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lunes, 21 de octubre de 2013

¿QUÉ ES LA LITERATURA?

Madrid. Seis de la tarde. Una cafetería. Sentado y esperando un café me enfrento a una hoja en blanco, ¡otra más! Hago un ejercicio de remembranza. No tardo mucho, hay poco que recordar y mucho que pensar. El blanco pálido de la DIN-4 me deslumbra y me despista, al mismo tiempo que una pregunta me ataca: ¿qué tal el inglés? Levanto el rostro y miro su procedencia. Una mujer de mediana edad, probablemente de origen sudamericano y nacionalizada española, se queda unos segundos esperando mi respuesta a la vez que me sirve mi cafeína líquida. Comienzo un viaje atrás en el tiempo de un par de nanosegundos. Pienso: ¡yo también fui inmigrante! Estuve casi dos años en Estados Unidos. Tenía que existir una asignatura en los planes de estudio de este país que se llamase INMIGRACIÓN. A más de uno se le quitaba el amodorramiento que tiene. Retorno a la barra y a ese rostro expectante. Le contesto que nada mal. Ella sonríe y termina de ponerme la bebida. Continuo mi combate cotidiano contra el folio. Son las seis y dieciocho y mis clases de inglés comienzan a las seis y media. Reacciono como yo solo sé. Recojo las hojas e intento guardarlas todas juntas en el interior de una carpeta del British Council. No consigo agrupar ni una sola. Después de muchos quiebros consigo retenerlas todas juntas y dar carpetazo a mis útiles. Son las seis y veintiuno e intento conseguir rapidez en mi pago, gracias a la incorporación de una tarjeta de débito que adquiero en el interior de mi bolsillo. Han pasado dos minutos y nadie me atiende. ¡Quiero pagar! Pasa otro minuto más y sigo sin recibir contestación a mi ruego. Alrededor mío revolotean comentarios, promesas incumplidas del tipo: ¡si señor, ahora mismo le cobro! El rechinar de la cafetera parece reírse de uno. Sigo oyendo a mis espaldas el frenético caminar de los camareros que se entremezcla con los gritos de los cocineros ubicando sus comandas y cantándolas. ¡Y yo me tengo que marchar! La ironía me desafía. Un cliente, que ha entrado después que yo, situado a mi derecha ha conseguido no sólo pedir la cuenta sino sacar un billete de cinco euros y pagar. El adversario le dice al camarero que gracias. Exploto a las seis y media. Me levanto tranquilamente y me pongo mi cazadora. Cojo mis cosas y me dispongo a salir de la cafetería parsimoniosamente. Pero por dentro estoy temblando. Camino vacilante. ¡Me voy a ir de un sitio sin pagar! Miro de frente. Me queda escaso metro para agarrar el pomo de la puerta acristalada y abatirla hacia afuera. Parece que me falta el aire pero al abrir la puerta, me entra un soplo de aire fresco, bueno de uno enlatado de ciudad. Mi pie derecho se dispone a rozar el asfalto cuando tres individuos me impiden la salida. Dos hombres vestidos de negro y una mujer con camisa blanca. Ahora sé lo que sentía Brad Davies en el Expreso de Medianoche. Una cosa positiva. Al fin conseguí captar la atención de los camareros y salir del recinto con mi consumición pagada pero a qué precio. Llegar tarde a clase.
No sé responder a la pregunta del título pero yo sigo escribiendo para encontrarla.  

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