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domingo, 6 de octubre de 2019

SOSPECHAR DE LAS IMÁGENES.


"Para investigar la verdad es preciso dudar, en cuanto sea posible, de todas las cosas."
                                                                                                       RENÉ DESCARTES.

La historia es sencilla tanto como la instantánea. Cuatro personas mirando frontalmente a una cámara fotográfica o quizá…  ¿A un móvil? Reconozcámoslo, ya no es tan importante el cómo sino el qué. Una revelación, desconozco al situado más a la derecha pero a los demás tuve el placer de descubrir y conocer, en ese orden, un poquito. Si, efectivamente, el que escribe también fue alumno del Máster de Crítica Cinematográfica Caimán Cuadernos de cine / ECAM 2018/19.  El director del máster Carlos F. Heredero, situado más a la “izquierda” y junto a él, Christian y Laura dos alumnos del máster. Todos felices. Ligeramente inclinada una, otra a la mitad de su amplitud, dudando quizá de su propósito. Una tercera forzosamente hostil y la última, la más fotogénica, las sonrisas anuncian discrepancias. Ninguneando al desconocido ilustre por mi ignorancia, aquellos que sostienen los diplomas acreditativos tienen una excusa inmejorable de ser los protagonistas. Poseen en sus manos la prueba fehaciente de haber superado el reto y de abrir la puerta a un futuro un tanto incierto, como nos lo hicieron ver impúdicamente machacona durante el transcurso del año académico, el diverso profesorado. Manteniéndonos en ese neblinoso porvenir, el diploma sería su llave. ¿Ya son críticos de cine Christian y Laura por portar dicho papel? La pregunta no es baladí sino deliberadamente intencionada. Hoy día 06/10/2019 navego por la cuenta de Facebook de la revista Caimán y me enfrento a otra pregunta, posteada el diecisiete de septiembre a las cuatro y doce, resonando contundente: ¿quieres ser crítico de cine? Si mantuviéramos firme el anuncio actual del máster en el propio canal, Christian y Laura lo serían, ¿no?

El número es otro elemento que alimenta el recelo frente a otras fotografías tomadas en la Graduación 2018/19. Aquellas pertenecientes a otras disciplinas, donde sus habitantes parecen abarcar la casi totalidad de los límites del cuadro, agolpándose  para sonreír ante la inmortalidad. Las comparaciones son odiosas pero también... ¿Sintomáticas? Nos podrían insinuar un statu quo perturbador. La foto correspondiente al Máster de Crítica representa lo que es: dos alumnos recogiendo un reconocimiento pero… ¿dónde está el resto? Un máster no se sustenta con dos alumnos, necesita más dinero para su ejecución. Fuimos un grupo interesante. Un melting pot generacional fascinante: Javi, Blanca, Nacho, Pepa, Irati, Ramón, Juan, Yaiza, Francisca, Ricardo, Silvia, Yolanda y otros más que se fueron cayendo. Tendríamos que preguntarnos por su “no asistencia” pero eso nos llevaría tiempo. Me imagino que por diversos problemas, entre ellos los laborales, geográficos (algunos pertenecían a distintas provincias e incluso a otro países), etc, etc. De lo que puedo estar seguro es de mi versión, una capitaneada por una eterna timidez que me maldice diariamente. No es una excusa concluyente pero es reveladora de mi cobardía. De esta manera, automáticamente, Christian y Laura por ósmosis se convertirían en unos valientes y tal adjetivo va acompañado de…  responsabilidad contra la adversidad de asistir dos días a la semana a clase, de aprovechar al máximo la duración de las mismas desde que comienzan hasta que acaban, y de ejemplificar con hechos una serie de ejercicios o actividades durante el año académico. Si nos moviésemos en esos parámetros de valentía, compromiso e ilustración podríamos concluir, observando la instantánea y las sonrisas de sus habitantes, la construcción de un modelo. Uno que se amiga con la prepotencia de sentirse realizado, de haber cumplido algo, de estar satisfecho de un trabajo realizado pero… ¿Es así?

Puede que haya un elemento en la propia fotografía que nos ayude a desvelar el misterio. Existe algo detrás de sus actantes. Guardando sus espaldas se encuentra una lona blanca, trasunto de pantalla cinematográfica, portero luminoso del celuloide, ya extinto, y del digital en proceso de desarrollo todavía. ¿Sabe alguien lo qué es el digital hoy en día? ¿Y dentro de diez años? La pantalla nos acorrala como a los cuatro protagonistas de la foto pero también es algo más. Es la guardiana de la verdad más insoslayable: nos hace recordar la representación de una mentira despeñándose al vacío de una sala, la capacidad de consentir que estamos ante una ilusión. Motivar nuestras conciencias y posicionarnos en el umbral de una posibilidad, la ubicación de una encrucijada donde todo es posible y nada es definitivo. De esa manera se podía filtrar otra lectura de la imagen congelada en el tiempo, forzar su estado, en definitiva, cuestionarla. Desconfiar de lo que vemos puede resultar un desafío, sobre todo si lo que estamos confrontando a nuestros ojos es un resultado tan contundentemente estructurado que nos hace recelar de su propia fabricación. Lindsey Davis, autora de la serie de Marco Didio  Falco, en su Guía Oficial, editada por Edhasa. Narrativas históricas. (Primera edición de Abril de 2011) habla de una teoría que hunde sus raíces en Horacio pero que la propugnó más célebremente Coleridge: “suspensión voluntaria de la incredulidad” para decir que “el hecho de introducir lo cotidiano podía persuadir a los lectores a aceptar lo fantástico”. La asunción de una mentira degradada en una verdad por el mero hecho de parecerla. Un proceso de empatía con el voyeur porque, con el paso del tiempo, la gente mirará la fotografía y dirá que aquellos que salían en la misma fueron los mejores, los más preparados, aquellos que se lo ganaron. Una fotografía muestra, sentencia, independientemente de cómo esté construida, pero también puede albergar una ligera sospecha. ¿Y si... ?



martes, 1 de octubre de 2019

PASANDO EL LUDOMINGO CON THE WORLD OF SMOG. RISE OF MOLOCH. CAPÍTULO 3. EGIPTO (II).


Lo primero, una agradable sorpresa. Quien me lo iba a decir, hadas, hombres lobo, monstruos y humanos enredados en un Londres victoriano vertiente steampunk. No sé si lo creadores de Carnival Row (2019) son conscientes de esta sección en este blog, seguramente que no, pero las ideas están por ahí pululando en nuestros subconscientes y se van comunicando mágicamente a través del mismo. El hallazgo del show de Travis Beacham y René Echevarría ha sido toda una delicia que espero alumbre, más pronto que tarde, algún momento de la Percepción Catódica que tengo, todo hay que decirlo, un poco abandonada. Bien dicho esto regresemos a otro Londres, al de Rise of Moloch.
No empezaré diciendo lo mucho que hace que no prosigo con el taller, así que guardaré mi pañuelo de los mocos para otro momento, y simplemente comenzaré porque vienen curvas. De todas formas aquí os paso el capítulo anterior para los despistados, que me imagino que seréis muchos y de los cuales no tenéis culpa alguna de tal condición.


Bueno las cosas como siempre no pintan muy bien para el Club Unicornio o mejor dicho, para algunos de sus integrantes. Empezamos la segunda parte de la partida dejándola "in crescendo" para nuestros protagonistas. Una cosa positiva, ¡la única quizá!, fue la sorpresa de la incorporación de Emma Swanson. Aun así y además de estar rodeados de guardias de la Necrópolis y sus salvajes babuinos,  en el exterior nuestra ficha de salida del juego no presentaba mucha distensión lúdicas que digamos.


Además de estar rodeada de zombies la única salida en el muelle, uno por cierto lluvioso (¡qué maravilla de diseño y de dibujo de las losetas!) teníamos otros problemillas añadidos.


Y es que el relato se detuvo justamente con la incorporación de la bestia canópica.


Y aunque la cosa parecía perdida, nunca deis por perdido al Club Unicornio, amigos.


Gracias a Drago conseguimos la loseta de Moloch, así que seguimos empatados contra el Culto pero antes de adentrarnos en el cuarto capítulo, preparaos para saber lo que de verdad aconteció. ¡Se vuelve a abrir el telón!





                                                            SEGUNDA PARTE.


         Sir Cavendish se mantuvo agachado mirando las posibilidades que tenía. Sin sus guantes se encontraba desnudo en el combate y sin sus gafas, totalmente desorientado. Las opciones de éxito decrecían por segundos. Siguió encogido pero su espalda tocó una superficie fría. Se dio la vuelta y no vio nada. Estaba seguro de que su cuerpo se había golpeado con algo. Miró a su alrededor pero no pudo ver nada, sin embargo creyó oír un siseo. Inesperadamente se encontró con el filo de una cimitarra rozándole su garganta. El mekamancer se quedó petrificado observando como el pico sobresaliente de una máscara de ibis lo estaba vigilando.

         —¡Queréis matarlo de una vez! —Sonó una voz chirriantemente áspera.

El guardián de la Necrópolis dudo un segundo, lo suficiente para que un mekamancer de su majestad actuase. Sir Cavendish siempre había sido un hombre práctico. Cuando su pie izquierdo se arrastró un centímetro del suelo, comprobó con una sonrisa que su extremidad no retrocedió sino más bien resbaló y dedicó un ligero movimiento para ver que había arena sobre la superficie del templo. La suficiente para coger un puñado y tirárselo a la máscara del guardián. Éste se echó hacia atrás y bajando su cimitarra unos centímetros de su cintura, cometió el peor de sus errores. El codo flexionado del mekamancer chocó contra las costillas del guardián haciendo que perdiese su valiosa espada en la mano derecha de Walther. El mekamancer tardó un segundo en asestar un mortal tajo al adversario en la parte derecha de su cuello. Un chorro de sangre pastosa brotó de la zona dañada empezando a salpicarlo. El guardián se arrodilló y el mekamancer lo remató.

         —¡Lo sabía!
         —Un viejo truco de mekamancers, sin duda alguna.
         —O una debilidad en tus hombres, lord Crowley.

La arenisca no dejaba de caer, inundando el suelo de la sala sin darse cuenta los protagonistas del combate. Tampoco se dieron cuenta de la extraña construcción situada sobre una de las paredes, encima del patio peristilado del templo. Parecía una especie de palco con una barandilla dorada alrededor del mismo. En su interior había dos sillas de madera con los refuerzos de terciopelos rojos y acolchados en sus bases. Lady Usher se encontraba oteando el interior de la estancia con unos prismáticos. Junto a ella se encontraba lord Crowley y detrás de ambos una pared con una cortina blanca, ondulándose nerviosamente, con el signo del Faraón Negro: una cabeza de carnero sobre un mar de arena.




         —¡La verdad es que ya no son lo que eran, milady!
         —Ahora solo vivís de excusas, milord.
         —Para nada, querida… ¡Al infierno con ellos!
         —Bien como podéis ver, sir Cavendish está descontrolado, —asintió la anciana.
         —Quien me preocupa es otra.
         —¿Quién? —Regresó a sus prismáticos—. ¿Lady Sutherland, tal vez?
         —No, ¡Emma Swanson!
         —Bueno, con tal de que pase la tarde.

Los disparos provenientes de la pistola simbiótica de Emma seguían a uno de los babuinos asustándole a cada encuentro. Las paredes de piedra iban soportando los impactos y dejando su huella, creándose agujeros por todas partes. El último se detuvo en una puerta. La cabeza de la diletante se elevó tímidamente y decidió adentrarse detrás de la misma. Emma entró en un almacén donde estaba rodeada de cajas y bolsas. Su bota derecha tropezó con algo, bajó su mirada y comprobó que eran las gafas del mekamancer. Había encontrado las cosas de sus compañeros. Lo que no vio fue la sombra en el techo. Una que siseaba peligrosamente sobre su cabeza. Cayó cobardemente sobre la mujer y le propinó un puñetazo en su cabeza.



         —Sólo sabes pegar a las mujeres por la espalda. —Se levantó malherida y con su melena suelta.
         —Ssolamente a las que se dejan.
         —¡Vaya! Me ha tocado al gracioso de la noche. —Su rostro se asqueó al ver a su agresor—. O lo que seáis.

El primer disparo rozó el rostro de Jaybee pero el mayordomo reaccionó rápido, saltando a cuatro patas sobre la mujer. Una de las zarpas de la bestia impactó en el brazo de la pistola simbiótica y del golpe, el artefacto salió disparado contra la pared del almacén.

         —Ahora ya no ssois tan cómica, ¿verdad?

Empezó a reírse y una tira de babas cayó en la mejilla de la diletante. Sus mandíbulas empezaban a abrirse y su lengua troceada salió como un resorte hacia la boca de Emma. De repente, el cuerpo de Walther apareció siendo empujado bruscamente por uno de los guardianes de la Necrópolis. Sir Cavendish cayó al suelo perdiendo su cimitarra. Al arrastrarse para poder amagar el próximo golpe de su adversario, chocó con unos bultos y vio sus guantes y gafas. Su atacante alzó su espada tardando demasiado en hacerlo. El mekamancer volvió a aprovechar su valioso tiempo y escurriéndose velozmente hacia sus objetos, amagó el mandoble de la cimitarra. Jaybee se quedó unos segundos mirando el combate.

         —Espero que tengáis. —Sonó críptica la mujer a los oídos de Jaybee.
         —¿El qué?

Ante la desorientación de la bestia, Emma le propinó un puñetazo en sus partes bajas y el mayordomo se inclinó violentamente sobre la zona dañada, dándole tiempo a la mujer a incorporarse y coger su pistola simbiótica.

         —Hombre o bestia, no falla.

Sir Cavendish realizó el último de sus saltos y poniéndose las gafas y los guantes solamente tuvo que apuntar a su atacante. Un rayo de luz atravesó al guardián.

         —¿Queréis dejar de jugar, por favor? —Mandó la diletante.
         —¡Llevad a Caliburnus a su dueña yo me ocupo… ¡de eso! —Sonó despectivo, el mekamancer, refiriéndose a Jaybee.
         —Sois más guapo con esas gafas, lo sabéis ¿no? —Asintió la mujer pasando por delante del mekamacer y robándole una sonrisa.



No se sabe si el rostro de Sir Cavendish era el que sonreía o si eran sus gafas, en cualquier caso Jaybee aprovechó la coyuntura para esconderse en las sombras del almacén mientras los guantes de tesla  lo rastreaban. El mayordomo lo veía todo desde cierta distancia, la que le proporcionaba reptar por el techo de la habitación. Lo que no se esperaba es que parte de su atrezzo lo iba a delatar. Su gorro de copa agujereado cayó a los pies de Walther. Éste levantó la mirada con una sonrisa. Jaybee intentó maldecir pero no tuvo tiempo. Su cuerpo fue traspasado por dos puntos lumínicos. La bestia cayó solemnemente al suelo. Aún muerta, seguía componiendo una macabra sonrisa desdentada.

         —Me estoy replanteando, muy seriamente, bajar abajo a poner orden, lord Crowley.
         —¡Ese mayordomo tenía los días contados, milady! Dejad que baje yo.
         —¿Cómo te lo digo, querido? O bajo contigo o tendré que delegar en las fuerzas del Culto.
         —Ya sabéis que el Culto no tiene por qué estar al corriente de esta escaramuza.
         —¿Y bien?

Lord Crowley asintió enrabietado y deslizó su mano derecha sobre la de lady Usher para invitarla a dejar el palco.

Abigail seguía petrificada delante de la bestia que seguía manteniendo sus fauces abiertas y mirándola sin contemplaciones. Pero hubo algo que llamó su atención. La bestia canópica parecía que no la miraba a ella sino al fragmento de estela de Moloch. La joven intentó comprobar su teoría, alzando el objeto hacia arriba. Efectivamente los ojos de la bestia concentrados lo seguían sin miramientos. Abigail siguió moviendo el fragmento de izquierda a derecha comprobando que la cabeza de la bestia lo seguía como si se tratase de una bola de cricket. Emma apareció por la puerta desvencijada  esquivando el ataque de uno de los últimos babuinos que quedaban en pie.



         —¿Se puede saber qué hacéis?
         —¡Amigos!
         —Siempre has tenido mal gusto para eso. ¡Toma!

Enma lanzó un objeto a la arcanista y ésta enseguida lo atrapó sabiendo perfectamente lo que tenía en sus manos.

         —¡Por fin!

Abigail detonó el mecanismo que hizo que un resplandeciente halo de luz plateada saliese de una espada. Al fin tenía bajo su poder a Caliburnus. La bestia  molestada por el potente foco de luz, perdió el poder hipnótico del fragmento de Moloch y empezó a arremeter contra las dos mujeres.

         —¡CUIDADO!

Ante la embestida de la bestia, las dos se apartaron una a cada lado. La bestia atravesó la pared de la estancia, apareciendo en la sala de las columnas donde en ese justo momento apareció lord Crowley acompañado de lady Usher y una bandada de zombies harapientos.

         —¡Señorita Sutherland, si fuese tan amable de devolvernos ese fragmento! —Mostró cierto interés lord Crowley.
         —¿Fragmento? —La arcanista torpemente guardo la loseta delante de todos—. ¿Qué fragmento?

Emma no tardó mucho en volver a parecer, disparando a todos lados con la pistola simbiótica. Uno de los haces de luz iba directamente hacia lady Usher pero lord Crowley se puso en mitad de su camino y, con simplemente abrir su paraguas, detuvo el impacto.

         —¿A qué estáis esperando, querida? —Apresuró la diletante a su compañera sin dejar de disparar.

Abigail empezó a correr por su derecha seguida de la bestia canópica, que desperezándose de algunos restos de pared, empezó a seguirla. A cada paso dado se encontraba con un zombie, el cual era amagado por la arcanista y seguidamente despanzurrado por la bestia. Al pasar por una de las columnas, su gran cola la golpeó bruscamente y la rajó, haciéndola caer en mil pedazos. El techo empezaba a temblar peligrosamente.

         —¿Aún creéis que ha sido buena idea bajar, milady?
         —No hay nada como oler el aroma del peligro, milord.

En la esquina de enfrente Drago seguía luchando con el último guardián de la Necrópolis y su babuino. Los peludos brazos no dejaban de moverse, esquivando la cimitarra del guardián y los colmillos del babuino.

         —Bueno, ya está bien de juegos.

Drago se detuvo inmediatamente, parecía que la opción lúdica había llegado a su fin. Espero que voltease en la columna y cogió por sorpresa al babuino. Éste empezó a chillar cuando era cogido por su rabo y empezar a ser zarandeado inmisericordemente. El hombre lobo convirtió al simio en su arma frente al ataque de la cimitarra. El babuino duró poco ante el filo del arma pero eso no bastó para que Drago le propinase un fuerte golpe en su máscara, rompiéndole la nariz y haciéndole caer al suelo. Estaba a punto de rematar al guardián pero vio que Abigail estaba siendo perseguida por una monstruosidad. Drago tiró lo que quedaba de babuino al otro lado y se marchó hacia su compañera. En el momento que apareció, a lady Usher se le dibujó una sonrisa fosilizada.



         —¡No me lo puedo creer!
         —¿Qué es lo que os perturba, milady? —Siguió guardando las espaldas de los ataques de la diletante, abriendo y cerrando su paraguas ante la total tranquilidad de la anciana.
         —¡Mirad! ¡Allí!

Lord Crowley esforzó sus ojos por ver algo entre tanto caos. Apareció lady Sutherland siendo perseguida por la Bestia canópica, y muy de cerca a Drago.

         —¿La bestia canópica?
         —¡Qué maravilla! —Parecía embelesada.
         —Bueno ya sabéis que como no pudimos encontrar  el sarcófago de nuestro querido Imhotep II, encontramos unos vasos canópicos que, de alguna manera, sirvieron para crear a la bestia, de ahí lo de su nombre…  
         —¡Qué bestia canópica ni nada! —Interrumpió molesta lady Usher—. Me refiero al hombre lobo.
         —¿Qué tiene?
         —Que es de Valaquia, donde murió mi padre contrayendo esa terrible enfermedad incurable que después  me comió por dentro.

Abigail ya mostraba un cierto cansancio, incluso levitando, así que aminoró su carrera drásticamente. Detrás de su cuello podía sentir la respiración acelerada de la bestia dándole caza.

         —¿Puedo participar?

La arcanista miró a su derecha y comprobó con agrado que Drago la estaba esperando. No lo pensó mucho, sobre todo teniendo el aliento de la bestia invadiendo su cogote. Las fauces estaban a punto de cerrarse en la cabeza de Abigail cuando ésta lanzó el fragmento al aire para que lo cogiese Drago. La bestia reculó y empezó a correr en dirección al hombre lobo. Cuando cayó el fragmento de Moloch en las garras de Drago no supo qué hacer con él, pero cuando vio la presencia de la Bestia, instintivamente lo supo. El hombre lobo se puso a cuatro patas y empezó a correr hasta el fondo de un pasillo.

Lady Usher lo contempló todo, absorta en la persecución y adentrándose mágicamente en el pasillo. Drago llegó a una pared que le impedía el paso y frustrado se giró para hacer frente a la bestia pero a quien se encontró fue a lady Usher junto a un gran caimán, bastante manso.

         —Vaya, vaya, hacía mucho que no veía a gente como tú y no me traéis muy buenos recuerdos.
         —¿Cómo yo?
         —Si, como un valaqués.
         —¿Conocéis Valaquia?
         —No personalmente, —su huesuda mano acariciaba el pecho de la bestia atontándola—. Pero conozco a alguien que fue de viaje a ese pútrido país y contrajo una maldición que hundió a toda una dinastía.
         —¿Tiempo para la nostalgia, señora?
         —Siempre es bueno recordar el pasado, sobre todo si pertenece a tu familia.
A cada palabra lanzada, ambas partes se movilizaban sutilmente. Mientras lady Usher y su bestia iban acompasadas hacia Drago, el hombre lobo retrocedía hasta que su espalda desnuda golpeó una pared.
         —Mi padre fue un gran político que solamente cometió un error en su vida.
         —¡Qué vida más aburrida!
         —Realizar un maldito viaje diplomático a tu país.
Drago no dejaba de mirar a la anciana acercarse pero con quien estaba completamente concentrado era con la mole del caimán aproximándose.
         —Nunca supimos qué le pasó allí pero siempre pensé que un bicho como tú lo podría haber mordido.
         —Créame, las consecuencias serían otras o piensa que yo nací así.
         —No me importa en absoluto.



Drago sacó lo que parecía el fragmento de loseta de Moloch y lo alzó para que lo viese lady Usher y, sobre todo, su animal de compañía. Los ojos de la bestia empezaron a brillar.

         —Quizá entonces, os importe esto más.
         —Primero tu corazón, —los ojos de la anciana se abrieron como platos y su boca se desencajó—, y después el trozo de barro ese.

Drago no tardó mucho en reaccionar. Sus robustos y peludos brazos cogieron el escuálido cuerpo de lady Usher y lo empezaron a zarandear. La bestia canópica se revolvió buscando la piel del hombre lobo. Drago cogió el trozo de loseta y se lo introdujo en la boca de la anciana delante de la bestia. Lady Usher miró a Drago por última vez dedicándole una mirada de horror mientras la bestia la despedazaba en busca de su trofeo. Drago se marchó corriendo en dirección opuesta sin observar como la anciana cerraba por última vez sus ojos y a medida que sus párpados caían, se podía vislumbrar una sonrisa placentera invitando a la tranquilidad más que al odio.

El mekamancer caminaba desorientado por una niebla de polvo y cascotes, colisionando con otro cuerpo, también completamente desorientado.

         —¡Otra vez tú!

Lord Crowley mantuvo su sonrisa sibilina durante un par de segundos, los suficientes para abalanzarse con su paraguas expulsando su serpiente hacia el estómago de Walther. El mekamancer se agachó a la izquierda amagando el ataque aunque rápidamente Lord Crowley reaccionó sacando una daga de su traje y alzándola para asestarla sobre el corazón de su oponente. Sir Cavendish se deslizó por el suelo del templo, amagando los golpes en el aire de la daga. Jamás había visto una de igual tamaño.

         —Así que trabajáis para un tal Moloch.
         —¿Qué ignorantes sois?
         —¿Los guardias de la Necrópolis no son utilizados por el Culto? —Dijo sir Cavendish incorporándose rápidamente.
         —¡Yo los utilizo, querido! —Amagó uno de los rayos del mekamancer.
         —Con el beneplácito del Culto, supongo.
         —El Culto es una organización tanocrática.
         —¿Y? —Ahora quien amagó la daga fue Walther.
         —Que como tal está interesado en el encantamiento de resurrección de las losetas de Moloch.
         —¿Pero?

La daga no llegó al cuerpo del mekamancer pero si el paraguas de lord Crowley que, abriéndolo repetidamente, asustó a sir Cavendish haciéndole caer.

         —No te va a servir de mucho a dónde vas a ir pero te lo voy a contar.
         —Tengo mis dudas, —se intentó poner de rodillas pero no pudo— últimamente Caronte está muy solicitado.

Lord Crowley se mostraba ufano frente a un impedido mekamancer, la victoria estaba ganada.

         —El Culto es historia, ya lleva mucho tiempo por aquí y ya va siendo hora de que las cosas cambien. Conformarse con resucitar a un tal Moloch  se ha convertido en algo secundario, lo primordial es… ¡IMHOTEP II!

La serpiente volvió a sisear cerca del cuerpo de Walther. El mekamancer cargó sus guantes y apuntó a lord Crowley pero éste fue mucho más rápido. Su serpiente se introdujo en uno de los agujeros de uno de los guantes, haciendo que la serpiente se inmolase en su interior. Walther tiró el guante y lord Crowley saltó encima del mekamancer, apuñalándolo en su brazo derecho. Walther chilló. La daga poseía un filo nada común.

         —Y esto sólo es el principio. Pronto será el final no sólo del Culto sino del Club Unicornio.

Drago llegó a la sala principal del templo y vio a las dos chicas completamente solas.

         —¿Lo tienes?

No dejaron respirar al hombre lobo cuando apareció detrás de él la bestia canópica.

         —No puede ser. —Se asombró Drago.
         —Pues yo creo que sí. —Ironizó un poco la diletante, apuntando con su pistola simbiótica.
La bestia se deslizó fácilmente hacia los tres mientras que Emma no podía disparar su pistola.
         —Emma. —Intentó llamar la atención de la diletante una nerviosa Abigail.

Enma  lo intentaba una y otra vez pero era incapaz de disparar su pistola simbiótica, al mismo tiempo que veía a la bestia acercarse peligrosamente.

         —Habrá sido el golpe de ese asqueroso, —intentó llegar a alguna conclusión aunque fuese una peregrina.
         —Enma. —Insistía Abigail sobre su compañera.
         —¡Mierda! —Insistía Enma sobre su pistola.
         —¡ENMA! —Gritó Abigail a la diletante.

El mekamancer arrodillado caminaba torpemente hacia un lugar seguro apareciendo en la sala con sus compañeros. Sir Cavendish lo pensó poco. Lanzó su rayo sobre la bestia y ésta hipnotizada por el haz, descarriló y fue embistiendo hacia el mekamancer. Emma, Abigail y Drago no vieron lo que se les venía encima. La última grieta del techo llegó a su destino haciendo que se dividiese en dos partes.

         —¡CUIDADO!

Emma apartó a Abigail y empujó  a Drago a un lado y parte del techo cayó encima de la diletante.

         —NOOOO.

   Lord Crowley llegó victorioso al lugar sin gorro y con su melena ceniza al viento.

         —Una menos.

Abigail le oyó y enfurecida se dirigió al Lord. Caliburnus empezó a actuar. La primera actuación fue frenada en seco por el paraguas de Crowley, que al fin y al cabo no parecía un paraguas. Se transformó en una espada también asestando tajos al aire. Abigail los esquivó enfermiza y a medida que lo hacía, su gélida mirada no dejaba de mirar a Crowley. Éste poco a poco iba retrocediendo y sudando cada vez que perdía la posición.

         —Esto por lord Blackmore y todos a aquellos que habéis engañado con vuestras supercherías de ultratumba.

La arcanista no lo dudo y lanzó su último ataque sobre el pecho de Crowley, el ser abyecto no pudo parar el golpe. La espada se introdujo en la caja torácica del lord y lo ensartó al completo. Los ojos huecos de lord Crowley se quedaron vacíos y su cuerpo cayó como un saco de patatas. Ni rastro de más serpientes. La bestia canópica seguía hipnotizada por el haz de sir Cavendish y mientras lo seguía iba destruyendo las paredes del templo. Cuando  terminó de destruir la última columna del templo, los restos de su artesonado se derrumbaron sobre la bestia haciendo que la luz de la luna invadiera la estancia y permitiese ver a sus habitantes que no estaban en Egipto sino que seguían en su Londres.



Una horda de zombies los estaba esperando en el exterior. Al fondo se oían sirenas de bomberos y la lluvia golpeaba sus rostros impunemente. Los tres se miraron y después miraron a los zombies. Se encontraban en los muelles de Londres en su zona más oriental, donde numerosos sampanes se arremolinaban en sus zonas de atraque correspondientes. Estaban demolidos, agotados pero Drago sacó algo de su bolsillo. Abigail lo reconoció en el acto. Era el otro fragmento de loseta de Moloch. Sir Cavendish agarró otro que tenía y los tres empezaron a reírse. El truco del valaqués, cambiando el fragmento por una mera piedra, había funcionado. Los zombies, cada vez más cerca, no se inmutaban de las risas rodeando a los miembros del Club Unicornio. Dejaron de reír y se dieron de bruces con la realidad, estaban completamente rodeados de zombies, extenuados y abatidos vieron muy cerca su final. El zombie más próximo se abalanzó sobre Abigail y el resto le siguieron rápidamente zombies pero se detuvieron al instante  porque un rayo partió al más valiente de todos, cortándole por la mitad. No tardaron mucho tiempo en caer otros por el mismo rayo. Los tres miraron a sus espaldas y comprobaron con alegría que Enma estaba disparando con su pistola simbiótica.

         —¡Ahora funciona! ¿Os lo podéis creer?

Animados por la sorpresiva aparición, los miembros del Club Unicornio se disponían a hacer frente a la horda zombie. ¡Qué era una horda para ellos!

Desde cualquier lado del solitario muelle se podía contemplar una estela de humo rozando la luna llena. Nacía en uno de los grandes almacenes de abastecimiento del puerto que lady Usher había comprado con su capital para escenificar “veladas entretenidas”.  La única persona que parecía estar en el puerto era un viejo subido en un barco. El hombre mostraba una barba canosa y bien poblada y no dejaba de mirar a través de un catalejo la cortina de humo.

         —¡Vaya, vaya! Así que ya vienen. —Bajó el catalejo y miró un fragmento de tierra que tenía en su mano izquierda—. Bien, el Pozo estará esperándoos.
         —Eso espero capitán Sutcliffe.

Del interior de la cabina del barco apareció una mujer con el rostro pálido. Su vestido egipcio la delataba pero aún más su rostro a medio hacer. El viejo la miró asombrado.

         —¡Ira Kodich! Pensaba que habríais muerto en el desplome de la mansión Blackmore.
         —¡Bah! Puro teatro para desenmascarar a esos seguidores del Faraón Negro. Ahora sabemos que tienen dos de los fragmentos de la loseta de Moloch y que pronto vendrán a por el suyo.
El viejo capitán volvió a mirar su fragmento. Ira dudó unos segundos, la mirada de Sutcliffe al fragmento no la gustó.
         —Espero que el Pozo este con el Culto en esto, ¿no?

Tardó unos segundos pero contestó seguro de sí mismo.

         —La alianza se mantiene. La palabra de Madam Edwarda es ley.

Ira asintió más relajada mientras ambos no dejaban de mirar el humo ascendente. Sus cuerpos se movían sutilmente al son del mar rebotando en el muelle. La lluvia persistía acrecentándose e impidiendo casi leer sobre la eslora de madera del barco su nombre: el Ron Rojo.

                                                                                                           CONTINUARÁ...

lunes, 1 de julio de 2019

Día de post-estreno. Mr. Link. El origen perdido. Cuestionando el paradigma de la aventura.



“El lugar que buscas no está perdido. Esta oculto por azar. Quizá, los hombres que lo buscan son los que están perdidos.”                                                                           
                                                                                                                             Gamu.

Al final de la historia, en la secuencia de los títulos de créditos suena “Do – Dilly – Do” compuesta por Walter Martin y repentinamente, desde la conciencia de saberse en los confines del relato periclitado, una nueva ruta se abre camino. Sin dejar de tararear el dicharachero estribillo, confeccionado sobre las tres notas transcritas onomatopéyicamente que recuerda, y no sólo en el subtítulo de la misma (A Friend Like You) al trabajo de Randy Newman en Toy Story (John Lasseter, 1995, USA), el espectador oirá un “toe-tapper”. Hasta aquí la anécdota ya que la tipología de la construcción musical encierra algo más, presupone una connotación sexual. Además de ser un código, una clave que permite un hipotético intercambio sexual, desde el 2007 en la lengua de Shakespeare, versión “slang”, un “toe-tapper” es un homosexual escondido en las sombras. Como se puede percibir, Mr. Link no es solamente una película de “stop motion” rodada a 24 fotogramas por segundo. A decir verdad, ninguna propuesta de LAIKA se circunscribe inocentemente al visionado de su narración, siempre hay algo más subyacente sobresaliendo.



Mr. Link, como relato propone un viaje y además establece una serie de paradas de posta en su desarrollo, cuestionándolo al mismo tiempo. Parte de una tradición genérica, como es el film de aventuras para darle varias vueltas de tuerca a su paradigma con el propósito, ya no sólo de disfrutar de sus imágenes que también, sino de generar debates sobre las mismas: en la superficie laten los elementos pertinentes para un buen espectáculo de acción y sumergidos, palpitan una serie de revelaciones aditivas a un discurso poco explorado en la animación.


El arrogante Sir Lionel Frost (Hugh Jackman) tiene como misión rescatar del anonimato a Mr. Link (Zach Galifianakis), un “sasquatch” que vive parapetado en los remotos bosques de Oregón. La hazaña no resta ni un ápice de arribismo a las intenciones del protagonista: conseguir la fama pertinente para ser admitido en esa copia de club reformista a lo  Phileas Fogg verniano, que es el Club Óptimo. El prototípico “action-hero” es el encargado de conducir por el globo al eslabón perdido para otorgarle su correspondiente sitio en el mundo. Desde el comienzo la película juega con los estereotipos narrativos, y no sólo aquellos pertenecientes a la construcción de personajes que sería los más obvio de ver (la mixtura entre Indiana Jones, Sherlock Holmes o James Bond), sino también a los sexuales, más difíciles de detectar. Sir Lionel se encuentra en las Highlands escocesas buscando pruebas de la existencia de Nessie. Su pose desafiante (casi a horcajadas en el bote y recto como un tronco) y su actitud bravucona frente al peligro, le otorgan al personaje un  puesto en la vanguardia metrosexual.


Frente a ese vigor súper vitaminado, escenificado en la secuencia del Lago Ness, se opone el carácter retraído, marginal, casi de fantasmagoría de Mr. Link. El anverso de esa rectitud anatómica de Lionel sería el perfil  "pera" de Mr. Link. Uno se mostrará inamovible en su convicción de garante del orden establecido y el otro, no dejará de curvarse ante las nuevas vicisitudes a las que se enfrenta. La recta indica un trayecto y la semicircunferencia divaga sobre su propio perímetro. Mientras el primero decidido, conquista la geografía el segundo dubitativo, la está descubriendo. No obstante ambos parte de una misma tendencia, de un común punto de partida: un cierto individualismo. Uno otorgado y el otro heredado. La primera parte, prácticamente, estará estructurado sobre esa dicotomía hasta que los personajes se lleguen a conocer/conectar.



Lionel sería el representante de ese individualismo otorgado abocándole a una vida casi cartuja. Se ve perfectamente en la secuencia de embarque en el barco que lo llevará a Norteamérica. Mientras la gente se despide de sus seres queridos, el protagonista subirá solo y se mantendrá en su camarote aislado del resto de la tripulación.



La individualidad heredada de Mr. Link es una más radical, amiga de la soledad y hermana de la desolación física, adquirida durante una evolución que jugó a la ruleta rusa con su especie. La secuencia que hará explosionar ese individualismo será la del encuentro de ambos. Lionel asombrado encuentra al “sasquatch”  y suelta la carta que los ha unido. El trozo de papel, gracias a un “socorrido” golpe de viento, es conducido al vuelo hasta que lo coge Mr. Link de espaldas, recepcionando la misiva.



El relato se gesta en este enlace, que a partir de ese momento, hará transformar ese individualismo escenificado en uno compartido en pareja, aunque se tratará de un periodo iniciático (la relación de profesor-alumno se dibuja en cada obstáculo al que se enfrentan como la “cartooniana” secuencia de pelea en el salón de McVities o el irrisorio intento de hurto de una caja fuerte) caduco porque entrará en acción un tercer personaje, el de Adelina (Zoe Saldana), desestructurando esa pareja y remodelándola sobre la base de un triángulo de misfits.



Eso solamente puede pasar cuando un actante es lo suficientemente fuerte para poder mantener esa desestabilización narrativa o cuando se torna avalista de su tema nuclear. La incorporación de la mujer en el relato avisa del cambio en el paradigma de la aventura pero no es su garante principal. Es decir, lo cede a otro personaje. Adelina es heredera directa del carácter de Marion (Karen Allen) de En busca del Arca Perdida (Raiders of the Lost Ark, Steven Spielberg, 1981, USA) y a su vez ambas son herederas de un carácter femenino hawksiano. Su forma de afrontar las situaciones, directa, aguerrida y contundente, la confiere una masculinidad soterrada posicionándola al mismo nivel que Lionel y restándole espacio a su feminidad, si entendemos por tal y aquí entraría en juego el concepto conservador del género, la enumeración vergonzosa de “apéndice al héroe” que ha comportado siempre la definición de “compañera”.



Es decir, el cine de aventuras salvo en contadas ocasiones, ha estado formateando el papel de la mujer como objeto de comparsa, igual que podría ser una mochila o una pistola, o bien como premio de feria a la férrea voluntad del protagonista. Pues bien, Adelina se encuentra lejos de esos parámetros, enclaustrada en esa villa colonial californiana (trasunto del propio género a reconfigurar) esperando con recelo al héroe.



Y es que en la relación que mantiene con Lionel emerge el fuera de campo narratológico: ella escenifica su pasado por tanto su incorporación no responderá a una figurativa, como tampoco lo era la de Marion, sino que se tornará activa llegando a tomar la iniciativa en varios momentos, uno de los cuales será aquel que revele al “toe-tapper” de la diégesis.



En el viaje de vuelta del SS Manchuria al viejo mundo se produce la revelación. La esperanza va alimentando la decisión de Mr. Link  de continuar y encontrar a sus parientes en los remotos parajes del Himalaya, pero Adelina ve en la actitud de Lionel una arrogancia, disfrazada de encantadora superioridad, que la hace pensar que quizá el explorador tendría que resetear su relación con su compañero, planteándola más de tú a tú antes que de profesor a discípulo. Lionel accede y lo primero que le pregunta es por su verdadero nombre, si lo tiene o cómo le gustaría que le llamase. La pregunta no hace aguas en el Atlántico que están atravesando los personajes. En la introducción del fascinante libro sobre la película (The Art of Missing Link. Inside Editions, 2019), Chris Butler dice que su película “también versa sobre los nombres” y matizando “sobre el significado de nombrar” y sentencia: “es acerca de cómo los nombres que nos damos son mucho más importantes que aquellos que nos ponen otros.”



El nombre como identidad, consciencia del ser autónomo y único, que proporciona seguridad en un mar de incertidumbres que hasta ese momento había sido la vida de Mr. Link. Y delante de los actantes, de su némesis e incluso del espectador, Mr. Link decide llamarse Susan, en homenaje a una chica que conoció y no salió huyendo. El momento es importante pero el contexto lo es aún más. Decide posicionar su identidad antes que la impuesta por otros, llámese “Big Foot” o Mr. Link, en una geografía zigzagueante como muy bien lo escenifica la animación del interior del barco, donde los objetos parecen cobrar vida moviéndose de un lado a otro al son del oleaje, y donde las personas se inclinan peligrosamente a un margen del plano, desequilibrando su centro de atención. En un clima de vaivén político, de inestabilidad social, la única, la verdadera centralidad es la decisión férrea de Mr. Link en llamarse Susan. En el Club Óptimo, Lord Piggot-Dunceby (Stephen Fry) exige continuar en un mundo conservador y arcaico manteniendo una sociedad clasista y defendiendo sus privilegios. Es decir, el villano de la función está apoyando un statu quo que incorporaciones como las de Lionel en su elitista Club, proponiendo desafíos disparatados como la búsqueda del “sasquatch”, ponen en peligro. Si permutásemos el personaje de Lionel por el de Mr. Link seguiríamos haciendo peligrar ese control pero si lo hiciésemos por el de Susan, sobre su dudosa condición sexual (es esencial la modulación en el tono de voz con la que juega el actor en la versión original del film), lo que tendríamos entre manos es un cambio y no uno cualquiera.



Pero Mr. Link no tiene nada de revolucionario, más bien propone hipótesis, alternativas o modos de enfrentarnos al paradigma de la aventura. Es cierto que no es el género más indicado para los procesos introspectivos pero cuando los hay, se agradecen. Más que los hechos de los personajes, lo que empieza dibujando la narración son sus deseos de evolucionar (convertirse en el explorador más mediático del mundo, salir de una jaula de oro en pos de aventuras, o emprender un proceso socializador). El discurso dominante de la cultura del esfuerzo bien podría ceñirse a esos vectores. La insistencia en conseguir algo, repitiendo tozudamente las mismas acciones una y otra vez, al final los premiará en sus objetivos. ¿Qué hacer con el fracaso? ¿Cómo gestionarlo? Quizá, en vez de obsesionarse con una meta lo que haya que hacer es cambiarla por otra. Mr. Link propone algo muy sencillo, que el éxito o el fracaso son conceptos relativos de una cierta cultura preponderante y que saber administrarlos, implica una sabiduría que no está conectada a la velocidad instantánea de la victoria ni de la derrota. La artimaña es valiente porque golpea directamente en el corazón del imperio, y no precisamente del británico, sino del American Way of Life. Sobre todo viniendo de donde viene, usando el género hollywoodiense como mapa, y no sólo de la aventura, sino de otros géneros clásicos como el fundacional, para su cultura, western rozando la comedia slapstick y descubriendo por momentos, retales de drama.



Se podría rastrear estos quiebros en prácticamente toda la narración pero existen dos momentos muy reveladores. Uno es en la estación de Santa Ana (California). El trío protagonista está a punto de coger un tren pero aparece su némesis, Willard Stenk (Timothy Olyphant) obstaculizando su viaje. Se produce un tiroteo y el jefe de la estación decide, oportunamente, que el tren arranque. La rica situación de peligro está generada por dos contratiempos: el primero, la amenaza de una muerta segura bajo la ráfaga de plomo de la pistola de Stenk y el segundo, es una cuestión de tiempo, ¿llegarán a coger el tren? Este tipo de inconvenientes que presionan el desafío, escenifican su complejidad y multiplica su amenaza, recíprocamente, al valor de superarla. La forma de comprenderlo será la de posicionarnos ante una encrucijada. El cambio de dirección comporta otra posibilidad. Como la opción de subir al tren cada vez es más complicada, habrá que cambiar de estrategia: hacer ver al enemigo que se ha cogido el tren para acto seguido, elegir otro medio de transporte en este caso una diligencia. Los héroes han contemplado la posibilidad de subir al tren pero después han optado por otra alternativa.


El segundo momento está ubicado en la misteriosa Shangri-La, donde Susan se confronta con una desilusión: comprobar con desagrado que la comunidad yeti allí acantonada no es lo que parece ser. Frente a una pared de hielo, se reflejan varios rostros multiplicados del personaje, diferentes facetas de futilidad y depresión. Pues bien, por qué pensar en derrota o frustración cuando bien podría ser lo contrario, opciones que se le presentan a Susan. Solamente dejando atrás la incertidumbre, la inseguridad o el miedo a no ser encajado en un grupo (recordemos que pertenece al grupo de los “que son difíciles de combinar”, los misfits) podrá armarse de valor  para afrontar su prueba de fuego en una espectacular “set piece” que tiene como protagonista un puente.


Curioso, porque además de hacernos recordar a la excepcional El hombre que pudo reinar (The Man Who Would  Be King, John Huston, 1975, UK), génesis de esa desestructuración genérica del cine de aventuras hustoniano, es conceptualmente un elemento bisagra en la concepción de un mundo separado, divergencia entre dos lados, dos culturas, salta por los aires como el paradigma. Si la meta de la odisea de Susan era localizar a sus parientes lejanos y resulta que su posicionamiento endémico escenificado en su reina (Emma Thompson) racista es inviable, habrá que abrazar las segundas oportunidades: asociarse con Lionel y continuar viviendo de la manera más digna posible. Frente al espectáculo, la calma. Frente a un posicionamiento, una mirada. Adelina tiene la clave. No se quedará con Lionel y continuará por el mundo zascandileando. Adelina encierra la posibilidad de una esperanza, puede llegar a transformarse en la novia de…, algo por otra parte a lo que el film juega durante su metraje, pero también entraña la posibilidad del desencanto. Y es que el “happy end” va por otros derroteros. Está muy bien representado en una pared con unos cuadros. Al principio, sobre esa pared hay un cuadro de Lionel y otro de Adelina separados; al final de la película seguirán habiendo dos cuadros, uno estará habitado por Adelina y en el interior del otro estarán Lionel y Susan juntos. Puede que no sea un final conformista pero es sumamente revelador: Lionel y Susan, dos personajes de alguna manera perdidos, como se aprecia en las palabras de Gamu al principio, aparecen juntos. La individualidad ha sido vencida, Adelina lo sabe contemplando a sus compañeros con una sonrisa, el paradigma de la aventura ha sido puesto en duda.