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domingo, 18 de noviembre de 2012

SESIÓN CONTINÚA (III). ENTRE LA DISTRACCIÓN Y LA OPINIÓN.



Ocurrió un Viernes, al finalizar las clases de sexto A de la extinta EGB. Nos alejábamos de nuestro centro de pesadilla estudiantil para olvidarlo o quizás para dejar atrás a algún que otro profesor impertinente. Me acuerdo perfectamente. Una vez que te echabas la mochila sobre tu espalda, empezaba a recorrerte una sensación que se extendía por todo tu cuerpo. Era una montaña rusa hormonal. Mis manos agarraban firmemente la barandilla de la escalera con seguridad, para poder saltar los escalones de dos en dos y llegar con celeridad a la salida de mi escuela. En verano salíamos a las cinco y media y algún que otro rayo solar atrevido, nos daba la bienvenida al mundo urbano de la calle. No era el caso en invierno, cuando la más gélida de las oscuridades te golpeaba en el rostro. Pero ése día, lo que me violentó no fue una causa climatológica sino una mano tensada entregándome una hoja fotocopiada. Al principio miré al dueño de ésa hoja con recelo. Él no se quedaba atrás en cuanto a desconfianza, recibiéndome con una sonrisa forzada, pareciendo que no le gustaba mucho lo que estaba haciendo. Mi mosqueo se disipó cuando constaté que algunos compañeros cogían la hojita y mirándola, la sonreían. Así que decidida, mi mano se aventuró extendiéndose hacia la hoja. Al atraparla y girarla para verla me encontré con una cartelera de una película (una de Simbad si recuerdo bien), acompañada de una especie de invitación que me hablaba de que todos los sábados habría en el salón de actos del colegio una proyección en sesión matinal. Esa fue mi primera invitación a compartir una película. Para mí era como entrar en un parque temático de ocio donde diferentes atracciones, secuencias, me iban a divertir y hacerme olvidar el contexto real que me rodeaba. Así que todos los sábados esperaba impaciente la hora y, caso insólito según mi madre, me armaba con una gran sonrisa camino de la escuela. Al llegar, me agarraba a la silla del salón de actos como si estuviera sentado en una de las vagonetas de cualquier atracción, esperando impaciente, que me asustasen, que me divirtiesen o que me emocionasen.

PROGRAMA DOBLE:














Curiosamente, tanto en Jóvenes Ocultos (Joel Schumacher, 1987) como en Bienvenidos a Zombieland (Ruben Fleischer, 2009), aparece un parque de atracciones. Puede parecer que la inclusión de ése escenario se erija como común denominador de ambas ficciones, pero su utilización se realiza de manera desigual, manipulando las herramientas que tienen ambos directores y que disponen ambas producciones, en sus respectivas épocas. No obstante la coincidencia es sintomática. Las dos propuestas eligen como campo de batalla narrativo un parque temático donde la gente va a pasárselo bien y, donde recordemos nació el cine. La primera lo utilizará como encuentro hormonal de los protagonistas, es decir lo arrinconará como espacio accesorio para embellecerlo musicalmente, mientras que la segunda lo utilizará como colofón sarcástico crítico. Mientras el amigo Schumacher crea un andamiaje visual, apoyándose en el video-clip, para elaborar una historia que no es más que una mera sucesión de secuencias transitorias, donde parece ser que lo más importante es la posición del foco que conseguirá el efecto lumínico deseado, típico de la época por otra parte (¡cuanto daño ha hecho o ha ayudado a las mentes dormidas hollywoodiense el video-clip “Thriller” de John Landis), en el caso del amigo Ruben, la cosa cambia. Si bien es cierto que Bienvenidos a Zombieland también utiliza un catálogo de canciones, su disposición estructural y el sentido de comparsa de las mismas, las avoca a un segundo plano. En Jóvenes Ocultos podemos oír y ver la canción entera pero en Zombieland, se interrumpe o entra en un ligero fundido sonoro. La crítica no necesita lo accesorio mientras que la distracción si.


Partimos de la base de que ambas son producciones hollywoodienses visionarias. Sino que se lo digan a films como Entrevista con el Vampiro (Neil Jordan, 1994), la serie de televisión Buffy (Joss Whedon, 1997-2003) o sin ir tan lejos la saga Crepúsculo (Catherine Hardwicke, 2008) por un lado, y por el otro, sin dejar la onda catódica, la serie The Walking Dead (Frank Darabont, 2010) o la próxima World War Z (Marc Foster, 2013). Las dos han dejado un reguero creativo que ha ido alimentando la ficción norteamericana y la del mundo entero desde entonces. Pero son dos puntos de vista antitéticos y sus varias prolongaciones dan muestra de ello. Los ejemplos revelados anteriormente no tienen nada que ver los unos con los otros. Bienvenidos a Zombieland propone un análisis más profundo, preguntándose constantemente, ya no solo qué es su país (Estados Unidos), sino que es lo que divierte a sus habitantes (norteamericanos) y sus formas de representación, donde el cine y sus iconos ocupa un puesto privilegiado. La secuencia de la invasión a la mansión de Bill Murray es paradigmática al respecto. El cuarteto de protagonistas llega a la casa del famoso actor y se dedican a homenajearlo, Tallahassee es un fan incondicional del mismo mientras que Columbus y Little Rock miran Los Cazafantasmas (Ivan Reitman, 1984). El ejercicio metacinematográfico muestra un momento desolador (el intento de recrear una secuencia de la famosa película) y es que la ficción norteamericana ha llegado a un callejón sin salida donde se retroalimenta de éxitos pasados para sobrevivir. La muerte estúpida del propio actor catapultará la crítica al parque temático, lugar de recreo visual y donde el film roza su concomitancia con el de Jóvenes Ocultos. Al final en ambos se desarrolla una batalla campal. En la revisión vampírica se creará una traca final donde la hemoglobina será la protagonista, mientras que en la otra, será la carne. Los vampiros asedian la casa de Michael, mientras éste se parapeta en sus diferentes espacios, acompañado por su novia y su hermano, junto a dos pequeños “chucknorris”, que lo ayudarán en su lucha. La confrontación en Zombieland es una matanza cachonda, donde las diferentes atracciones se volverán aliados escenarios para combatir a los zombies. Puede que al final ambas se vean como dos productos pirotécnicos industriales, una más que otra, pero no tenemos que descartar la posibilidad de encontrar aquel elemento que nos haga mirar la ficción con otros ojos, con otras posibilidades, haciéndonos discernir entre el pasatiempo o la crítica, entre el movimiento o la calma, desentrañar el Santuario. Y Zombieland lo tiene.



Antes de que Columbus, Tallahassee, Whichita y Little Rock se encaminen al parque de atracciones, existe una secuencia terriblemente desmitificadora y, a la vez fundacional. Los protagonistas se paran en una tienda de objetos pertenecientes a las culturas indígenas del país, no una tienda de Nike o un restaurante de Foster Hollywood, y lo que hacen es destruirla por el mero goce de hacerlo. La espectacularidad los sigue. La imagen acompaña al espectáculo empezando a ralentizarse a cada destrozo, montándose plano contra plano al mismo tiempo que una rotura con otra. Los únicos supervivientes que vemos en la película se dedican a destruir sus propias raíces, de alguna manera están siguiendo el patrón mimético zombie, pero haciéndolo peor, porque son conscientes de ello. El mundo esta siendo destruido por los ejércitos zombies que pululan por las calles, como deja constancia el principio de la película, pero son trozos de carne moviéndose, y en algunos casos, corriendo, que solamente los mueve un impulso, el de alimentarse. Los protagonistas se divierten destruyendo lo poco que queda en pie de su cultura. La secuencia dice mucho con muy poco. No hay presencia de sangre ni de efectos sanguinolentos, pero aún así da una sensación de violencia, de daño (más bien de hacerlo) y es que la destrucción siempre ha sido más fácil que la creación. ¿Qué tiene esa secuencia que me hace replantearme toda la película a partir de ese momento? Crítica pura y dura hacía unos descerebrados protagonistas, conscientes de que lo son. En Jóvenes Ocultos son héroes y villanos y algún que otro bufón, preparados para la diversión pero en Zombieland, son los únicos supervivientes del mundo, conscientes de que romper las reglas y tabúes sociales ya no serán un impedimento para seguir demoliendo, empezando por desatarse de sus lazos culturas ancestrales, ¿con que único fin?, quizás el de empezar de cero. Aquí subyace la opinión.


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