más grande […], que tenga el mejor sistema de sonido, y comparte la experiencia con extraños en la oscuridad. Hazte con un cubo gigante de palomitas y con un mastodóntico vaso de coca cola, invadido por un ejército de pajitas y disfruta del verano. De eso va Los Increíbles 2. 
                                                                                                                           Brad Bird.

Bueno, si de lo que se trataba era de animar allá por mediados de Junio, el director y guionista creo que lo ha conseguido. Esas palabras fueron expulsadas en una entrevista, concedida  junto a una de las productoras del film, Nicole Paradis Grindle, la cual se estaba poniendo demasiado seria en cuento a las motivaciones subterráneas que contenía la historia. El director sentenció la cuestión con la citada proclama. Lo curioso del asunto es que se produjo un interesante cambio de “papeles”. Brad Bird, representante máximo de lo artístico, defendiendo el producto palomitero frente a la productora que lo estaba teorizando. ¿Desvarío en Hollywood? Bueno, esto no es nuevo. A veces lo circunspecto llega a transformarse en lúdico. Nos divertimos sobremanera pero al mismo tiempo, descubrimos elementos que desestabilizan ese frenesí, para reconducirlos hacia parámetros opuestos. Este film se nutre de esa especie de demencia creativa. Para llevarla a cabo Brad Bird solamente se apoya en un aliado, y su carrera cinematográfica es su consecución lógica en dicha alianza. Volvamos a sus palabras: “Sé que son tiempos raros, inseguros pero no olvidéis porque estáis aquí. […]. Para contar historias y eso es en lo que deberíais enfocaros, lo demás son distracciones. Estáis aquí para contar una historia alrededor de un fuego de campamento, tan grande como el mundo.”


Otra arenga, está vez a su equipo creativo recordándoles su misión. El guion como herramienta prístina pero corruptible, donde el uso y desuso de su estructura alumbra el relato. Los Increíbles 2, igual que su antecesora, puede gustar más o menos pero su innegable guion está sólidamente construido sobre una balanza entre lo mundano y lo fantástico. Nada más comenzar, algo maravilloso sucede. La historia empieza justamente donde acabó Los Increíbles (2004), enfrentados al Socavador (John Ratzenberger). La concepción temporal del espectador estalla en mil pedazos. Su asunción del paso del tiempo lo desestabiliza alimentando su curiosidad. Uno tiene la sensación de que fue ayer cuando dejó a la familia Parr salvando el día y ya han pasado, ni más ni menos, que catorce años. Es cierto que no es la primera vez que vemos este tipo de experimento en pantalla, pero resulta atractivo porque cuestiona desde el principio el concepto de percepción que invade todo el andamiaje narrativo del film. Los miembros de la familia se han recompuesto, han asumido sus roles dentro y fuera del ámbito familiar (a excepción de Jack-Jack), y ya pueden hacer frente a su primer obstáculo como supergrupo. Y los resultados, sin menospreciar a su antecesora a niveles autodestructivos, son espectaculares. Han vuelto a fracasar. Realizan lo más duro, el qué (salvar vidas) pero se les escapa lo más importante, el cómo (la apariencia). Y no es una cuestión de ponerse disfraces y mantener el anonimato. Estoy hablando de algo que introduce el personaje de Winston Deavor (Bob Odenkirk) después de la catástrofe: el problema del superhéroe es uno de percepción. Es la idea que tengamos del otro, lo que de verdad importa. De cómo lo veamos, y de esta manera, introducimos el mundo visual, y más concretamente, el de la(s) pantalla(s), “huevo de la serpiente narratológico” del cual nacerá su villano: Raptapantallas (no habría bastado con una traducción literal del original, mucho más adecuada al devenir informático, “Screenslaver” en relación al término “Screensaver”). Su objetivo primordial es el control de las masas, idea que bien podía parecerse a la del simulacro “braudrillardiano” de la sociedad vista a través de sus pantallas simulando lo real. El simple hecho de posicionar unas gafas en alguien y tenerlo bajo su poder, puede ser exagerado pero es esencial en su propósito. Ya que éste es un film animado, aquí podríamos traer a colación la verdadera motivación de la animación: la caricatura. Podríamos decir que nos encontramos ante un proceso de caricaturización donde el animador intenta reducir el objeto animado o la caricatura a su esencia, enfatizándola. El discurso de la película está narrado bajo ese prisma y por eso funciona.
En numerosas secuencias y planos observamos la presencia de los fondos azulados de las pantallas, como si cubriesen el skyline de Municiberg (la calle infestada de gente mirando televisores hipnotizándoles).


El mundo se encuentra esclavizado bien porque, entre otras cosas, somos inconscientes directamente dejándonos llevar por el tedio, o bien somos conscientes de la manipulación y nos dejamos llevar por lo disoluto. El discurso procrastinado del Raptapantallas cuando Elasticgirl va en su búsqueda es demoledor. La gente tiene lo que se merece, o lo que se deja merecer. La pasividad del sujeto siempre ha estado mejor valorada que su contrario. Seamos sinceros, da menos trabajo ver que pensar. Un discurso, por cierto, al que apela Brad Bird al principio de este artículo y al que traiciona al mismo tiempo. No existe mejor prueba que la secuencia donde se intenta  capturar al villano de la función. Tendríamos que hablar de un verdadero tren eléctrico wellesiano maravilloso, y aunque la película está plagada de ellos, la mayoría de las veces se convierten en set-pieces vacuas donde la norma es el ripio, ya sea controlando un tren o un yate.
Habría que hablar de dos procesos creativos que se fusionan en la pantalla iluminando el Storytelling. Por un lado el “puramente” cinematográfico y por otro el musical, conformando una secuencia notable en su propósito de crear un divertimento y, al mismo tiempo, desmontarlo en diferentes compartimentos cinéfilos. En este momento la herramienta fundamental del guion se deja a un lado para dar paso al proceso narrativo fílmico. Ralph Eggleston, diseñador de producción, sabe un poco de esto. Cualquier elemento es fundamental para llegar a reflejar lo que quieres contar. Uno de los casos paradigmáticos del storytelling de esta película fueron los interiores de la nueva casa de la familia Parr. La casa es muy del estilo de aquellas historias interpretadas por Rock Hudson, con un toque futurista que alterna el pasado  norteamericano. Todos los muebles y accesorios de la casa tienen un único objetivo: ser molestos para sus habitantes. La familia acaba de encontrar una cierta estabilidad pero no es segura, por lo tanto, la mejor manera de relatarlo es poniéndoles trabas y problemas transformando la casa en una auténtica mansión encantada.


El particular swing de Michael Giacchino, reflejándose en un Schifrin o un Mancini, además de enriquecer el ambiente a ritmo jazzístico también es parte de ese Storytelling en la secuencia de la captura del Raptapantallas. El suave punteo de los platillos anuncia un mundo confortable pero se torna inquietante cuando aparecen redobles de tambores lejanos. Elasticgirl (Holly Hunter) encaramada en una torre observa la superficie de la urbe llegando a descubrir la guarida de su presa. Los redobles lentamente se van haciendo más ominosos llegando a provocar silencios inesperados que después las cuerdas darán su relevo en la partitura. Ligeras notas a lo Williams y un arpa nos abre la puerta de la ratonera. El concepto de suspense hitchcockniano muestra la incertidumbre cinematográfica. Raptapantallas sabe de la presencia de Elasticgirl  de la mano del espectador. Ese momento es deliciosamente corrupto porque tanto el que se esconde (villano) como el testigo (espectador) están unidos frente a la heroína. En esos segundos somos más aliados del Raptapantallas que de la inocente Helen Parr. El heroína pagará caro su acción. El chirrido de trompetas anuncia el desasosiego, la violencia protagoniza los siguientes planos.


A cada golpe de puño le viene una subida de tono musical. La secuencia se convierte en insoportable persecución “fincheriana” vertiente Seven (1995), donde la técnica musical interpretativa nos muestra el momento de desconcierto del actante y del narratario. Volvemos a ser aliados. Ese chirrido de trompetas, ahora acompañado de una orquesta, confunde a la propia secuencia, tanto la protagonista como el espectador no tienen el control de la situación y la ruptura de la armonía con ese chirrido, nos lo avisa y nos lo advierte hasta el final. El envoltorio jazzístico apacigua pero como buen ejemplo de dicho género musical, donde la improvisación juega un papel nuclear, unos inesperados punteos sonoros pueden estar diciéndonos que quizás Raptapantallas no haya sido atrapado, la calma no es completa. A través del homenaje cinéfilo, se crea un discurso irónico acerca del posicionamiento del protagonista en la narración, llegando a la conclusión sombría de que los personajes, y en algunos casos el espectador, están también bajo el control de la némesis de la historia y eso alienta el desafío y también da mucho miedo.


El guion sólido pero maleable ha activado su discurso y sigue empujando otros a ámbitos secundarios e incluso terciarios. Por ejemplo, la trama de los superhéroes se torna anecdótica en detrimento de la familiar. El significado de paternidad/maternidad y cómo llevarlo a la práctica, independientemente de qué papel se juegue en un grupo humano (eso también es familia) y sus dinámicas (las inter/relaciones con el otro/s) se torna más decisivo que la vida azarosa superheroica, sobre todo en esas secuencias (que también poseía la primera parte) en las cocinas de las respectivas casas de la familia Parr, genuinos ágoras formativos que cuestionan el significado de ser padre o madre, posicionándolo sobre la inseguridad del aprendizaje diario reconvertido en una búsqueda del hábito. No obstante es tal la amalgama temática que en algunos casos llega a ser muy difícil su secesión. La propia creación de los actantes va sujeta a su sombra superheroica, conformando sus características. Es a través de sus poderes como los conocemos y como los veremos desarrollarse. Quien se lleva el premio aquí es Jack-Jack. ¿Quién es? ¿Qué hace? El director nos dio una pista en la película original pero se la negó a sus progenitores. Es ahora cuando Mr. Increíble (Craig T. Nelson) se dará cuenta y el resto de su familia. Y lo hará también sobre la estructura de algo que ya hemos mencionando, un cambio de percepción: la permutación de roles entre Mr. Increíble y Elastigirl. Jack-Jack como bebé refleja un potencial inexplorado, una posibilidad, que demandará de la ayuda inestimable de Edna Mode (Brad Bird). Personaje “deus ex machina” que ayudará a un Bob desorientado y abatido en su misión paternal, como ya hiciera en la película original.


Los Increíbles 2 podría ser un Blockbuster veraniego más, que lo es, pero si vamos escarbando su superficie nos encontraremos con una “terra incognita” (representada en Jack-Jack), que contiene momentos escalofriantes donde lo sublime hace acto de pantalla (la búsqueda del villano) y donde un grupo de personas logran alcanzar unas cotas de storytelling impresionantes. El film puede que no llegue a fascinar pero su estudio, tal vez sí. Fin del Verano.

domingo, 22 de julio de 2018

"ANIMANDO" EL VERANO. EN DEFENSA DE UN CONTINENTE HONRADO.


Ya estamos en verano y eso, para algunos, significa solamente una cosa, vacaciones. Descanso, laxitud y esa “nada” metafísica que nos envuelve y que también se puede yuxtaponer a una metanarrativa cinematográfica. Y es que siempre se ha considerado a esta época como una de las estaciones más flojas, mutándose en un cajón de sastre de la nulidad creativa más exacerbada, pues bien ha tenido que ser la Animación, otra vez, quien nos ha desperezado del tedio estival. Y lo ha hecho con dos propuestas, que sin convertirse en películas perfectas consiguen, en algunos aspectos, entretener honradamente al vulgo.  El adjetivo construido adverbialmente no es anecdótico sino premeditado. Una es una producción alemana y la otra, norteamericana. Quizás la primera sea la más arriesgada, aunque siga a rajatabla las coordenadas del cine mainstream hollywoodiense en casi todo su metraje y la segunda, auspiciada por las reglas de una saga en la que se está transformando, también. Estoy hablando de Luis y los Alienígenas (Christoph y Wolfgang Lauenstein) y de Hotel Transilvania 3 (Genndy Tartakovsky). La primera llevaba a cabo por dos hermanos que están empezando en esto, aunque hayan hechos cosas como la animación de la parte onírica del film The Fall (Tarsem Singh, 2006), y la segunda realizada por un conocido hombre de acción, sus primerizas Guerras Clon (2003-2005) son ejemplares al respecto, por citar algo que quizás el neófito animado desconozca independientemente del éxito cosechado en Cartoon Network.




La historia de Luis es la del weirdo o si se quiere, la del friki del barrio. Pero detrás está la estructura narrativa de la figura del perdedor. La identificación con el espectador es eficaz desde el minuto uno, cuando la soledad del niño lo acompaña en el interior del autobús escolar, después de una excursión. Uno a uno sus compañeros van siendo recogidos por sus padres pero a él, solo le espera una bicicleta a punto de reventar de camino a casa. Luis lo tiene asumido desde muy pequeñito, su padre está en las nubes literalmente y es en el hogar donde mejor se pueden analizar las heridas. Detengámonos en el primer continente o veamos la forma. Es algo que me fascina, ya sea dentro de una película o entre las bambalinas de una obra de teatro, sin olvidarnos del interior de una novela o en la mirada puesta sobre una pintura. El cómo dice el autor las cosas más que el qué, o cómo lo vemos plasmado en un escenario, escena o ambiente creado, son de vital importancia para su inmersión total en su historia, incluso en algunos casos, hasta la salva de la quema crítica. El escrutinio de la observación puede regalarnos la(s) posibilidad(es) narrativa(s). Aventurarnos y perdernos en su geografía nos vaticina el desenfreno del entretenimiento, al menos lo que dura la estadía de la acción de sus actantes. Pero además insufla un hálito verídico, y por tanto, empodera la posibilidad de un contexto circunscrito al relato, hasta llegar al paroxismo de llegar a creer que lo que vemos o leemos es realmente lo que pasó, o así fue como sucedieron los hechos, desprestigiando a la propia realidad sosa que nos ahoga diariamente.




La casa de Luis lo fagocita y con él, a nosotros. Si existe un ejemplo paradigmático de lo dicho, sería otro film animado que tiene a una casa y a sus objetos que la habitan como protagonista de su ficción, Up (Pete Docter, 2009). Bien, la geografía de la casa del protagonista es de una minuciosidad extrema y el detalle nos ayuda a comprender mejor las motivaciones de sus habitantes y facilita, aún más, su tipificación sentimental. El caos reina en el hogar y eso es de agradecer frente al orden impoluto de otros interiores, como el de  la casa de enfrente, y es que la casa de Luis resiste la moda arquitectónica de la de sus vecinos, que parecen construidas en serie (¿les suena de algo las típicas urbanizaciones de allí y de acá?). Las colecciones de volúmenes apilados sobre la escalera o derrumbados, desperdigándose por el salón, el empapelado desconchado de sus paredes, son ejemplares de una dejación por parte del padre de Luis y caracterizan la ausencia de una tercera persona. 


Después del proceso de identificación cabe su desarrollo. La curiosidad ya está justificada sobre lienzos donde aparecen tríos familiares. Luis ha perdido a su madre y vive con un padre ausente. El concepto de pérdida desafía la realidad y hace naufragar al que la sufre. Quizás la muerte de la madre/esposa haya escindido las relaciones internas entre ambos (no es baladí la crisis entre “lo masculino” del orden familiar, paradigma peterpanesco) pero, y aunque parezca una manera deprimente de empezar la historia, el guion nos disipa la duda. No nos encontramos ante ese tipo de historias lacrimógenas. El padre de Luis, en su niñez, sufrió casi una abducción y eso lo marcó de por vida. Toda la parafernalia presentada en aquellos objetos que nos recuerdan al universo ovni, incluyendo el telescopio, nos anclan a ese pasado en el que el progenitor parece fosilizado. La narración también incide en ese pretérito, cuestionando el trauma paterno, posicionándolo en un contexto woodstockiano de sus padres, los abuelos de Luis, que se toman la abducción a guasa mostrándose muy “sueltos”, por lo tanto, quizás lo soñase o no en cualquier caso, lo que se nos rebela es una premisa narrativa en la que el padre de Luis es el verdadero Friki y no su hijo, que simplemente ha heredado la tara y afronta sus consecuencias. Luis, por tanto, es el guardián de su padre y el defensor de sus causas perdidas. 


Podríamos seguir hablando de otras cosas pero entraríamos en el reino del ripio, desde las situaciones enrevesadamente estúpidas, como la presentación de los alienígenas y su objetivo que los traen a nuestro planeta, hasta el consabido romance velado, pasando por set-pieces de rocambolesco ritmo con el único fin de establecer una serie de niveles de producción y efectos especiales comparativos con otras propuestas. No obstante la singularidad se deja ver en algún que otro momento promoviendo la gratitud, como la persecución en el supermercado, que bien podría ser otro continente, o la secuencia en el interior de la casa del vecino, auténtica “puerta abatible” wilderiana de la confusión, que ayudan a introducirnos en una propuesta desigual pero eficaz con sus propósitos. Pero tenemos que hablar de más continentes, y al hacerlo con la propuesta de Genndy Tartakovsky, hay que citarlos en plural. Inmovilizándolos, observaremos la clave de su historia: la carencia de toda pretenciosidad. Su tercer Hotel Transilvania se lleva la palma desde ese prólogo en el interior de un vagón transilvano, donde aparecerá por primera vez el archienemigo de la troupe de monstruos, el profesor Van Helsing. La riqueza visual en la descripción del interior confraternizada con el look “cartoonesco” de los pasajeros, y aventura a mostrarnos la marca de la casa en todo lo que hace su director. La inmersión es apabullante, el traqueteo rítmico del tren, antecediéndonos una lección magistral de montaje de reacciones “Eisensteinanas” entre Drácula y Van Helsing, es fabuloso. Lo subrayo, la construcción de la película, o más bien, su idea de montaje está en todo su metraje y el disfraz de la peripecia(s) se torna anecdótico(s). La pedantería está muy sobrevalorada últimamente y cuando alguien nos cuenta algo, y sobre todo el cómo, sin subterfugios, sin rodeos, directo al centro mismo de lo que quiere relatar, con alguna que otra concisión (el momento “Macarena” derrumba todo lo que estoy diciendo pero también lo emparenta con su lógica narrativa interior), es de agradecer. Pero aún hay más. La premisa argumental es la de desubicar a Drácula de su tedio laboral como gerente del Hotel y hacerle disfrutar de unas vacaciones en un crucero. El viaje se nos presenta como una huida de la monotonía diaria hacia la aventura, con una serie de secuencias pasables en su contenido, ya sabemos cómo van acabar, dejándonos  unos continentes verdaderamente fascinantes para su exploración.



Veámoslos, es lo único que merece la pena, al fin y al cabo ese es el objetivo pero es uno también honesto. Tartakovsky no engaña, su historia acerca de enamorarse, o mejor dicho según sus palabras, cómo sobrevivir a ese sentimiento, no pretende contar algo más por encima de sus dibujos. El Triángulo de las Bermudas es el primer peaje que tenemos que pagar en esta odisea. El humor se va construyendo en situaciones que se entrechocan, donde la causa y el efecto a veces son indistinguibles, y una buena escenificación es el diseño de este particular continente, conformado como pirámide de aviones y pecios destartalados, desaparecidos durante décadas y que confluyen en un punto del océano en plan “Torre Babilónica” donde reubicar la situación y redirigirla a destinos inciertos. Pero para acceder a ese lugar misterioso, tenemos que hacerlo con la invitación más obscenamente irresponsable de la función, la aerolínea Gremlin. 


En su interior se vuelve a repetir el mismo esquema que en el vagón de tren del principio, por otra parte, mostrándonos una de las características del slapstick, su reiteración. Y es que nos encontramos en el interior de un constante homenaje a Tex Avery, Chuck Jones o Walter Lantz, y a todos aquellos míticos animadores de los que se fue alimentado Genndy Tartakovsky en sus sobremesas televisivas, y que también se alimentaron otros, como los creadores de Aterriza como puedas (David y Jerry Zucker, Jim Abrahams, 1980), por mantener un símil justificable. A cada plano interior del derruido aeroplano, le viene su respuesta salvajemente cómica con un plano exterior de consecuencias peores. El absurdo se convierte en acompañante de la historia y lo abstracto se hace patente en los diálogos y situaciones que sufren sus obnubilados pasajeros.



Por último tendríamos que hablar de la meta, ese continente enigmático por antonomasia, la milenaria Atlántida. Aquí se nos cae el telón de la función. La idea muta en solución genialmente descabellada. Aquello que ha permanecido en la sombra de exploradores y conspiradores; aquello que ha ido alimentado todo tipo de teorías extraterrenales acerca de sus orígenes y saberes, todo es una farsa. Por fin el misterio se desvela. El fondo nos cuenta el artificio y el continente su verdad. Drácula y Ericka tendrán que pasar una serie de pruebas en el interior de la ciudad sumergida para encontrar un objeto, como si se tratasen de una pareja de “indianajones” muy particulares. A cada éxito resuelto se le concatena su resolución. El diseño de las sucesivas criptas a las que tienen acceso por los mecanismos más estrafalariamente deliciosos, se van agolpando en la retinas hasta comprobar el destino final, no como un lugar derruido y olvidado del tiempo, sino como un… ¡casino! a lo Vacaciones en el Mar (The love boat, 1977- 1987) o si se quiere a lo Frank Sinatra, personificado en un Kraken muy sui géneris



Hasta aquí los continentes, y aunque parezca separarlos de sus contenidos, nada más lejos de la realidad, ya que ambos términos son complementarios. Su descomposición nos llevaría a una abstracción brutal, imposibilitando cualquier análisis: para decir algo (fondo) necesitamos utilizar las palabras (forma) y sus giros sintácticos, sino entraríamos en el reino de la patochada, auténtico continente deshonesto.