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viernes, 17 de noviembre de 2017
Día de Pre-estreno. Liga de la justicia. Perdiendo la confianza.
No soy fan de los relatos superheroicos y menos de sus reuniones, aunque si defiendo la creencia en ellos. Son la quintaesencia de la esperanza humana. De hecho en la película, la muerte de uno de ellos prologando la trama, anuncia la presencia del desánimo entre nosotros. Existe una secuencia a cámara lenta, como no podría ser de otra manera en la filmografía del señor Snyder, que lo ejemplifica burdamente intentando justificar el miedo al inmigrante, y más concretamente al de origen islámico, con esa pérdida de confianza. Por eso los necesitamos, llamadlos como queráis. Su existencia nos ayuda a pensar, ya no sólo como entes protectores sino también como guías en nuestro devenir como construcción de modelos a seguir. Si bien no podremos ser como ellos, podremos llegar a seguir sus formas de pensar, de adoctrinamiento. En definitiva de lo que estamos hablando es de una forma de manipulación, como la llevada a cabo por el cine sin ir más lejos. Y eso hay que hacerlo bien, sin que se note mucho. La sutileza es un sustantivo poco dado en la filmografía de Zack Snyder, más propenso a la grandilocuencia pirotécnica visual, por eso no lo consigue aquí ni tampoco en sus proyectos anteriores. Aliándose con el enemigo, es decir con Joss Whedon, no va a disfrazar su fracaso. No se da cuenta que tiene entre sus filas a un ronin creativo muy bueno, sobre todo en el ámbito televisivo (Firefly, 2002-2003) que puede llegarle a hacer una nefasta sombra marvelita. Y es una pena después del camino recorrido desde El hombre de acero (2013) hasta esta Liga de la Justicia (2017) pasando por Batman vs Superman. El amanecer de la justicia (2016) o WonderWoman (2017).
No obstante, es de resaltar a ese Aquaman (Jason Momoa) pendenciero y sarcástico o las dos horas justas de metraje, que son de agradecer frente a otros relatos de casi tres que se mostraban terriblemente tediosos. Si vas a destruir una ciudad hazlo deprisa, seguramente que sobre el guion ocupaba medio párrafo. También resaltaría a Flash (Ezra Miller), personaje metacinematográfico/televisivo que escenifica la adolescencia fan/freak dentro de la propia trama. Momentos gloriosos son aquellos en los que se intenta medir con Superman. O también el miedo al compromiso, cuando le cuenta a Batman (Ben Afflect) sus miedos antes de entrar en acción. Bruce Wayne solamente le regalará un consejo: que trabaje como siempre lo ha hecho. La consciencia de ser alguien muy diferente a los demás, no te da el derecho de endiosarte como lo harían los malvados de la película. Por otra parte muy flojillos, como ese homenaje al Tim Curry diabólico de Legend (Ridley Scott, 1985) con el rostro quemado de Steppenwolf (en la voz de Ciarán Hinds). Eso en cuanto a los actantes porque la historia, bueno, ¿os suena esto? Tres cajas, una para las amazonas, otra para los atlantes y una tercera para los hombres. El homenaje o la farsa, tolkiena no tiene ninguna gracia. Salvo aquella de comunicarnos sólo una cosa, que estamos ante un relato autorreferencial heroico, eso que hablábamos al principio. La necesidad de pensar en héroes para ayudarnos, desmitificándolos si hace falta (resaltando los rasgos humanos presentes en dos de los integrantes del grupo como ya he dejado claro anteriormente) y proponiéndoles un nuevo camino, la unión (tan de moda, ya no sólo con Los Vengadores prescindibles sino también con los imprescindibles Defensores televisivos) dejando atrás la lucha individual, aunque eso también puede acabar mal, como ya nos lo hizo recordar el propio Snyder en Watchmen (2009). La confianza es un don mucho más poderoso que ver a alguien volar o destruir un país y cuando la pierdes, eliminas todo aquello que la rodea: personajes, historia, recuerdo, nada.
martes, 22 de agosto de 2017
Día de Pre-estreno. Tadeo jones 2. El secreto del Rey Midas. La marca.
“Mucho más
allá de la película, lo que se ha conseguido con Las aventuras de Tadeo Jones
(2012) es crear una marca. […] Y conseguir eso es uno de los mayores objetivos
a los que puedes aspirar.”
Enrique Gato.
No me gustaría sacar fuera de contexto las palabras del director, dichas en una charla en el marco de la Confederación de Empresarios de Navarra en 2013, pero para mí son muy elocuentes con su tercera película, aunque ésta haya sido codirigida por David Alonso, y con su filmografía. Prosigue: “Una de las cosas más importantes a la hora de montar un negocio es que puedas garantizar la fiabilidad de la técnica del mismo.” Rentabilizar un producto por su éxito es lo más lógico dentro del espectro comercial. Digamos que es una posibilidad pero hay otras alternativas al sistema, situadas en sus márgenes (Psiconautas de Pedro Rivero y Alberto Vázquez, 2015 es un buen ejemplo pero también O Apóstolo de Fernando Cortizo, 2012). Curiosamente en un momento que se podría tildar de boom profesional en la animación española, todo el mundo está haciendo lo mismo, indistintamente de su procedencia, llámense academias, productoras o incluso desde grados universitarios. La mayoría está siguiendo un mismo patrón mirando a un mismo sitio, incluso estéticamente sus creaciones son parecidisimas sospechosamente, sin apenas aventurarse en su camino. ¿Qué hubiese pasado si Walt Disney no se hubiese arriesgado a realizar sus Silly Symphonies?
Lo que sí sabemos es qué fue lo que pasó después, ¿verdad? Nació una subcultura. Pues bien, Tadeo Jones 2 (2017) parte de una adscripción al subproducto postmoderno. Se creó de una parodia a un cierto héroe cinematográfico; ahí están sus cortometrajes fundacionales: Tadeo Jones (2004) y Tadeo Jones y el sótano maldito (2007), que a su vez partió de un homenaje a un cierto género cinematográfico que se circunscribía en uno narrativo y que después se dirigió a un palimpsesto de innumerables películas que bebían del hombre del látigo y el sombrero fedora. De esta “matrioshka” creativa se nutrió la primera parte y su secuela es una fiel continuación temática y formal. La lógica de su creador, o de uno de ellos ya no lo tengo tan claro, retorna: “Es súper importante que dejes de contarte los problemas que vas a tener para conseguir algo y empieces a hablar de las virtudes de todo lo que vas a obtener si consigues ese algo. […] Yo lo que intento es hacer un buen producto.” Pues bien partiendo de esa base, hablemos de sucedáneos. El secreto del Rey Midas (2017) repite esquema con su predecesora en todo. El comienzo presenta alguna que otra novedad, delegando su acción en una mujer, Sara Lavrof. Su inmersión entre unas ruinas en el mar Mediterráneo es espectacular formalmente. El efecto nos deslumbra, la técnica es poderosamente arrebatadora (uno de los dos elementos más difíciles de recrear en animación es el agua y su utilización aquí es apoteósica), nos engatusa a modo de lo que ya hicieran las primeras secuencias de Las aventuras de Tadeo Jones, superándolas con creces. Lo que en la anterior fue un error en cuanto a presentación de personajes, repitiendo ensoñación en el descubrimiento de una pirámide y después, encontrando una botella, produciendo una desconcertante y precipitada yuxtaposición narrativa para enseñarnos la motivación (o una de ellas) del actante.
La animación nació con el objetivo de experimentar con la narración, explorando y expandiendo sus límites expresivos, transformando la experiencia en una sublimación de lo representado (Glen Keane y su cortometraje Duet, 2014 es ejemplar). Aquí, no es que importe la marca, seamos sinceros si vas a un acuario y oyes a unos niños a tu lado señalar a un pez payaso como Nemo, eso es una marca. Lo que se dirime es el beneficio, por otra parte como ya he dicho anteriormente lógico en la transacción mercantil, por lo tanto el desafío artístico perece en detrimento de un tedio prefabricado. Regresamos al calco. A Tadeo lo vuelven a despedir previo paso de una aventura azarosa por recuperar un objeto entre andamios. Veremos también aparecer la incongruencia, complemento circunstancial en una narración ensimismada. La típica secuencia de persecución que regresa a nuestras vidas, y nunca mejor dicho porque se desarrolla entre las callejuelas del casco viejo granadino que nos recuerda a la sucedida también entre unas callejuelas estrechas en Aguascalientes allá por 2012, nos permite detenernos en la credibilidad de sus hechos. Lo ridículo del asunto no es la persecución en sí, sino su contexto. La cacería en pos de un viejo diario que desvelará la ubicación del templo del rey Midas está creada magistralmente, añadiendo los elementos cómicos pertinentes y combinándolos con el elemento clave narrativo, el peligro o su sensación a cada giro dado por ese conductor enamorado de una momia.
Y es que Enrique Gato y los suyos saben muy bien lo que hacen, y mejor aún, saben lo que les gusta. Y todo eso lo han puesto en su trabajo. Ahora bien, intentar descubrir en el Patio de los Leones un pasadizo secreto sin ningún turista husmeando cerca, es irrisorio. ¿Tan difícil hubiese sido intentar descubrirlo durante la noche, aumentando la intriga con ello?
Y es que la ficción española desilusiona. En vez de repetir la misma estructura narrativa, ¿no podrían haber optado por otro derrotero que no hubiese sido la consolidación de la marca que dicen? Por ejemplo, ¿qué pasó con el background de Tadeo Jones? Hubiese sido interesante saber lo que le pasó a sus padres ¿no? ¿Y el personaje de Fredy? ¿Qué le ha pasado? Secundario por excelencia, representante adulto del arribismo desaforado y el pragmatismo desbocado, cada aparición suya resultaba ser la voz crítica del argumento que al mismo tiempo resultaba insidiosamente encantador (la voz y el registro interpretativo de José Mota ayudaban al respecto). Eliminado totalmente de la secuela y sustituido por el personaje de la momia, al que se le otorga la gracia humorística que, por supuesto no tiene. Para eso tenemos la relación animal entre Jeff y Belzoni, que sin palabras logran lo que la perorata de la momia no consigue en todo el metraje. Algún crítico ha emparejado al personaje de la momia con la creación del maestro Tex Avery. Cosa inadecuada, sabiendo que la maestría del animador y director norteamericano se basaba en el gag, en la pantomima antes que en la gramática. El gesto antes que el texto. Dejaremos atrás el enfrentamiento final con el enemigo más tintinófilo de la serie, abocándolo a la previsibilidad narrativa, para centrarnos en la típica canción “de regalo” y es que, más importante que esperar a ver la recaudación de la producción, la expectativa generada en su futura proyección nacional e internacional preocupa a sus inversores, esos agentes externos que se infiltran en cualquier tipo de creatividad para sacar sus pingues beneficios económicos. Enrique Gato vuelve a interesarnos: “Los equipos financieros tienen que tener voz y voto en lo que estamos haciendo”. Repetimos, estamos ante un producto que hay que vender, y ya no sólo entre nosotros sino al mundo entero. La ambición puede llegar a ser un combustible excepcional, pero no iguala a uno llamado creatividad. Hace un año más o menos con la premier de Buscando a Dory (2016), Andrew Stanton realizó una masterclass a la que pude asistir. Con gran sorpresa el moderador fue Enrique Gato y yo le pregunté al director de Pixar si conocía alguna producción patria animada. Delante de Enrique fue muy sincero diciéndome que no conocía nada de nuestro país (a decir verdad ¿sabría quién era su moderador?). Yo le puse como ejemplo a Tad, The Last Explorer, que es como se bautizó el primer film de Tadeo Jones en Estados Unidos. No lo conocía. ¿Pensar en una proyección internacional? ¿Para qué sirve? ¿Para convertir los bolsillos de alguien en oro? Ese es el verdadero secreto del Rey Midas. Por cierto, una marca es la señal que se hace o se pone en alguien o en algo, para distinguirlos, o para denotar calidad o pertenencia.
jueves, 22 de junio de 2017
EL PRÓXIMO 28 DE JUNIO VOLVERÁ A PRODUCIRSE EL MILAGRO.
El próximo Miércoles, a partir de las 16, se abrirán, otra vez, las puertas del Museo Miskatonic para albergar mi segundo Taller Literario: Incitar a Escribir. Tengo puestas muchas expectativas en él y espero aprender mucho del mismo, así que los integrantes ya podéis iros preparando en el Hotel Wellington, o más concretamente en su subterránea Biblioteca, para disfrutar escribiendo. ¿Lo conseguiréis? ¿Lo conseguiremos?
lunes, 29 de mayo de 2017
Día de Post-estreno. Piratas del Caribe. La Venganza de Salazar. La clave Sparrow.
Sólo existen dos agradecimientos y un montón de inconvenientes para esta película, que bien podría extenderse a las otras de la saga, confeccionando un viaje de ida y vuelta alrededor de esta franquicia que recordémoslo nació de una atracción de feria.
El primer agradecimiento es ver, pero sobre todo, oír en la versión original a Javier Bardem (el Salazar del título) iracundo maldiciendo con un “hombre” el final de algunas de sus frases, conteniendo la gramática inglesa alrededor de la furia de la interpelación cervantina, dispuesto a acabar con la piratería de ultramar. ¿Les suena la historia? A mí me trae recuerdos de la Compañía Inglesa y su afán, casi demoníaco, por borrar del mapa el mundo pirata. La otra gratitud que hace merecer ver el film es, sin lugar a dudas, la manida secuencia de presentación de Jack Sparrow (Johnny Depp). Como ya dijera en mi crítica de En Mareas Misteriosas, alrededor del pirata inclinado se construyen set- pieces de una deslumbrante y surrealista apariencia que nos hacen, a mí personalmente, volver al estado umbilical de gozo que posee, o debería, el séptimo arte. A esos momentos los llamé Santuarios y corresponden a parte de la armazón narrativa ubicados normalmente en los márgenes de la historia. Su audacia reside en su carácter marginal pero vital para sustentar el entretenimiento. Seamos sinceros la carismática presencia del pirata es notoria en la serie. Es como un acueducto, si probásemos a quitarle la dovela central, su clave, de su arco principal haríamos desmoronarse toda la construcción milenaria. Pues bien Sparrow es esa clave y para reforzar esa idea, ahondemos en su cronología porque es un patrón que se repite y se desarrolla de dispar manera a través de la serie.
En La maldición de la Perla Negra (Gore Verbinski, 2003), sólo hace falta un minuto de sus casi eternas tres horas de metraje para disfrutar de la mejor secuencia del film: la introducción de Jack Sparrow en escena.
A través de un ligero movimiento de grúa ascendente observamos la espalda del pirata. Está buscando algo encaramado al palo de su esquife, desafiando la realidad circundante. Sparrow se encuentra a punto de naufragar en su propio bote y sin embargo dedica un tiempo precioso a homenajear los huesos de unos compañeros colgados, quitándose su sombrero y dedicándoles un ademán respetuoso. Inconsciente del peligro pero consciente de la escenificación propia de sus actos, rápidamente decide coger un cubo pero con igual celeridad, al cambio de plano made in Bruckheimer, vemos ese mismo objeto moviéndose por la corriente marítima ante los asombrados ojos de los habitantes de Port Royal. Su ademán quijotesco hace desembarcarlo altaneramente, atracando su navío o literalmente hundiéndolo en la dársena correspondiente, haciendo que Sparrow de un pequeño saltito para proseguir su búsqueda por la zona portuaria. Ayudado por el acompañamiento sonoro de Klaus Badelt, asistimos al nacimiento de un nuevo (anti)héroe capaz de sobrellevar no sólo toda la trama de la película sino las de todas las demás. En El Cofre del Hombre Muerto (Gore Verbinski, 2006), solamente nos hace falta medio minuto para poder disfrutar de la presentación del pirata o más bien de su ausencia. En estos momentos su figura ya ha entrado en el olimpo de los mitos populares. Un cuervo se posa en un ataúd y empieza a picotearlo hasta que cae fulminado por el disparo de un pistolón que sale del interior como si fuese un periscopio. Las notas musicales compuestas por Hans Zimmer anteceden al propio sujeto. Sparrow aparece destrozando la parte superior del sarcófago de madera. Arrancando una pierna del interior y pidiéndole perdón a su habitante, el pirata se dispone a buscar a su tripulación hacia la aventura. La actitud quijotesca se vuelve a repetir. Su tozuda persistencia de ir más allá y contra marea definen sus propios motivos.
Y En el Fin del Mundo (Gore Verbinski, 2007) ya no hace falta presentar al personaje de cuerpo entero, su popularidad es tal, que lo veremos troceado. Eso si la espera se hace larga, a la media hora de empezar la función aparece en escena el apéndice nasal de Sparrow olisqueando un diminuto cacahuete. Y además no aparece solo, sino que aparece acompañado de una tripulación de Sparrows. Aquí sería como si el hidalgo de los mares se hubiese aliado con los gigantes cervantinos para poder sobrellevar mejor su estado límbico mortuorio. El surrealismo hace acto de presencia literal, si ya la premisa de las aventuras de estos piratas caribeños es bastante absurda, aquí somos testigos de su máxima representación.
Lo que pasa En Mareas Misteriosas (Rob Marshall, 2011) es otra cosa. Transformando la duración de la película a una más lógica dentro del género de la aventura, la huida por Londres está resuelta con brío y una cierta pizca de elegancia narrativa, a medida que el carromato va pasando por las diferentes secciones y barrios de la capital inglesa. Los creadores son conscientes del producto que tienen entre manos. Y es uno que conecta con los parámetros de un Indiana Jones o un James Bond.
Una especie de secuencia Macguffin que se repetirá en La Venganza de Salazar (Joachim Ronning y Espen Sandberg, 2017) cuando Sparrow esté dispuesto a robar una caja fuerte de uno de los primeros bancos de ultramar del Imperio Británico. Todo pareciera ridículo a su alrededor, sin pies ni cabeza, pero precisamente es eso lo que se demanda en un producto de estas características. Una vez sacudido el corsé de la espectacularidad qualité de los tres primeros films, en el cuarto y en éste, sólo queda la diversión sin más y cada vez que sea mayor su imposibilidad, más aumentará su gracia.
Irreprochable e imposible de realizar siempre me lo creeré antes que ese Tridente de pacotilla que dice destruir todas las maldiciones marítimas, y que se prueba falso (atención a la secuencia post créditos finales). Si en la anterior película buscaban la fuente de la eterna juventud, aquí prosiguen desenterrando leyendas en la forma del Tridente de Poseidón. Y lo hacen igual de mal. El objeto se convierte en mero chiste y su búsqueda en una grotescamente aburrida. Los creadores de Piratas del Caribe hicieron bien en despojar su obra del mito representacional para abrazarlo como mera excusa conceptual. En La Venganza de Salazar, la historia está herida de muerte por unas secuencias que se van agolpando y resolviendo frenéticamente hasta llegar a un enfrentamiento deprimente donde el villano aprovecha un poder, que es ajeno al espectador hasta el momento de su resolución, para poder realizar el truco definitivo abocando la narración hacia la farsa. Aquí no estamos hablando del trato realista con las maldiciones o la mitología usada, sino con una congruencia narrativa donde los diferentes elementos van desplazando la historia y con ella al espectador hacia un final comprensible. El comportamiento de Salazar es heredero del “todo vale” mientras que la secuencia de Sparrow en la guillotina por ejemplo, es redundantemente (recuerda a su huida de los salvajes en el segundo capítulo) divertida.
Puede que no resulte creíble desde unos parámetros realistas, pero es que no estamos habitando la realidad cuando nos sentamos en una sala de cine y se apagan las luces. Hay que dar por hecho el pacto tácito entre el espectador y la función. La historia engendrada tiene que tener sus propias reglas narrativas, recordémoslo por segunda vez, el cine nació en una feria y sus características primordiales son la atención, o más bien su mantenimiento, del espectador. Si pudiéramos eliminar la figura de Sparrow de la trama, con qué herramienta nos quedaríamos para obnubilar al voyeur cinematográfico: ¿quizás nos apoyaríamos en sus efectos especiales? ¿En sus personajes secundarios? ¿O en el montaje trepidante? No nos engañemos todo gira en torno a Sparrow, por lo tanto sería imposible. Su malogrado proceso de rejuvenecimiento o su tripulación, regalándonos las secuencias más cinemáticas. Sinceramente, no habría película.
martes, 23 de mayo de 2017
Día de Post-estreno. El Bar. Elogio en la derrota.
“En el fondo
tiene que ver con el espectador […], está encerrado en un cine al fin y al
cabo.”
Álex De La Iglesia.
El Bar empieza magistralmente. El equipo del bilbaíno (es la primera vez que se produce el mismo) teje una tela de araña a través de un plano secuencia donde casi todos los personajes se van interrelacionándose hasta finalizar en el bar, donde otros les dan la bienvenida. El desafío se agradece porque tiene doble finalidad. Por un lado la narrativa, uniendo a los diferentes actantes de la función y por otra, la técnica, el travelling circular que da esa sensación evanescente de “realidad”. El propio artefacto (la cámara) parece desaparecer succionándonos a ese espacio y haciéndonos partícipes de su poblamiento, inopinadamente. El planteamiento está conseguido hasta el detonante que hará virar la acción hasta su desarrollo. El primer punto de sutura no será los asesinatos cometidos en frente del bar, sino la posterior desaparición de los cuerpos. La sal gorda descriptiva de los personajes encerrados se deja a un lado para que el misterio haga acto de presentación. El momento es pura alquimia cinematográfica. La elección del encierro metafórico es un modelo que muta. Se produce un pequeño trasvase genérico. Pasamos de la comedia al thriller en cuestión de segundos a través de un fundido al negro, y no será el único, convirtiendo cada parte de la película en un compartimento estanco, que curiosamente sigue un mismo esquema geográfico. El espacio, o más bien su conquista, es aliado de la narración más clásica. El contraste entre el azar y el control. Lo rodado en una calle expuesto a multitud de vicisitudes incontrolables frente a la confección de un plató para mantener ordenado el caos. Pasamos de un espacio grande, la vida de una ciudad en sus calles y plaza, a otro pequeño, el bar propiamente dicho para continuar a otro más pequeño, el almacén ubicado debajo del mismo, para después sumergirnos literalmente en las cloacas de la urbe. Todo tiene una deliciosa motivación. A cada paso dado, vamos descendiendo lentamente al infierno humano, que estallará al final de la trama, en ese paseo mortuorio rodeado de vida que es la gran vía madrileña. La indiferencia es un tema muy bien tratado por Álex: hace daño y puede llegar a matar. Pero quizás, donde mejor quedó reflejado fue en ese trío de perdedores del Día de la Bestia (1995). Sentados en un banco del Retiro madrileño y, al lado de la estatua del ángel caído, hay tres infelices, desarrapados, mendigos heroicos que habiendo salvado al mundo solamente les queda enfrentarse a su enemigo final, el anonimato de la gente al verlos pasar.
Hemos regresado al pasado porque es allí donde retorna el director y su inseparable guionista, Jorge Guerricaechevarria a su Ítaca particular. Mirindas asesinas (1991) testifica el regreso al bar como lugar democrático donde combatir la mala leche del ser humano. El ambiente malsano plagado de personajes cínicos y arribistas, exagerando sus anhelos más desinhibidos, entra en contradicción intencionadamente contra lo políticamente correcto de nuestra sociedad. Si en su primer cortometraje rendía tributo a un cierto dadaísmo lynchiano, con el paso del tiempo se ha trasformado en un refugio polaskiniano de la futilidad humana. El hecho de que exista un personaje llamado Israel (Jaime Ordóñez) que no para de citar pasajes bíblicos nos lleva a ese pesimismo. No existe la salvación, todos estamos condenados aunque unos, más que otros. Y esto es lo más interesante del film y de casi todas las narraciones de Álex y Jorge. Lo tremendamente humanos que pueden llegar a ser los habitantes de sus ficciones. Lo he dicho al principio. Hacer una película es difícil, su proceso es laboriosamente lento, implicando tiempo y dinero. Hoy en día es casi un acto de fe y la mayoría de las veces las expectativas creadas no llegan a cumplirse por mil razones.
Puede que el personaje de Israel sea una de ellas. Personaje desagradable al principio, simpático en su devenir dramático, acaba desquiciado al final. Ya lo era en la génesis del relato pero pareciese que no existiesen argumentos válidos para un arco transformador narrativo de su papel y solamente se utilice como cebo cómico para su reconversión final dramática como némesis del héroe(s). Las ficciones descarnadas del bilbaíno y el asturiano reflejan el buen hacer artesano de su trabajo: contar historias. Primero sobre papel y después sobre celuloide o bits pero no tienen por qué llegar a abrazar el éxito. El personaje no supone ningún peligro para los supervivientes. Físicamente está destrozado igual que el resto y la secuencia de la persecución pareciera responder única y exclusivamente a la técnica. La redundancia del efecto subjetivo de la cámara no solamente distorsiona al propio actante sino que lo transforma en amenaza, sin ese efecto la sensación de peligrosidad se iría al traste. Pero El Bar también contiene aciertos y contemplarlos supone un goce clásico impagable y digno de elogio. Disfrutar con unos títulos de crédito bassinianos que anteceden el tema de la historia. Revivir una sensación determinada en un movimiento de cámara (como he descrito al comienzo). Recrearse en un solo plano(s) de todo un género (planos generales del almacén donde lo complicado es saber qué hacer a la hora de mover a los personajes en dimensiones tan pequeñas y, sin embargo, sin parecerlo aumentando el cariz claustrofóbico del drama). Saber presentar a un determinado personaje en el momento justo (uno de los personajes entrando corriendo en el baño del bar) o apoyarse en un suculento grupo artístico de secundarios. En definitiva, no estamos ante derrotados sino ante amantes del séptimo arte y ver este film supone pagar un tributo a un cierto tipo de cine que más que es, se hace consciente a medida que la proyección avanza afianzando sus aciertos y sus imperfecciones. No hay que olvidar que tanto unos como otros son los que definen al ser humano, aunque a unos más que a otros. La falta de acción en la vida es desesperante ha dicho en alguna ocasión Alex De La Iglesia por eso tenemos al cine para poder sobrellevarla lo mejor que podamos.
martes, 2 de mayo de 2017
Día de Pre-estreno. Las películas de mi vida por Bertrand Tavernier. Metodología sobre la decencia común en una entrevista.
Nos encontramos ante un documental que interpela a parte del corpus cinematográfico francés del siglo xx. Desde el fundacional Jean Vigo al refinado Claude Sautet, pasando por el esencial Marcel Carné, sin olvidarnos de la totémica figura de Jean Renoir y de otros maestros como Truffaut, Melville, Chabrol o Godard pero lo interesante en este caso no es la cita sino el descubrimiento de una metodología de trabajo. Para ello tuve la oportunidad de entrevistar al director (fueron 22 minutos en un hotel de Madrid), que empezó diciendo que su máximo objetivo al realizar el documental era ofrecer un amplio abanico de opciones artísticas alrededor del séptimo arte, mencionando otras disciplinas, sin centrarse en la de dirección. Por tanto, nos encontramos lejos de las “masterclass” de Martin Scorsese. Tanto su mirada al cine norteamericano con Un viaje personal a través del cine norteamericano (1995) como Mi viaje a Italia (1999) son dignos y ejemplarizantes al respecto pero Las películas de mi vida (2016) es otra historia. Ambos directores aman el cine y parten del mismo formato, llegando a veces a idénticas aproximaciones formales, pero la estrategia del francés subyace la sensación frente al sentido del norteamericano. Se podría decir que el primero aboga por el conjunto artístico y el segundo se limita al genio. De esta manera el documental es una aproximación a directores inaccesibles como Edmond T. Gréville pero también a guionistas como Jacques Prévert o a compositores de la talla de Joseph Kosma, al igual que actores o actrices como Arletty, creando un auténtico panteón cinéfilo galo.
Tavernier no quiere educar y prefiere mostrar, describiendo un modo de ser (moral) y un modo de vida (ética) a modo de carta de agradecimiento a todos aquellos que le inspiraron desde su infancia. Su punto de vista es uno memorialista que va extrayendo sus recuerdos (¿qué son si no las películas de su vida?). Pequeños fragmentos de celuloide pero también de cotidianidad. Modificando el tiempo y el espacio a través de la siempre fascinante ejecución de un buen montaje, integra a cada personaje (llega a realizar un estudio casi antropológico de Jean Gabin) con sus virtudes y, lo más importante, sus defectos (impagable las cartas de Renoir sobre un posible colaboracionismo alemán) compartiendo con ellos unos valores caducos y hermanándolos en la defensa de una cierta decencia, básica para una sociedad razonable.
Pero no lo hace solo, necesita la ayuda de un guía y
ese no es otro que Jacques Becker.
Es el centro, el punto cardinal, por donde pivota todo el metraje (el propio Tavernier me lo certificó). La primera
impresión es la que queda pero puede que no sea la idónea hay que seguir
madurándola. Cuando uno estudia un documental, las interpretaciones personales
se van devaluando en favor de la rotundidad objetiva de las propias imágenes.
Si éstas, además se convierten en un torrente de apuntes, ideas, detalles, la
presión analítica puede resultar estresante. Al principio pareciese que los
nombres, los hechos, fuesen escogidos por una cierta subjetividad caprichosa y nostálgica
del director pero no es así. Lo maravilloso de su propuesta es su construcción,
su método. La ordenación de una serie de elementos artísticos/creativos
responde a la idea de una decencia común “orwelliana”. George Orwell creía en una decencia otorgándola un fondo moral y bueno que permanecía en las
relaciones personales de la gente corriente pero que había desaparecido de la
vida política y la disputa intelectual. Quien mejor la representaba eran las
clases trabajadoras, el proletariado (en una de las presentaciones,
concretamente la ocurrida hace alrededor de cinco meses en el Centro Lincoln de
Nueva York, Tavernier increpaba a
los políticos de su país esa falta y también a los del resto del mundo, a los
que me sumo yo contra “los míos”). Pues bien, Becker también hacía hincapié en algo parecido, compartiendo rasgos
formales con el escritor. En todas sus películas existen la sensación de una
cierta colectividad, ya no sólo laboral (todos sus protagonistas están
trabajando en algo) sino social (pertenecientes a un mismo grupo de gente
corriente, aquellos situados en los márgenes legales). Muestra la generosidad y honestidad de estos hombres y
mujeres, situándolos a un mismo nivel, interpretativo y narrativo. Por ejemplo,
el tratamiento de la posición de la mujer (dentro y fuera de la ficción)
incluso antes de la eclosión de los movimientos feministas es de alabar o el
concepto de sacrificio, cuando un personaje está dispuesto a dar algo sin
recibir nada a cambio y resaltar el concepto de legado, la importancia de las
raíces, del pasado. Jacques Becker, igual que el resto de creadores del documental, nos
regala momentos íntimos alejados de la fastuosidad de la “gran historia” para
contarnos que lo importante es el ser humano, independiente de la cronología.
Ahí están las nucleares secuencias donde Bertrand
Tavernier comenta la manera de
planificar de Marcel Carné con una
escalera en Al salir el día (1939) o el “modus operandi” de Jean-Pierre Melville, autentico samurái de su tiempo, encerrado en su
estudio/templo donde construyó obras imperecederas del polar francés como El
silencio de un hombre (1967). O el increíble relato (corroborado por Tavernier en la entrevista) que
encierra El triunfo de la carne (1935) de Edmond T. Gréville, donde se
explicita la impotencia masculina del protagonista y la perseverancia de su
creador, queriendo que las instituciones públicas de su país apoyasen una iniciativa
educativa para sensibilizarlo. Sin dejarnos en el tintero la extraordinaria
manera de trabajar de los compositores, centrándose en partituras como la de La
bestia humana (1935) de Joseph Kosma,
donde imagen y música crean una entelequia indestructible o la de los actores
como Jean Gabin, cuyo rostro para
muchos franceses representaba al Frente Popular de entreguerras, y en Al
salir el día (1939), es el modelo del auge y caída de dicho movimiento
político.
Si tuviéramos que buscar
el sentido a las imágenes del documental, tendríamos que filtrarlo bajo esos
parámetros donde el trabajo conducía a una decencia común. Agruparlas en una
pluralidad artística comprometida con la sociedad con la que le tocó vivir. Ahí
descansa el valor del documental, nos habla de la honradez mostrándonos su
característica más inmediata, su lucha. No solamente en el plano ficcional (los
protagonistas y secundarios del relato) sino en el real (la gente que hacía
posible la ficción) sacando adelante sus ideas en un marco complicado. El arte
a veces está muy cerca de la vida, aquella época retratada fue uno de esos
momentos y esperemos que no el último. Como me comunicó Bertrand Tavernier ahí
están Alexander Payne, Nanni Moretti, Aki Kaurismäki, Pedro
Almodóvar o él mismo para atestiguarlo. En Hoy empieza todo (1999),
el personaje del profesor Daniel Lefebvre (Philippe
Torreton) increpa a una madre. Ella le contesta que no tiene la culpa de no
tener trabajo a lo que él responde: “Pero
si no hacen nada, ¿qué hago yo? No tienen derecho a darse por vencido, no lo
tienen.” Orwell fue testigo de
la decencia en un periodo de lucha, la guerra civil española, y lo dejó
plasmado en su impagable Homenaje a Cataluña (1938). “Es curioso, pero estas vivencias no han disminuido sino aumentado mi fe
en la decencia del ser humano.” Todavía seguimos combatiendo. (Eso también
fue una de las últimas cosas que me dijo Tavernier).viernes, 3 de febrero de 2017
ESPERANDO.
Cuando no estás, el pasado me arrincona increpándome qué hice. La duda me invade y la culpa me aprisiona, sonrojándome por lo que no hice.
Cuando no estás, vivo dentro de un círculo autodestructivo que gira
y gira sin dirección. Desganado y vacío de esperanza. Mis párpados están sellados, durmiendo la
vida y despertándome a la muerte.
Cuando no estás, espero la oportunidad fisiológica
para actuar vanamente porque ya no me queda interés por todo
aquello que creía apasionarme. Mi tristeza crece en igualdad de condiciones que
mi responsabilidad.
Cuando no estás, la oscuridad comprensiva es lo
único que me arropa. Sin alicientes, busco excusas donde no las hay
desenterrando el cofre de la verdad, cuyo interior está vacío. Es el tuyo. Tu espacio, tu presencia, tu enseñanza, tu transmisión.
Cuando no estás, recuerdo tu legado: fuiste
emprendedora tardía, sin importarte los años sino las ganas. Sin desdeñar la
dificultad del desafío sublime, enfrentándote al villano eterno del ser humano, el
tiempo, sobrepasándolo.
Cuando no estás, echo de menos tu voz. La
representación de tu esencia valiente. La llamada diaria, que en algunos casos
me parecía obsesiva, ahora se convierte en vital. Marco iluso tu número
esperando que lo cojas pero sólo oigo el hueco hilo telefónico.
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