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miércoles, 21 de octubre de 2015

HOJA APERGAMINADA (XXIII). CANCIÓN DE FUEGO Y HIELO. JUEGO DE TRONOS. CAPÍTULO 8. POR EL LADO DE LA PUNTA.


Mirar y ver no son misma cosa, chica muerta.
                                                                                                                          Syrio Forel.

Quizás tenga razón el maestro, o quizás esté hablando de algo que tenga que ver con los espejos deformados del Callejón del Gato valleinclaniano, ¿quién sabe? Luces de Bohemia podría ser una perfecta referencia para explicar el sentido de la frase. Una cosa es la persona reflejada en el espejo y otra, su propia reflejo, deformado. Son dos cosas disimiles pero nacen de una misma raíz. Algo parecido pasa en este episodio. Dos momentos de manipulación que parecen mirarse condescendientemente en un espejo para deformar el significado de sus propósitos y embaucar a sus figuras. Uno es el acontecido entre Cersei Lannister y Sansa Stark y el otro, entre Catelyn Stark y su primogénito Robb Stark. Ya hablaremos del primero pero ambos son situaciones ejemplares, donde la inocencia es corrompida de una manera brutal y donde el personaje más veterano intenta aprovecharse del más novato. En el segundo caso, incluso aunque pertenezcan a la misma casa y linaje. ¡Abrid bien los ojos!

CAPÍTULO VIII. (De la página 512 hasta la 610).
El capítulo empieza en movimiento. El plano alzado, desde la techumbre de los aposentos donde se están impartiendo las clases de danza de Syrio, para después bajar sigiloso y convertirse en testigo de los hechos. La novela comienza de igual manera, bueno sin el adjetivo rítmico cinematográfico, con un dilema mientras Arya se defiende de las estocadas de madera de su maestro. La joven se siente traicionada por Syrio ya que la dice que va atacarla por un lado cuando, inmediatamente después lo hace por el contrario. Arya se enfada y el bravoosi responde al enojo con la frase del principio. La joven Stark no lo entenderá pero con el tiempo, esa frase y otras muchas más de su maestro de danza se la incrustarán como parte de su adn, salvándola en más de una ocasión como leeremos más adelante cuando escape por las mazmorras de la Fortaleza Roja.


En el imperio de la imagen todo acontece precipitadamente, el montaje es su digno aliado proporcionando un ritmo extradiégetico a la trama, mientras que las páginas de la novela acogen otro velocidad, una diegética. Construida sobre descripciones precisas y directas acompañadas de diálogos internos que fuerzan la diegésis a un disfrute mucho más apetecible que el observado en la pantalla catódica. Frente a los escasos minutos de la huida de Arya, nos deleitamos entre las páginas de Martin a sus recuerdos. Sus travesuras en Invernalia o las enseñanzas de Syrio, así como aquel momento que se perdió por primera vez, llegando a la sala de los Dragones y escondiéndose en el interior de una de sus cabezas. Todo eso es secundario para el inexorable avance de la imagen, que se va alimentando de un cierto suspense elaborado bajo parámetros diferentes a los literarios. Pero no obstante hay que alabar la coherencia de la serie de televisión y en concreto la de este capítulo y en parte se lo debemos al propio Martin, que es el guionista del mismo también. Ha empezado de una manera como ya hemos descrito y acabará de igual manera. Con otro movimiento, esta vez descendente. El plano va bajándose hasta esconderse detrás del mismo Trono de Hierro, detrás de las innumerables espadas forjadas en su fría estructura. Sansa se somete a una humillación pública con el único objeto de intentar salvar a su padre de una muerte segura. Todo el mundo la mira en la sala del Trono, los nobles la hacen un despreciativo vacío a su paso y ella cabizbaja se aproxima al trono, donde la espera su amado Joffrey. La inocencia acude con paso timorato hacia las fronteras de la maldad. El joven rey parece aislado de la sentida ofrenda de Sansa que incluso se arrodilla ante su efigie.


Cersei Lannister y el resto del Consejo Real la miran alimentándose de su ingenuidad. Estamos siendo testigos de una corrupción que momentos antes había sido cimentada de una manera privada, en los aposentos de la reina y que ahora se hace pública (no nos olvidemos que estamos adentrándonos en el reino de amoralidad, como ya hemos señalado en el capítulo anterior). Sansa desconoce los intereses de sus enemigos, a decir verdad desconoce a sus enemigos, ella sigue enamora de su príncipe azul y lo que no sabe es que su acción llevará a otra que no quiere. Trasladándonos a otro espacio y tiempo, ya lo dice lord Mormont (James Cosmos) a Jon Nieve en un capítulo extraordinario de la novela: “Las cosas que amamos siempre acaban por destruirnos.”
El capítulo titulado Jon (desde la página 532 hasta la 546) son de esos momentos donde el tiempo se detiene y lo disfrutas. Percibes la sensación de un mundo bajo tus dedos, habitado por gente como tú, con sus inseguridades y sus anhelos, sus debilidades,  seres muy humanos en definitiva alejados del paradigma épico al que estamos acostumbrados (léase desde la Odisea de Homero hasta El señor de los Anillos de Tolkien). Oímos, porque cuando uno lee oye susurrar a los personajes, sus lamentos, sus ansias. Cosas imperceptibles en la serie, acostumbrado a otro tipo de momentos, a uno como el del final del capítulo donde asistimos a una pelea entre un zombie y Jon. Con eso se queda la imagen lo demás no importa independientemente de los elementos narrativos que impulsan al héroe a seguir construyéndose delante de los ojos del espectador/lector. Es lógico la imagen requiere de su efecto, y en su caso es la espectacularidad lo que demanda. El sonido y la música lo predisponen magníficamente. El momento del combate es lo único que importa en la televisión, pero qué hay de lo demás. ¿Y el resto? La conversación de Jon con su lord Comandante no tiene desperdicio alguno. Se habla de su familia, de su hijo exiliado, de Los Otros, todo envuelto en un clima tranquilamente crispado por las interrupciones de un cuervo, de la formación de una especie de comunidad fraternal entre el bastardo y sus hermanos de Negro y en la actuación de Sam, protagonista de parte del relato cuando decide dar el primer paso y hablar con Lord Mormont. Puede que el actante no sea tan cobarde como él piensa o como le dice el Viejo Oso: “Puede que seáis cobarde pero no estúpido.”


Sam será el personaje que abra el suspense al momento gracias a sus vivencias con su “adorable” progenitor. A través de su boca seremos participes de su construcción. Otra vez el saber es protagonista del relato, de igual manera que Tyron lo utiliza constantemente (un buen ejemplo es el capítulo 6) ya que no posee otras armas, San utiliza su conocimiento para poder investigar algo más sobre la estructura de suspense que se va a formar con la llegada de los no muertos al Muro. El secreto de un buen relato es su propia administración. Ir dejando espacio para lanzar la cuerda que el lector/espectador pueda alcanzar para poder salir del laberinto narrativo que sea. El suspense se construye con información y el cómo se gestiona es una parte importante  de lo que queremos relatar. Una vez que el lector/espectador coge el hilo de Ariadna es copartícipe de la narración y es muy difícil que lo suelte, sobre todo si tiene a un Minotauro/narración convenciéndoles de no hacerlo.
No sería justo denigrar la portentosa adaptación que está sufriendo la novela rio de George R. R. Martin, sobre todo si como en este caso es él el propio guionista de la misma, para alabar algunos momentos del episodio que no posee la novela. El encuentro de la Septa Mordane (Susan Brown) con un grupo de espadas lannisters con sus filos y puntas ensangrentadas es un bello momento visual, donde el miedo a un destino fatuo se vislumbra en los ojos del personaje. No hace falta ver más, sus ojos desnudos lo dicen todo frente a los escondidos de los Lannister. La valentía se enfrenta a la cobardía. O por ejemplo el mayor desarrollo que ha sufrido un personaje, que en la novela prácticamente no tenía ninguna importancia y que a partir del fenómeno televisivo, el propio Martin ha declarado que ha ido creando y haciéndola evolucionar más. Nos referimos a la mujer salvaje Osha (Natalia Tena).

lunes, 5 de octubre de 2015

CON C...





Al vil asesino celular,
                                                                                     frustrador de adns corrompidos
e insaciable devorador de esperanzas mil.

                           
                                       Omnipotente en la carne, débil en el alma.
                                                 Enemigo mío en mi génesis,
                                         generador de suplicios a tu alrededor.


                         Inmisericorde con la edad o el género, eres un maldito cabrón.

                       
                        Estaré hasta el fin de mis días combatiendo tu miserable estrategia
e insoportable crueldad, con mi creatividad.

No me rendiré, ni tampoco los míos,
                              transformándonos en sacos de boxeo donde puedas golpearnos
 una y otra vez, y una y otra vez, nos voltearemos y te haremos frente.

                   Te conocemos desde el albor de los tiempos y veremos tu final.

miércoles, 16 de septiembre de 2015

PASANDO EL LUDOMINGO CON EL SÍMBOLO ARCANO. CAPÍTULO 7. EXTRAÑAS VISIONES... EN LAS SOMBRAS QUE ACECHAN.


"Podréis acabar con mi cuerpo, quemad mis ropas y despojadme a los rincones más inhóspitos del planeta pero cómo acabar con una idea, cómo olvidarla si ha estado tanto tiempo entre vosotros que su sola desaparición os destruiría. El pensamiento de mi existencia, la eterna idea de la destrucción ha estado en todas vuestras religiones y culturas. ¿Qué es el génesis sin su Apocalipsis? ¿Existiría el Alfa sin su Omega? Por mucho que avancéis, por mucho que descubráis, jamás lograreis erradicar la destrucción en vosotros mismos. ¡Es normal solamente sois humanos!"

Puede que penséis que estamos cada vez más cerca de la victoria (¡poseemos ya 11 símbolos arcanos!), de hecho el derrotar a un sacerdote de Hastur tiene su mérito (ver capítulo 6), pero no hay que subestimar a las fuerzas contra las que nos enfrentamos. Son todopoderosas y sobre todo... sobrenaturales. Bien, dos de nuestros investigadores se han juntado en la Meseta de Leng y después de salir airosos de un enfrentamiento con una araña y un Sumo Sacerdote han descubierto un Templo de Hastur. ¡Cuidado! Porque si bien están juntos no tardaran en separarse y vivir experiencias diferentes y sobrecogedoras.

"Caminaban a la vez, mostrando sus pies una perfecta sincronía. El pequeño pasillo había quedado atrás y ante ellos se mostraba un gran peristilo. Un gran árbol retorcido en sus extremidades y su tronco les daba la bienvenida a los intrusos. Ya era de noche y las llamas de las antorchas diseminadas alrededor del pórtico alumbraban titilantes el perímetro de columnas. Monterey estaba a punto de ir al centro del jardín cuando algo le hizo detenerse bruscamente. Su pie derecho quedó en el aire unos segundos antes de girarse y dirigirse hacia su destino. El arqueólogo vio algo en la pared derecha que le mantuvo hipnotizado hasta que llegó a su destino. Amanda se mantuvo expectante mirando la dirección de su acompañante. Duque, ninguneándolos continuó adentrándose hacia el árbol, olisqueando su perímetro. La joven se acercó  a donde se encontraba Monterey en una especie de trance.
     —Yo ya he estado aquí. —Dijo el arqueólogo asombradísimo.
El arqueólogo se separó del muro mientras Amanda no dejaba de mirarlo.
     —¿Có… cómo lo sabéis?
La estudiante intentaba resolver el enigma de la pared sin encontrar solución alguna, solo un desconcierto progresivo. Ante ella había una representación pictórica. Parecía una especie de reunión, un cónclave de personas ataviadas como las que habían secuestrado a Montery y la pintura describía un lugar, sino el mismo, muy parecido en el que había estado preso. Un pozo en una caverna rodeado de sirvientes del rey Amarillo claudicando y rezando al mismo tiempo. También se podía vislumbrar la llave que abría el portal a otra dimensión y como el rayo de luz del Vigía Azul de la Pirámide impactaba en la bóveda de piedra. Y mientras seguía concentrada en el dibujo, no se percató de una cosa: volvía a estar sola."


Montery Jack será el primero y puede que lo que descubra no le guste mucho. Una buena tirada le ha permitido obtener un preciado Símbolo Arcano y una extraña piedra rosácea. ¡Veámoslo!




"Monterey caminaba por el pórtico izquierdo, adentrándose en una geografía más oscura que la anterior. Tampoco él se dio cuenta de su propia soledad y a cada zancada que daba, iba conquistando un misterioso suelo arenoso. Al principio ni se enteró pero cuando la arena empezó a frenar su caminar miró al suelo y comprobó, sorprendido que ya no había cemento sobre sus pies sino arena. Se detuvo y observó a su alrededor como el pasillo había desaparecido y se encontraba en el centro de un mar de arena. Inesperadamente su mente realizó un viaje a su pasado, aquel donde devoraba  las obras de uno de sus escritores favoritos, Julio Verne y su Viaje al Centro de la Tierra. El Mar de Lindebrock no estaba tan lejano pensó. De pronto, una luz rosada empezó a parpadear en un extremo y el hombre hipnotizado empezó a andar hacia ella. Cada vez se hundía más y más. No había ninguna duda, el Templo tendría muchas trampas y una de ellas sería un pasadizo de arenas movedizas. Como siempre la suerte le acompañaba se dijo irónicamente. La luz se desvaneció repentinamente y empezaron a verse fogonazos de pocos segundos de duración. El último de ellos impactó en el rostro de Monterey causándole un gran miedo en su interior. Ante el hombre de ciencia se empezaron a amontonar Horribles Visiones. Al principio dudó, no parecían reales, sobre todo aquellas que acontecían en su juventud pero a media que fueron apareciendo gente que él conocía y familiares cercanos, empezó a estremecerse. ¿Qué eran esas visiones? ¿De dónde procedían? No podía saberlo porque la angustia lo atoraba de una manera frenética. Aparecieron sus padres muertos en la Frontera Mexicana. También vio a su tío que lo portaba en brazos escapándose de los disparos de los Green go!!! Esa huida tenía un momento sumamente revelador. Un pequeño detalle que fue muy sintomático para él. La manera en que su propia madre lo depositaba en brazos de su cuñado. Su dolorida mano ensangrentada no buscaba consuela en la de su padre sino, sorpresivamente en la del hermano. Fueron varios segundos de contacto capilar piel con piel pero muy significativos. Después antes de morir su madre echo un último vistazo a su cuñado. En esa mirada iba cargada todo el amor y cariño que necesitaría ese niño al crecer sin sus padres. Monterey comprendió, mucho más tarde por mediación de su propio tío, la verdad: que él era su propio padre y que siempre estuvo enamorada de su cuñada, su madre. Algo tan íntimo, tan personal, lo dejaba completamente desnudo ante el universo. Esas visiones le traían recuerdos que le proporcionaban escalofríos. Seguía paralizado cuando regresó la luz rosácea. Miró detenidamente a la fuente luminosa y repentinamente las visiones desaparecieron y frente a él se encontraba un pedestal de piedra. El arqueólogo miró al suelo y comprobó que la arena había desaparecido y, otra vez, sus pies estaban sobre suelo de granito. Imitaba la figura de una especie de animal, un simio de proporciones exageradas con una gran boca abierta de par en par. El simio de piedra parecía tragarse a Monterey a medida que avanzaba hacía la estatua. Del interior de sus fauces había un rubí desprendiendo esa luz rosácea del principio y la que le hizo despertar del sueño o la pesadilla. Algo, algún poder lo incitaba a coger la piedra preciosa pero el hombre se resistía hasta que no pudo más y escondió el rubí en el interior de su bandolera. Cuando lo hizo la boca del simio se cerró bruscamente, asustando al arqueólogo que miraba como había una inscripción sobre las fauces ya selladas. R’lyeh era lo que pudo llegar a leer. Tenía pues entre sus manos el Rubí de R’lyeh."

Amanda busca la verdad. Es lo que ha estado haciendo toda su vida y lo que mejor sabe hacer, sin ningún tipo de duda.  Ahora, cuando cree encontrarla, se asusta y se la quitan las ganas de saber más. Y es que la verdad siempre hace daño y más si vas en su busca. Te libera pero al mismo tiempo te puede atrapar para el resto de tu vida. La estudiante también obtendrá un importante triunfo: dos pistas más y un codiciosa símbolo arcano pero… ¿A qué precio?



"Se despertó de la inopia del dibujo y buscó a su compañero con la mirada, sin tener éxito.
     —¡MONTEREY!
Se dio la vuelta y se adentró en el jardín. Caminó hasta el gran árbol y tampoco vio a Duque.
     —¡Genial!, otra vez sola.
Desde el centro del peristilo pudo comprobar una cosa. El dibujo de la pared no era el único que había. Rodeando el jardín, ocultos detrás del mar de columnas porticadas  se encontraban más. Desde la posición donde se encontraba solo podía percibir la cantidad de representaciones pictóricas pero no las podía contemplar muy bien. Tenía que encontrar un centro perfecto para poder visionarlas todas y ¿cómo poder llegar a hacerlo? Mientras pensaba, su cuerpo empezó un ligero vagabundeo hasta que chocó con el tronco del árbol. Repentinamente le vino la inspiración. Se dio la vuelta y contempló el árbol y su gran dimensión y se le ocurrió algo, a medida que su vista se perdía entre sus copas. ¿Y sí subía a lo más alto de una de ellas? Y sobre todo, ¿qué sentido tenía el verlas todas juntas? Enseguida llegó a una conclusión al mismo tiempo que se encaramaba por el tronco retorcido para alzarse hacia los cielos arbóreos. Puede que sólo un dibujo no la dijese nada pero quizás vistos en conjunto, la explicarían muchas cosas. Era la manera como se hacían en Hollywood las cosas, es decir, las películas. Un fotograma suelto no significaba gran cosa pero una docena podía representar una secuencia. Y mientras llegaba a la cumbre pensaba en lo mucho que la gustaba imaginar y en los dos únicos mecanismos que la proporcionaban ese placer, los libros y el cine, e indudablemente el segundo era mucho más atrayente que el primero. ¿Cómo no lo había pensado antes? Amanda se encumbró en una de las copas del árbol y miró alrededor. La joven empezó a mover su cabeza exageradamente de izquierda a derecha y de arriba abajo intentando buscar el significado pertinente.  Veía los dibujos y algo más. Los marcos que limitaban las representaciones formaban misteriosas letras. Con una disposición diferente cada uno y realizados de manera disímil, podía ver consonantes y vocales rodeándola. Ahí estaban la R, la E, la L, otra E y por último una… H.
     —Re… Releh —leyó con dificultad.
Había oído ese nombre antes y recordó donde. En el Viejo Diario, antes de que el sacerdote de Hastur lo convirtiera en cenizas. Y los recuerdos abrieron Un Terrible Descubrimiento. La raza de los Primigenios reinó hace mucho tiempo en el universo y en este planeta, incluso mucho antes de la aparición del hombre. Eran seres ancestrales y entre ellos combatían para ganar poder. Una vez que el ser humano pisó la faz de la Tierra no vieron mejor títere para poder manipularlo a su antojo. Pero su desenfrenada lucha intestina los destruyó. No se sabe de dónde vinieron pero tampoco cómo desparecieron y el misterio quedó sin resolverse alimentando las mentes del hombre hasta nuestros días. ¿Y sí ese Hastur fuese uno de ellos? ¿Quizás el último? Había algo que se la escapaba. ¿Por qué existía un lugar dentro de los dominios de Hastur donde se citaba el lugar de otro Primigenio? ¿Qué interés tendría para el Rey Amarillo la ciudad de Releh, hogar del poderosísimo Cthulhu? Volvió a mirar todos los cuadros y comprobó que tenían algo en común. En ellos había Cultistas y todos parecían ir en procesión hacia una luz. ¿Qué significaría eso? Regresó a un callejón sin salida pensó. La desilusión regresaba a su interior mientras bajaba parsimoniosamente por el tronco. Cuando su zapato llegó al suelo vio como un desfile de hormigas se perdía por las raíces del árbol y algo volvió a iluminarse en su interior. ¿Y sí lo que querían los Cultistas es llegar a Releh para…? ¿Para qué? De pronto se percató de la existencia del Libro de Dzyan. Quizás el milenario manuscrito podría ayudarla y rápidamente lo cogió del interior de su mochila. La joven apoyó su cuerpo en el tronco del árbol y empezó a hojear el manuscrito. Leyó y leyó sin poder relacionar el tema que estaba buscando: el conflicto entre Primigenios y, más concretamente entre Hastur y Cthulhu. Su dedo tembloroso iba guiando cada párrafo leído hasta que se detuvo en un punto. Había un dibujo. Amanda lo vio detenidamente. Parecía un amuleto construido en hierro. Representaba el rostro de una mujer gritando. Se dio cuenta de ello porque el rostro estaba rodeado de una arremolinada melena pero algo llamó su atención. Se acercó más al dibujo y observó que no era pelo lo que rodeaba el rostro sino serpientes. Parecía encontrarse ante la figura mítica de una Gorgona. Y mientras seguía extrañada continúo leyendo, esta vez en voz alta: Solo el mal podrá ser destruido con el mal."

Jenny posee algo muy valioso, un objeto que la puede consumir en su potencial avaricia. Con ayuda de dicho objeto resolvió la carta de investigación/aventura. El Necronomicón la proporcionó un dado rojo extra más y, conjuntamente con su colección de pistas, pudo superar el reto. Además en su camino consiguió otro Símbolo Arcano. El Rey Amarillo tiene los días contados... ¡o no!



"No, no había perdido la cabeza. Se había pellizcado reiteradamente en su brazo derecho y cada vez la dolía más. Jenny contemplaba con estupor como las estatuas, alimentadas por la niebla rompían su cárcel de cristal y empezaban a desfilar marchando hacia la puerta de salida. Tampoco le resultaba extraño a estas alturas de la noche, después de todo lo que había visto. Curiosamente la niebla desapareció y cuando la última de las estatuas dejó la sala, la mujer bajó por la escalera y decidió marcharse del lugar. Cuál  fue su sorpresa al encontrarse en el interior de una sala repleta de gente mirándola. No había restos de estatuillas, ni de pasillos con niebla. Ahora solo había un gran salón decorado hasta el último rincón con gente muy bien emperifollada. No existía vacío posible todo se encontraba decorado con guirnaldas y una cantidad ingente de valiosísimos cuadros. No cabía ninguna duda se encontraba  en una Fiesta en el gran salón.
     —Gracias, querida. —Le dijo una dama, elegantemente vestida con un traje de noche negro que poseía  gran cantidad de pequeños diamantes explotando por todo su perímetro, al mismo tiempo que le quitaba el Necronomicón de sus manos.
Jenny se sentía totalmente desubicada y desorientada y no pudo reaccionar a tiempo de su hurto.
     —Lo estábamos esperando. —Dijo la dama alejándose con una gran sonrisa.
La mujer se encontraba estupefacta viendo a todos como la saludaban, elevando sus copas y sonriéndola como si hubiese hecho un trabajo impoluto.
     —Gracias al trabajo de nuestra amiga, por fin podremos conseguir nuestro objetivo.
Al grito de la dama se sumaron el de todos los asistentes que empezaron a vociferar. Jenny seguía sin entender nada mientras miraba a todos lados. ¿Había conseguido para este grupo de gente el Necronomicón? Y ¿quién era toda esta gente? ¿Se trataría de alguna secta? ¿Y qué harían con el libro de los muertos?
Un hombre se tropezó con ella e interrumpió sus pensamientos, acercándose efusivamente.
      —¡Bien hecho! ¿Habrá supuesto un reto para vos, me imagino?
      —No, no lo crea. —Regresó a la calma—. Por cierto… ¿Qué estamos celebrando?
      —¡Qué cachonda! —Río el hombre regresando al tumulto del gentío.
¿Qué le había dicho? No entendía absolutamente nada de la situación. Mantuvo la calma y decidió explorar el salón para intentar saber más de lo que estaba sucediendo y, porque no, intentar recuperar lo que era suyo. Los ojos de la diletante no dejaban pasar ningún tipo de detalle; en las cosas pequeñas estaban los secretos de este mundo decía su colega McGlen. Algo detuvo su mirada, helándosela por completo. La gente estaba eufórica y se chocaban entre ellos y en uno de esos golpes inconscientes, un hombre levantó minúsculamente la falda de una mujer. Jenny se quedó alucinada. La pierna de  la mujer era de piedra completamente. Al acercarse al resto de damas con sus vestidos de noche corroboró el origen geológico de sus seres. ¿Eran las estatuas de piedra que había visto en el almacén? Si era cierto, no sabía cómo unas figuras grotescas se habían transformado en moldes humanos. No pudo evitarlo y decidió escapar del lugar. Iba caminando hacia atrás cuando se chocó con un gran espejo. Al darse la vuelta comprobó aterrada que ella también era de piedra. ¿Qué le había pasado a su bello cutis? ¿Su espléndido color cutáneo donde estaba? Jenny empezó a chillar y apagó todo el alboroto de la fiesta. Todo el mundo la miró extrañado.
     —Tranquila, querida. —Intentó consolarla la dama que le sustrajo el Necronomicón—. Ya sé que estas nerviosa por marchar, como el resto de nosotros pero todo a su tiempo.
De pronto se oyó unas campanas y todos explotaron de júbilo, empezando a tirar confeti por todos lados.
     —Lo ves, llegó el momento. ¡Vamos a por el Gorgoneion!"

CONTINUARÁ...

viernes, 11 de septiembre de 2015

DONDE ACABAN LAS CALLES...


                                    ...iremos algún día para volver a contarlo,

                     ...encontraremos aquello que perdimos para después olvidarlo

                     ...y veremos con el corazón lo que no pudimos con nuestros ojos.

                                                         Donde acaban las calles...

                                                  ...se encuentra el paraíso infernal,

                                           ...se establecen los despropósitos de la lógica

                        ...y los designios divinos no son más que caprichos de fe humanos.

                                                              Donde acaban las calles...

                                                        ...la risa reinará por siempre,

                                               ...la nostalgia la perseguirá incómodamente

                                              ...y la incertidumbre será testigo de tal acechanza.

                                                              ¿A dónde te gustaría ir?

                                                        Pues, a donde acaban las calles.

martes, 25 de agosto de 2015

HOJA APERGAMINADA (XXII). CANCIÓN DE FUEGO Y HIELO. JUEGO DE TRONOS. CAPÍTULO 7. GANAS O MUERES.


Debisteis quedaros vos con el reino. […]. Aquella era vuestra ocasión. Solo teníais que subir y sentaros. Qué gran error.”
                                                                                                                Cersei Lannister.

He cometido más errores de los que podéis imaginar, pero eso no fue uno de ellos.”
                                                                                                                 Eddard Stark.

Claro que lo fue, mi señor. Cuando se juega al juego de tronos, solo se puede ganar o morir. No hay puntos intermedios.”
                                                                                                              Cersei Lannister.  

No es el comienzo del capítulo catódico pero casi. Antes se produce una secuencia que anticipa el componente simbólico de ésta. Y es que todo da vueltas alrededor  de un código, el ético donde la enseñanza moral es su máxima clave.  Justamente realizar lo correcto desde la subjetividad del individuo es ni más ni menos lo que George R. R. Martin intenta enmarañar y transformar constantemente con su ficción jugando con las perspectivas lectoras, habitando su cómoda situación de insolente mirón literario acomodado en las características genéricas de la novela decimonónica. La cita orteganiana de “Yo soy yo y mi circunstancia” se nos antoja perfecta para tal explicación. En el universo del escritor no hay buenos ni malos, simplemente seres con sus propios intereses, rigiéndose por códigos ancestrales. Otra cosa es el marco donde se desarrolla la acción que toma prestado el universo medieval y fantástico para poder atraer a mayor público. El diálogo aquí rescatado propone el elemento moral como práctica errónea para ejercer el poder, es más práctico ejercitar la supresión de los valores en detrimento de una aproximación nuclear al dominio de algo y no hay mejor manera de perpetuarlo que a través del linaje que es como, verdaderamente comienza este séptimo episodio.

Capítulo VII. (Desde la página 432 hasta la 511).
La apertura nos presenta por primera vez al cabeza de familia Lannister, Tywin (Charles Dance), señor de Roca Casterley y Guardián del Occidente, ejerciendo de celestino cronológico a su hijo Jaime, haciéndole ver a éste último que lo más importante del poder es su recuerdo instaurado por un linaje perpetuo. Como hemos dicho al principio, la secuencia se tiñe de simbolismo al descubrir al noble despedazando con sus propias manos un venado, imagen del blasón de la casa Baratheon reinante de Westeros. La novela no llega a ese grado de insolencia por ahora, y comienza con los intentos de Jon Nieve por querer proteger a su amigo Sam de un destino incierto en el Castillo Negro del Muro. Esto se verá casi a lo último en la ficción televisiva, cuando ambos se acojan al Negro. Dejando a un lado la esquizoide tarea de buscar los errores de una perfecta adaptación, donde el retruécano y el cambalache se erigen como sus figuras emblemáticas, nos quedaremos con un punto en común entre ambas ficciones. Independientemente de los cambios que se hayan hecho en detrimento de una buena narración, ambas concluyen en un mismo acto: la traición a Eddard Stark. Momento sintomático donde se derrumba parte del elemento moral de uno de sus actantes, su honor. 

           
Las dos ficciones han elegido caminos diferentes y lógicos dentro de sus producciones pero pareciese que se conjugan matemáticamente para crear cierta simbología sobre los actos de sus personajes. Ya hemos citado uno con el venado siendo despedazado y la muerte del rey Robert Baratheon pero lo que acontece en el interior del prostíbulo de Meñique es muy elocuente. Una vez abolido el honor nos queda su transgresión y no existe mejor manera que mostrar su lado más libertino. Nos encontramos ante una secuencia donde el propietario del lupanar enseña a dos meretrices el arte amatorio del sexo. Un tributo al fingimiento estableciéndose bajo los parámetros de la componenda y el interés usufructo. En la novela no hay rastro del momento aunque, bien es cierto, que se habla en otros párrafos de la singularidad de Lord Baelish. Sobretodo cuando éste protege a Lady Stark y cuando Catelyn se encuentra en los dominios de su hermana, sabremos de su atracción hacía ella. Un amor platónico formado en su juventud y cuyo desamor fue vital para su formación mefistofélica adulta. El componente libertino ha desplazado al moral, o mejor dicho, la amoralidad es presentada al mismo tiempo que su ejercicio, aquí comparado con la política. De eso sabe mucho la Reina Cersei como hemos sido testigos. Puede que ya no quede otra cosa más que la sustitución de ciertos valores en el mundo de Fuego y Hielo. Una transgresión en todas sus variantes que transformarán a los protagonistas en supervivientes, donde no existe un término medio también explicado en el diálogo del comienzo.
Antes hablábamos de la traición como el momento donde confluían ambas artes narrativas, pues bien los adaptadores han querido acercarse a la verdad de su sujeto; han querido ser fieles a su trabajo pero se han dado cuenta que eso es una tarea dificilísima, sobre todo cuando tienes tras de sí a millones de lectores de todo el mundo observándote y el presupuesto te exige una elección. O eliges una cosa o la otra pero ambas opciones son imposibles de seguir. Pues eso mismo, o ganas o mueres.

                                                                           

lunes, 3 de agosto de 2015

DÍA DE POST-ESTRENO. TomorroWland. A LA SOMBRA DE W.



EPCOT no fue más que un experimento prototípico de comunidad que estaría en constante proceso para estimular a la industria norteamericana desarrollando nuevas soluciones para las necesidades del futuro.
                                                                                 Walt Disney (1901-1966).

El joven Paul Walker (Thomas Robinson) se presenta en la feria de muestras del Nueva York de 1964 con su prototipo de jetpack. Su orondo rostro exuda ilusión por todos sus poros. Es el retrato de un niño adorable, tenaz y listo rodeado no sólo de miseria social sino familiar, su entorno depresivo no obstante será más acicate que obstáculo para conseguir su sueño. Carga su jetpack como si fuese lo último a lo que agarrarse preparado para enfrentarse a todo menos a una cosa, la desilusión. Es honrado y sabe que su juguete no funciona correctamente pero piensa que puede convertirse en una inspiración para alguien con más potencial. El juez David Nix (Hugh Laurie) rechaza la propuesta al instante pero su joven y extraña acompañante, Athena (Raffey Cassidy) se siente profundamente atraída por el joven y su entusiasmo. Ha nacido la inspiración requerida. El joven que estaba cansado de esperar a que alguien hiciese algo por él, participará en un viaje extraordinario. Brad Bird muestra ese trayecto utilizando el verdadero fuel que empuja a la gente a motivarse, a suscitar la creación por encima de todas las cosas y lo realiza desde el nacimiento de la narratividad, su oralidad. La película se estructura alrededor de un relato oral. Comienza con el rostro de un maduro Paul Walker (George Clooney) dirigiéndose a cámara. Pareciera que se dirige al espectador pero no sabremos nada del enunciatario hasta el final. Pudiera resultar anecdótico el prólogo de la historia pero en verdad es toda una declaración de intenciones empezando por esa feria de muestras que nos introduce en ese pequeño mundo disneyano. Estamos ante un homenaje a la manera con que Walt Disney hacía de anfitrión en su programa, hablando al telespectador sesentero norteamericano de lo que iba a presenciar en su show. El componente oral trasmitido a través del ente catódico como inspiración para incentivar el futuro. Y es que la figura del visionario americano no deja de fluctuar como si fuese ese pin que aparece y desaparece a lo largo del metraje. Tomorrowland, o su idea huxleyniana de construir un mundo mejor, fue durante mucho tiempo su objetivo más ambicioso. El proyecto Florida, comúnmente llamado EPCOT, además de convertirse en el nuevo parque temático, ampliando el mastodóntico Disneyland, se convertía en un nuevo concepto de entretenimiento familiar. Pero los sueños cuestan un precio, su representatividad.
Acompañando a esa representación está la partitura de Michael Giacchino, que vuelve a conseguirlo. En poco más de un minuto es capaz de aglutinar todo un mundo, todo un mensaje. Sus repetitivas notas de piano acompañan a una nimia sinfonía que irrumpe en fanfarria al mismo tiempo que aparece el logotipo del film, el símbolo científico por excelencia, átomos moviéndose alrededor creando oscilantes elipsis entre ellos. La energía no se crea ni se destruye se transforma. La ciencia es la herramienta perfecta para poder realizar los sueños del productor californiano hermanándose no ya en el logotipo del film, sino en un plano donde podemos ver y leer la frase “einsteiniana”: “la imaginación es más importante que el conocimiento.” No es casual encontrárnosla en una ficción tan manipuladora como la cinematográfica. Aparece cuando un grupo de estudiantes en Tomorrowland  terminan sus prácticas de vuelo en unos jetpacks ante la asombrada mirada de la protagonista, Casey Newton (Britt Robertson).


Ha conseguido ver la ciudad del mañana, la sociedad del futuro. A partir de ese momento su objetivo será encontrarla. Pareciera una tarea física pero es algo más intangible. Es una cuestión de tiempo más que de espacio como veremos. La ciencia tenía que aparecer en esta historia donde la heroína se apellida Newton, donde  aparecen ingenieros en futuro paro y donde la única posibilidad es la confianza en uno mismo, no ya solamente en su capacidad sino en su potencial imaginario. La historia empezará a plegarse en diferentes compartimentos estancos para regalarnos otro de los elementos estructurales de la película, su amor por el mecanismo (la narración se transforma en una construcción de causas y efectos más que en progresos sucesivos). Aquí le tenemos que dar las gracias a uno de sus productores y guionistas Damon Lindelof. Creando una pieza que bebe de sus incursiones misteriosas televisivas, véase la serie Perdidos (2004-2010) pero que también copia sin pudor otras ficciones (a mi entender mucho más interesantes como City Of Ember de Gil Kenan). Los personajes tendrán que seguir una serie de pistas para poder llegar a su destino final. Esas claves estarán diseminadas por los lugares más insospechados del mundo como el Paris de la Torre Eiffel “steampunkniana”, volviéndonos a recordar lo que nos ofrecía el mini parque temático del comienzo del film o la casa del huraño científico plagada de rincones secretos, destacando por derecho propio esa lanzadera bañera.


Pero si existe una secuencia que habla por sí sola de las pretensiones de esta ficción es la que acontece en una tienda “freak” donde se van detonando/disparando objetos “starwarsianos” a diestro y siniestro. ¿Otra declaración de principios? ¿Quién puede hacer frente a un mogul hollywoodiense como el universo Lucasiano? Fácil, otro ya que la Disney es ahora su dueña, además del emporio Marvel y por supuesto de la Pixar. Nos acercamos a algo peligrosísimo en el mundo del entretenimiento, su monopolio. Sabemos que hoy en día la empresa del ratón es una de las más importantes del mundo. Ha conseguido alcanzar dos metas capitales. Una convertirse “casi” en la única opción entretenida y dos, lo consiguió estando en vida su creador, universalizar el cine animado. Ambos objetivos suponen un esfuerzo que se refuerza a cada movimiento empresarial y económico que realiza. En alguno sitio oí decir que sin pesadilla no existe la magia, algo que sabía muy bien Disney al crear su emporio y que esta fábula futurista lo representa matemáticamente.
La interrelación es un hecho. El film de Brad Bird no sólo es un homenaje al creador de Burbank sino un acercamiento a su persona, o mejor dicho, a su espíritu potenciando su legado hasta nuestros días. Fabuloso narrador para algunos, creador de imágenes ingenuas para otros, Walt Disney sigue creando entre la crítica y público diversidad de opiniones. Tomorrowland es una loa al soñador (la secuencia final lo confirma con ese “despertar humano”), al creativo incansable que desde siempre ha estado ahí, sin perder la esperanza pasando por las mayores vicisitudes pero luchando contra viento y marea para poder llevar a cabo su proyecto, cualquiera que sea.


Toda la estructura de la película se crea desde esos pilares formativos para ofrecernos un viaje al centro mismo de la maravilla, ofreciéndonos Fantasía, Ciencia-Ficción y retazos de postmodernismo (ahí tenemos la semilla del arquitecto Calatrava y su creación de otra urbe futurista como la Ciudad de las Artes y las Ciencias valenciana). Merece la pena descubrir el significado que encierra su legado, el de uno de los mayores soñadores pero también, el de uno de los más odiados. Pero no nos engañemos, el medio se ha transformado y la imagen actual requiere sus propios embustes para poder ejercer convenientemente su entretenimiento. A veces puedes correr el peligro de combinarlos, cayendo en una mezcla de ridiculez y atrevimiento (el genial Terry Gilliam sabe mucho de esto) como la historia de amor “fou” subrepticia que muestra un ser humano con una animatronic. El amor reside en la capacidad de aleación entre el componente mecánico y el humano, entre el porvenir y su pasado. Esto último, lo hubiese compartido el amigo Walter Elias pero lo otro… tengo mis dudas.


lunes, 4 de mayo de 2015

LOS TRABAJOS PERDIDOS. LA VIDA ES UNA CÁRCEL.


Son aquellos que no se pudieron llevar a cabo por varias razones y que aquí no explicaré sino más bien, publicaré. Son trabajos finalizados que por mala fortuna o por alguna mala persona no han podido ver la luz...¡hasta ahora!
El primero de ellos está englobado en un especial de Stephen King para la revista Scifiworld que no pudo realizarse desconociendo los motivos. Elegí tres películas/adaptaciones del escritor que me descerrajaron la cabeza y después las mandé a la "redacción" de la revista. Creo que fui el primero, también tengo que decir que fui rápido a la hora de elegirlas y que eso llevó a mis compañeros a una cierta envidia sana. En cualquier caso y a día de hoy, ese artículo jamás se publicó.


LA VIDA ES UNA CÁRCEL. La literatura de Stephen King bajo el prisma del cine de Frank Darabont.


 INTRODUCCIÓN.

    “La vida es una cárcel…” escribió uno de los creadores del teatro del absurdo Eugène Ionesco (Slatina, 1912 – París, 1994) en su obra más famosa, El rinoceronte (1959). Citar al escritor de La cantante calva (1950), nos ayudará  a establecer engarces metalingüísticos y cinematográficos, entre el ingente trabajo de Stephen King y el corpus fílmico (hasta ahora) de Frank Darabont, exceptuando su primer acercamiento al literato, The Woman In The Room (1983), en formato cortometraje. Y es que el director californiano siente una verdadera adoración por el escritor de Maine, como si fuese un orfebre que pule su vellocino de oro, intentado instaurarlo en el pabellón de los dioses creativos de su época. En una ocasión el director profetizó que en los años venideros, King sería comparado y posicionado a la misma altura que Charles Dickens (1812 - 1870). Sin llegar a tal aseveración, primero porque no soy amigo de cultos y segundo, porque no soy amigo del escritor, cosa que si lo es Darabont, me atrevería a cotejar su obra, conociendo algo de la misma, con la de Ionesco y la de Samuel Beckett (Dublín, 1906 – París, 1989), el otro padre formativo del teatro del absurdo, para concluir en un símil característico en sus obras, el confinamiento como motor de la diégesis.
Si pudiésemos crear un grupo aislado temático dentro de la vasta literatura de Stephen King, nos asombraríamos de cuantos títulos tendríamos que incluir, ambientados en interiores aprisionando a sus personajes, física y psíquicamente (la casa donde vive Misery, el hotel Overlook o la cúpula que encierra a todo un pueblo,  por citar sólo unos pocos). Esta retahíla de referencias sagradas o apócrifas muestran el camino a seguir apoyándose en la creación de ambientes sofocantes (y una prisión lo es en Cadena perpetua, 1994 o en La milla verde, 1999) y de situaciones carentes de lógica (lo sucedido en el supermercado de La niebla, 2007 lo es también) con el fin de resaltar el extrañamiento y la alienación cargando las tintas con humor y humanidad, pretendiendo poner de manifiesto la futilidad del ser humano en un mundo impredecible, junto con la imposibilidad de su comunicación social. Todos estos elementos conforman una idiosincrasia en torno a la obra de King proponiendo un principio esencial, que es a su vez, la base del teatro del absurdo, el trastornamiento, apoyado en los procedimientos de transposición literal, de la realidad. Darabont adaptará a su mentor/amigo trasponiendo el mismo sistema.


ENTRE EL ESPACIO Y SU HABITANTE. Un desplazamiento a Cadena perpetua y La milla verde.



Puede que Shawshank fuera una de las mejores cosas que pudiera pasarle. Le obligó a adentrarse en zonas de sí mismo como la fuerza o el coraje que nunca hubiera descubierto.
          Morgan Freeman. (Sobre el personaje de Andy en Cadena perpetua).

Aprovechando las palabras del actor, dos elementos imprescindibles salen a relucir. Por un lado el espacio (Shawshank) y por el otro su habitante (Andy).
Conjuguémoslos conceptualmente. Uno, la prisión metaforiza el significado, transformándolo en causa retroactiva formal en su aproximación clásica al género del melodrama o el terror, y el otro, evolucionado en su efecto, que ejerce en aquellos que lo (sobre)viven. La cárcel, no solo como escenario protagónico absoluto, que lo es, sino entendida como entelequia mental que condiciona, aprisiona, independientemente de las causas exteriores que lo llevaron, al ser humano/personaje de la historia/narración, a habitarla. Podemos hablar de un recogimiento obligado, como recurso final judicial en Cadena perpetua de cara a los presos, o una reclusión laboral, como ejercicio representativo de la ley en La milla verde de cara a los funcionarios. Todos los pobladores de estos hábitats son seres reprimidos, ofuscados y, en última estancia, perdidos por sus propios sentimientos que, o bien los devora condenándoles, o bien acaba por liberarlos, redimiéndoles. Todos ellos poseen una característica común, su dependencia de la ley, bien como prisioneros, Andy Dufresne (Tim Robbins) en Cadena perpetua o John Coffey (Michael Clarke Duncan) en La milla verde, nublándoseles la posibilidad de la justicia  en su proceso legislativo que los ha conducido a sus respectivas penitenciarias, o bien como funcionarios, el alcaide de Shawshank, Warden Norton (Bob Gunton), o el jefe de los funcionarios del corredor de la muerte de Cold Mountain, Paul Edgecomb (Tom Hanks). Entre estos dos personajes se establece un curioso juego de espejos, cóncavos de una misma imagen, la representación de la ley, cuyos reflejos morales son dispares. Por un lado tenemos una imagen opaca, el triunfo de la amoralidad en todas sus vertientes desde la mentira a la traición pasando por la hipocresía, y la segunda imagen es diáfana, venciendo el ser moral alimentado por unos principios éticos infranqueables.
Se podría señalar un tercer elemento que se fusiona a los dos mencionados, y que es esencial en gran parte de la ficción de King, y como consecuencia en el desarrollo visual de Darabont, la valía del sino. El destino trabaja como motor aleatorio de la trama, propulsando a sus actantes en sus hábitats hacía dos direcciones posibles:

     -Aproximándose a la salvación en Cadena perpetua.



     Le observé con curiosidad. Dio unos pasos, vio algo en el suelo, se agachó y lo recogió. Era una piedrecita. […] admiré el hecho en sí… y admiré a Andy. Pese a todos los problemas que tenía, seguía adelante con su vida. Hay miles de personas que no lo hacen, o no quieren o no pueden; y además muchas de esas personas no están en la cárcel.
                                                                                                    Stephen King.

Hilario J. Rodríguez escribió en su estudio sobre la película, que más que una adaptación fiel, es una lectura fiel de la historia. Y este encabezado descriptivo literario, podría romper tal rotundidad, ya que corresponde a una secuencia de acercamiento entre los dos personajes principales de la historia, mimética en su aproximación literaria, calcada en su resolución cinematográfica. Sin embargo si cogemos otro texto de la novela, se convierte en toda una declaración de principios: “Cuando llegó a Shawshank en 1948, Andy tenía treinta años. Era un hombrecillo pulcro, bajito, de cabello pajizo y manos diestras.” ¿Limpio? Puede ser, pero ¿bajito? Ya conocemos las medidas del protagonista cinematográfico, Tim Robbins, de igual manera el acercamiento al protagonista literario, Red, encarnado por un afroamericano no da mucho el pego como irlandés. No importa, son sólo minucias de un acercamiento riguroso al cine clásico carcelario, respetando el tema de la novela y transformándolo, para poder extraer su mensaje de la manera más clara posible, no tenemos que olvidar que estamos en un medio de masas, o por lo menos en uno de sus perímetros, el del entretenimiento.
A lo largo de la trama de la película, si somos conocedores del relato corto al cual adapta, Rita Hayworth y la redención de Shawshank,  y podremos ser testigos de esta fidelidad/traición presentándonos las claves de la ascensión de Andy a esa liberación, verdadera génesis de la ficción, tanto literaria como fílmica. La secuencia/texto de intento de violación a Andy Dufresne, que se repite en el relato igual que en el film en varias ocasiones y eludida su reiteración, nos avisa de que algo ha sido trasformado, trastocado para mostrarnos el enigma. En la novela aparece antes, mientras en la película se retrasa: “Entendí perfectamente lo que dijiste antes. Pero creo que tú no me has entendido a mí. Morderé cualquier cosa que me metas en la boca. Puedes meterme esa navaja en los sesos, claro, pero has de saber que una lesión cerebral súbita hace que la víctima orine, defeque… y muerda con todas sus fuerzas, y todo simultáneamente. […] Creo que el impulso reflejo de morder es tan intenso algunas veces que a las víctimas tienen que abrirles las mandíbulas con una palanca.
El poder disuasorio de la dialéctica de la víctima desordena el acto inmoral de los verdugos, perdiendo su interés por el hecho. De igual manera la secuencia de la brea en la azotea de la prisión, la cual aparece mucho después en la forma literaria que en la cinéfila, otorga a Andy casi un papel demiurgo de los acontecimientos, sabedor de un poder que desafía a la institución de la fuerza, aunque está sea legal. Esta operación subversiva del tiempo literario en cinematográfico, además de conformarse en fascinante, nos señala el camino a seguir del director/guionista para desvelarnos el gran secreto de la trama, la prevalencia dialéctica de Andy, su opinión acerca del ejercicio representativo del poder en la cárcel, apoyándose antes en el diálogo que en el puño.


Los fanáticos del escritor norteamericano buscaron algún tipo de reminiscencia con respecto al legado terrorífico del mismo, llegando a la conclusión de que, en este caso, no existía esa conexión con el horror, ni siquiera con su lado más fantástico, que para algunos es el extrarradio del miedo. La incredulidad nunca es paciente. Sigamos buscando en la matriz literaria: “Habrás sacado también la conclusión de que describo a alguien que es más leyenda que persona […] Para los que cumplimos sentencias largas y que convivimos con Andy durante años, hubo un elemento fantástico relacionado con él.” Este primer aviso de la imaginación como generador de invención, por lo tanto, metonimia de la ficción, esto es, de la novela, que relaciona a Andy es la antesala de su fuerza dialéctica en un mundo de fuerza física y es lo que verdaderamente atrae a Red. “Una vez le pregunté que significaban para él aquellos carteles y me dijo que lo mismo que para la mayoría de los presos, libertad. Contemplando a esas mujeres hermosas sientes casi como… no del todo sino casi… como si pudieras dar un paso al frente, atravesar la foto y encontrarte a su lado. Ser libre.
De esta manera Andy Dufresne escinde la realidad que lo circunda a su manera, muchas veces descrita y mostrada, cuando camina aletargado, ensimismado en sus pensamientos, durante el largo suplicio al que es sometido. Porque no hay que olvidar que el único aliado del protagonista es el tiempo y como escribe King, poniéndolo en boca de Red, el paso del mismo es el truco más viejo del mundo y tal vez el único mágico de veras.


     -Retrocediendo hacia la condenación en La milla verde.



     “Una vez más, habíamos triunfado en la destrucción de aquello que no podíamos crear.
                                                                                                      Stephen King.

Toda la obra del escritor de Maine se sujeta sobre un punto de vista lúdico, pero debajo del mismo existe una disección concisa y precisa del ser humano (poblador) y su realidad social y política (población), independientemente del tiempo que vaya a utilizar. A veces el ejercicio crítico resulta periférico, rodeando en la lejanía el tema(s) de la historia a tratar, pero en La milla verde, se hace contextual interrelacionándose con la trama y los personajes. Nada más empezar, saliendo de un fundido del negro, aparece la génesis del relato cinematográfico. Unas imágenes en cámara lenta nos introducen en la fantasmagoría. Unos hombres persiguen algo o a alguien. Subrepticiamente el director confedera la crítica de la novela al comienzo de su relato, aliándola con la forma técnica. Usando el efecto visual del slow motion, niega el tiempo como realidad y lo transporta a una paralela con sus propias leyes y donde sus pobladores son fantasmas, seres que ya están muertos antes de verlos como tales. La cámara lenta hace parecer que los personajes se mueven torpemente y actúan de igual manera, produciéndonos el desconcierto en esa caza del hombre. Y de eso habla la frase titular que abre este artículo, puesta en boca por Paul Edgecomb (Tom Hanks) y ése es el núcleo de la disidencia que trata la historia: la captura y muerte de un ángel, John Coffey (Michael Clarke Duncan), uno que apareció como caído del cielo (como le dice el juez defensor a Tom Hanks), en el lugar equivocado y en el momento más inoportuno. Porque aquí reside la gracia, o deberíamos decir destino, de que el ángel en cuestión es negro, mide más de dos metros y convive en una época dura, los Estados Unidos de la gran depresión (circa 1929-1933).
La película podría ser una dura condena a la pena de muerte, que lo es, pero introduce su escalpelo para operar en la profundidad de un cáncer como es la violencia del ser humano. John Coffey dice que el asesino mató a las niñas con su amor, se apoyó en su sentimiento puro para descargar sobre las inocentes su rabia y perfidia.


El padre de las niñas al verlas ensangrentadas en los brazos de John, lo primero que hace, independientemente de preocuparse por el estado de sus vástagos, es abalanzarse sobre el gigantón negro y golpearle una y otra vez, sediento de venganza. En un mundo (espacio) donde conviven la ira, la comparación que hace el juez defensor de Coffey con su perro, la violencia perpetrada por Wild Bill  o la venganza de los padres de las niñas por ver muerto al negro, no importándoles quien sea el verdadero culpable, hacen que los protagonistas (habitantes) quieran descansar, retirándose; uno cansado de ser testigo de las ejecuciones y otro buscando una condenación buscada y anhelada, fatigado por el mal circundante. El castigo de uno, la inmortalidad testificada, será el alivio del otro, evadirse del cruel mundo que lo caza y masacra por una ideología racista.
De alguna manera, y ya señalado al principio, todos están condenados y todos han muerto, sólo queda el testigo y su ratón y lo único que pueden hacer es otorgar un deseo al culpable, hacerle ver una película. Ese retorno a la fantasmagoría es una vuelta al reino de los muertos, donde Fred Astaire y Ginger Rogers bailan eternamente el Dancing cheek to cheek de Sombrero de copa (1935). Imágenes de celuloide inmortales de serenidad y orden pasadas, que conectan con las desabridas imágenes catódicas de caos presente en esa sala (espacio) donde también los viejos (habitantes) están condenados a su destino. 


RETORNO A LA CAVERNA. Deconstrucción del espacio y de su habitante en La niebla.


 El terror viene del ensanchamiento de las percepciones y las perspectivas. Y mi espanto venía de saber que me estaba deslizando hacia regiones que la mayoría abandonamos cuando sustituimos los pañales por el primer pantalón. Cuando lo racional empieza a resquebrajarse, los circuitos del cerebro humano pueden sufrir una sobrecarga. Las neuronas se recalientan y se consumen de fiebre. Las alucinaciones se tornan reales.
                                                                                                            Stephen King.

Recorrer la escueta, en cantidad que no en calidad, carrera de Darabont testifica el seguimiento de su punto de vista, lógicamente, y de su tratamiento a un tipo de cine, el clásico hollywoodiense. Apoyándonos en la aristotélica estructura dramática tripartita, podríamos establecer un planteamiento inicial ejemplarizado en la aproximación que realiza con sus dos primeras ficciones, un desarrollo, que ahonda y amplifica las características teóricas y prácticas, alrededor de The Majestic (2001), que aunque no haya sido escrita, ni adaptada por él mismo, es un recipiente igual de mimético que las anteriores películas y un desenlace en La niebla (2007) que desconcierta porque vértebra todo lo anteriormente citado, hacia un desmontaje, mostrando las contradicciones y ambigüedades en un giro completamente radical de su filmografía, que en estos momentos sólo podemos constatar que continúa en otra alteridad a la sala oscura, la televisión. Este deshecho analítico transformado en brusquedad narratológica  esta presentada bajo un mismo eje, tanto en su contenido como en su forma, que además continúa enlazándolo con el objeto de veneración a estudiar, esto es, la obra de Stephen King, ya que la perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o daño real/imaginario (citando al diccionario sobre el término miedo), presenta el andamiaje formal de la obra del escritor sobre el que versa  su punto de vista, como bien describe arriba.
De la misma manera que el espectador sentado frente a una pantalla cinematográfica, ejemplifica un periplo solitario a las sombras, desde la luz del proyector a su espalda, el viraje que realiza el director del film a su carrera, es individual y, por lo tanto, responde a una necesidad del mismo. La última historia que nos ha legado, cinematográficamente, Frank Darabont, si bien, físicamente no está ambientada en el interior de una cárcel, repite las constantes genéricas, subvirtiéndolas y abocándolas a un retiro absurdo, como única explicación de unos hechos que no tienen sentido, por lo tanto adquieren un cariz irracional, disparatado y arbitrario a nuestra percepción. (Elementos característicos de las narraciones kingnianas y del gusto del director).


La acción, salvando el principio y final, y alguna que otra expedición al exterior, se desarrolla entre los límites de las cuatro paredes de un gran supermercado, reproducción espacial que ahoga a sus habitantes tanto, o más que el ambiente penitenciario. Realizando un ejercicio regresivo al paralelismo del primer título de este artículo, la interrelación presentada entre la cárcel y la vida, es lógico que empezando por aquellas ficciones  cuyos contextos eran carcelarios, acaben en la calle, en el universo más real posible, nuestra vida. Y el miedo es partícipe y creador de la realidad, invadiéndola descaradamente desde todos sus frentes, posicionando nuestras fobias, manías y taras en pleno proceso social comunicativo. Darabont lo avisa: “La película es un reflejo de lo que siente y piensa el director, y he sentido mucha ira y rabia contra el mundo últimamente. Y lo he canalizado a través de una simple película de monstruos. Estoy expresando mi cabreo e ira de forma pesimista, por primera vez. A veces el ser humano se comporta de forma razonable en las peores situaciones. Cadena perpetua es un buen ejemplo de ello. Es mi optimista punto de vista. La niebla es su contrario. Me parece que nuestra sociedad, este país, en lo que va de siglo, ha hecho un montón de estupideces sin sentido, simplemente porque alguien tenía miedo. Lleva a la gente al miedo, la paranoia y la sinrazón y verás qué pasa.” Y lo vemos en la película. El desasosiego, la amenaza y la duda, explosionan el mismo centro del relato retrayéndolo a los orígenes formativos primitivos del mismo; pretérito donde lo desconocido se filtraba bajo los parámetros del mito, en su Génesis, y de la religión, en su Apocalipsis.


La presencia de la señora Carmody (Marcia Gay Harden) y su Biblia es la conexión icónica con la Antigüedad, donde la religión, nombren la que quieran, era la auténtica controladora y dosificadora del miedo. En un momento de la narración (tanto la literaria como la cinematográfica), el mismo personaje dice que el buen libro llama por sangre y minutos después se desarrollará la secuencia/texto más terrorífico de la trama, la del sacrificio. Es aquí, o hasta ese momento, donde el director usa el espacio/tiempo a su antojo, como si de un cronotopo de Mijaíl Bajtín se tratara, para experimentar, emulando al Proyecto Flecha literario de la propia historia, abriendo puertas a otros mundos e invitando al cine de monstruitos a pasar a la acción, para desplazar el contexto de la ficción. Lo que de verdad nos aterra de la escenificación del ritual sangriento es su evocación de lo remoto, creyéndolo alejadísimo de nuestra inteligencia más contemporánea pero parapetado en la misma, dispuesto a salir en cuanto la turbación se apodere de uno. En el momento que los habitantes de ese supermercado, los más aterrados, actúen, asestando repetidas puñaladas a aquel que creen culpable de los hechos, el marine, y después lo alcen como si de un trozo de carne fuese, dispuestos a lanzarlo a la niebla como si de un tributo se tratase, la historia se detiene vagando en un limbo temporal. Existe un plano cenital, toda una declaración de principios en cuanto a la autoria del punto de vista (¿quién está viendo eso desde las alturas?, ¿es Díos quizás?), donde lo que vemos son gente como nosotros, que visten igual, y comparten los mismos hábitos, pero los actos nos empujan a un tiempo oscuro.
Lo original de la propuesta de Darabont, es que ese retorno a la caverna, que también comparte el texto literario, además de ser una antítesis en el fondo, con respecto a sus primeras películas, lo es en su forma, en su estética. La niebla posee un tratamiento diametralmente opuesto, rompiendo esa quietud conservadora del clasicismo en cuanto a la aproximación al plano. Aquí tiene mucho que ver la presencia del director de fotografía, Ron Schmidt y los operadores de cámara, Billy Gierhart y Richard Cantu, autentico triunvirato creativo televisivo, posicionando su forma de contar el cómo de la historia. Por lo tanto asistimos a un auténtico trasvase formativo de la televisión (hay que recordar que los últimos trabajos del director lo han sido en este medio, The Shield y The Walking Dead), que lo relaciona con un estilo más rápido, inmediato, rozando el documental. La utilización de dos cámaras steadycams para el rodaje proporcionó una libertad creativa para grabar en cualquier momento y cualquier cosa, transformando el carácter circunstancial del punto de vista en uno omnipotente. Y eso se agradece en el estilo de la historia. La analogía estilística y estética nos ha regalado una soberbia adaptación que nos posiciona en el abismo, contemplando su fondo, representado por uno de los finales más desconcertantes que hayamos podido contemplar. La niebla ha ganado, no sólo eliminando el espacio y con ello la conciencia del tiempo, sino ha diluido al individuo, que primero es rodeado por el grupo en el supermercado y después por el ejército en el exterior, abocándolo al anonimato de la pluralidad y a su poder dictatorial. Lo dicho, retornamos a la caverna empujados por el miedo.