¡Lo consiguieron!
Hastur jamás despertará. Nuestros héroes han ido encontrando los Símbolos Arcanos repartidos por los lugares más inhóspitos de este misterioso museo sito en Arkham. (Fue
Jenny la primera en conseguirlo:
Capítulo tercero. Monstruos horribles... revelan un secreto). Y nosotros hemos conseguido el relato de sus aventuras. La tarea no ha sido sencilla y por el camino se han quedado cosas perdidas, muertes físicas y psíquicas que uno tiene que saber utilizarlas para proyectos futuros, pero en definitiva lo que queda de este juego y este taller, es un meandro narrativo tan increíble de creer como tan creíble de fabricarse y del cual han sido testigos durante todo este tiempo.
Puede que los cementerios estén llenos de valientes y los cobardes hayan conquistado la gris realidad. Pero la ficción juega con otros parámetros y otras reglas. Un singular juego acrobático narrativo donde la apuesta es tu punto de salida y el premio tu meta. ¿Te atreves a seguir jugando? ¿Te atreves a seguir creando?
El Símbolo Arcano no deja de ser un juego azaroso donde la tirada de los dados es fundamental y en ese aspecto, Monterey Jack ha sido el más beneficiado de los tres investigadores, no sólo atravesando las diferentes estancias del museo, superando las cartas de aventuras, sino adquiriendo valiosos objetos y encontrando importantes aliados (como
Duque en el
Capítulo segundo. Las estrellas se alinean... sobre nubes oscuras) que al final, le han servido para resolver la historia, a él y a sus compañeros. El pasado del personaje, como el de Amanda o el de Jenny, han estado conformando su particular brújula narrativa conduciéndolos hacia el momento final, esa
Exposición de Medusa, que se transformará en la traca final de nuestra historia.

Un brazo ardiendo se posó en la espalda
del arqueólogo asustando la poca cordura que le quedaba. Rápidamente se deshizo
de lo que quedaba de un ser carbonizado y corrió hacia el final del pasillo.
Las llamas y el fuego iban devorando las diversas estructuras arquitectónicas,
conquistando sus alrededores de una manera desenfrenada. Manotazo a manotazo se
fue librando del ejército de seres llameantes que se oponían a su paso hasta
llegar al umbral de una puerta, por donde se seguían oyendo berridos. No lo
pensó mucho, prefiriendo dejar atrás al fuego y abalanzándose hacia el
alboroto. Al entrar contempló los restos de la actividad que alojaba la
estancia: Exposición de Medusa. En ese justo instante pensó en el mito
griego ampliado por el dibujo visto en los libros encontrados hace un rato. Si
todo no parecía estar conectado alrededor de una de las Gorgonas, al menos puede
que le indicase su destino. Mientras lo pensaba pasó de largo una figura femenina de
piedra muy expresiva, adentrándose en la sala hasta llegar a un
grupo de cultistas arremolinándose sobre algo o alguien. El gigantón de la
primera fila le impedía ver el objetivo del grupo. Cuando éste retrocedió,
Amanda apareció en el marco de visión del arqueólogo. La multitud seguía
corriendo despavorida y en bandadas caóticas pero a él solo le importaba una persona.
—¡No sois muy mayores para asustar a una
jovencita! —No se le ocurrió mejor manera de empezar una pelea que
proponiéndola.
Amanda
giró su mirada al mismo tiempo que la del grupo, aunque sus facciones eran bien
diferenciadas. La sonrisa de la primera contradecía el estupor y seriedad de los segundos.
—¡Monterey! —Se alegró la estudiante.
El grupo
se desplazó hacia el arqueólogo que les esperaba titubeante, sin saber cómo
salir de la trampa en la que se había metido. La luz fulgurante volvió a
aparecer indicando a los habitantes de la habitación su procedencia. Todos
miraron el haz, pero Monterey y Amanda estaban muy ocupados intentando escapar del lugar. Automáticamente, los
integrantes del grupo se quedaron petrificados ante el fulgurante foco de luz.
—¡Ni se te ocurra mirar! —Alertó a la
joven agarrándola de su brazo derecho y empujándola hacia él.
—¿No me digas? —Ironizó al respecto.
Ambos
llegaron a donde se encontraba la estatua de la mujer de piedra. Amanda se
detuvo otra vez, no pudiendo olvidarla.
—¿Qué haces? —Se sorprendió el arqueólogo
deteniéndose delante de la efigie.
—La conocía. —Se entristeció la joven.
El potente
haz de luz empezó a seguir a los fugitivos desde el portal a otra dimensión
que había instalado en la sala de exposiciones.
—¡Tenemos que irnos si no queremos acabar
como ellos!
Amanda
reaccionó rozando cariñosamente el rostro de la mujer.
—Gra… gracias.
Jenny no
podría creerlo pero desde el interior de su prisión de piedra podía ver y oír
todo a su alrededor.
—De nada.
Vio cómo
los dos iban a salir de la sala cuando el haz rozó sus espaldas. No sabe cómo
ni porque pero Jenny chilló enrabietada y su estructura se hizo añicos. Las
partes de su ser se desplazaron violentamente por todas partes. Ahora solamente
recordaba. El cómo había llegado a Releh y cómo la habían transportado los
cultistas a la sala de exposiciones otra vez, como al resto de petrificados.
Quizás la esencia humana solamente era eso, un recuerdo ampliado para la
posteridad. Pensó que mientras la recordasen jamás moriría y con ese dulce
pensamiento desapareció.
El
arqueólogo y la estudiante se agacharon al oír el impacto. Los diferentes
trozos, cascotes se incrustaron en los sitios más variopintos de la sala.
Varios destrozaron el portal, sellando a la luz del amuleto de la Medusa y al
ser que había en Releh. Las llamas seguían recorriéndolo todo a su paso. Rápidamente
los dos huidos se encaramaron en una de las ventanas del museo y vieron como
los haces de luz de los diferentes coches de bomberos aparecían en las
inmediaciones del Museo. La gente de Arkham despertó apiñándose en los
alrededores. Monterey miró como el horizonte de un nuevo amanecer lo iba
bañando. Los rayos del sol desterraban todo vestigio de niebla nocturno. Amanda
también se alegró de que la realidad estuviera a tan solo un paso de su rostro.
Las llamas los acordonaban y Monterey intentó abrir la ventana pero no pudo. El
pestillo había desaparecido.
—¡Pe… pero! ¿Qué diablos?
El hombre
empezó a empujar el cristal de la ventana para romperlo pero era imposible. No
sabía de qué material estaba hecho pero no era de un cristal normal. El techo del pasillo empezó a desvencijarse, cayendo su
artesonado delante de los dos. Ambos tuvieron que apartarse de la ventana. Ni
siquiera la estructura caída del techo pudo romper el cristal de la ventana.
Poco a poco el techo se iba cayendo a su alrededor, pronto los sepultaría
y después el fuego concentrado los acabaría
por quemar. ¡Qué ironía del destino! Morir tan cerca de haber encontrado una
salida a ese maldito museo. El crujido de las paredes empezó a inundar el
pasillo y el único resto de techo empezó a temblar. Amanda se tapó con sus
brazos su cabeza y Monterey la arropó con los suyos. De pronto algo vino de
entre las llamas hacia los dos. El calor no permitía ver con toda claridad pero
Monterey empezó a definir la silueta de ese algo. Un gruñido lo ayudó a saber
quién era. El hombre no lo podía creer. ¡Era Duque! El perro pasó de largo al arqueólogo y a la estudiante y se lanzó hacia el cristal de la ventana. La
superficie no pudo resistir la presión de la embestida animal y se rompió en
añicos. Duque salió despedido del Museo por la ventana del segundo piso. Desde
los alrededores la gente agolpada miraba asombrada como un chorro de fuego
salía disparado de una de las ventanas del milenario edificio. La lengua de
fuego empezó a escalar los pisos siguientes frente a la multitud de chorros de
agua que los bomberos con sus coches a bombeo iban combatiendo. No tardaron ni
dos segundos pero Monterey cogiendo a Amada salió despedido al exterior rodeado
de cascotes y humo. Seguramente que pensó que sería su momento y que moriría al
caer al suelo, pero mirando a la desmayada Amanda, pensó que quién tenía en sus
brazos no era a la joven estudiante sino a su madre y que era una bonita manera
de morir. Pero a veces la realidad supera a la ficción y contra lo que se
golpearon los dos no fue granito, ni asfalto. Fueron unas copas de uno de los
árboles que había diseminados alrededor del perímetro del Museo. Lentamente
amortiguaron su caída, haciéndoles tumbarse dulcemente en el suelo arenoso del
jardín del edificio. La gente se arremolinó ante ellos mirándolos con cierta extrañeza.
La joven seguía inconsciente pero el rostro de Monterey reflejaba una sonrisa.
No se lo creía, ni tampoco la gente aglomerada a su alrededor. Ahí tenía su
minuto de gloria. Su mano tocó el interior de su bandolera y constató la
presencia del extraño rubí encontrado en el singular museo. Después una lengua
viscosa le lamía una y otra vez su sonriente rostro. Duque lo bañó con su
saliva haciéndole reír como un loco. Los bomberos y las autoridades llegaron y
vieron cómo el arqueólogo no dejaba de reír y convulsionarse. No parecía un
profesor, ni siquiera un erudito de la arqueología, sino más bien un demente.
Todos mezclaron miradas mientras a su espalda las mangueras acababan con el
último reducto de fuego del museo y el sol bañaba su arquitectura.
F I N.