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martes, 3 de febrero de 2015

HOJA APERGAMINADA (XX). CANCIÓN DE HIELO Y FUEGO. JUEGO DE TRONOS. CAPÍTULO 5. EL LOBO Y EL LEÓN.


Te lo juro, jamás estuve tan vivo como cuando peleaba por este trono, ni tan muerto como ahora que lo tengo.
                                                                                                        Robert Baratheon.



Si bien es cierto que es el episodio que mejor adapta la novela de Martin hasta el momento, existen fallas narrativas en su descripción, que nos muestran las pequeñas diferencias. No cabe duda que respeta religiosamente cada capítulo dentro del libro y aquellos que no aparecen sobre el papel tampoco lo hacen en su versión catódica. Así que una advertencia, no sabremos nada de Dany ni de Snow por ahora. Estas diferencias estriban más en la forma que en el contenido, produciéndose vaivenes estéticos entre la literatura y la imagen visual. No es lo mismo aquello que imaginamos leyendo que lo que vemos en imágenes digitales. Lo primero es creado y lo segundo es producido. El proceso formativo de la lectura opera al mismo tiempo que su descubrimiento (lees luego imaginas por lo tanto ves) mientras que la opción visual, ya está construida, solamente tienes que contemplarla. Estas desigualdades, que pueden resultar insustanciales para algunos, resultan tornarse nucleares para los amantes del detalle, cosa de la que hace gala el escritor y repudian los productores. Todo desde la lógica aplastante del canon de la adaptación, cualquiera que sea, donde, y no hay que olvidar su condición industrial, el presupuesto posiciona a la creatividad.

CAPÍTULO V. (Desde la página 299 hasta la 375).
Para el que suscribe existe en esta parte de la novela un momento descriptivo que la enriquece, burdamente eludido en la serie y otro, magistralmente realizado pero desestimado en el libro. Empecemos por el final. Es un momento icónico crucial para la serie televisiva, que más tarde enlazará con la presentación del icono mismo: el dragón. Es aquel momento en el que Arya Stark alimentando su vena curiosa, se aventura por las mazmorras del castillo acabando en el interior de las fauces de la bestia mitológica.


La literalidad visual asume su protagonismo. La joven presintiendo una futura  riña por su indisciplinado comportamiento, se parapeta en el interior de una calavera de dragón al oír unas voces aproximándose. En la novela se describe la osamenta pero ni siquiera se menciona su origen, quizás porque no hace falta ya que unas hojas atrás se mencionaba la historia de los anteriores regentes Targaryen de Desembarco del Rey y de los trofeos de dragones que poseían.

"Poco a poco, los objetos que la rodeaban empezaron a tomar forma. Enormes ojos vacíos la miraban hambrientos desde la penumbra, y entrevió las sombras puntiagudas de unos dientes enormes. [...]. Arya se puso en pie y avanzó con cautela. Las cabezas la rodeaban por doquier. Tocó una con curiosidad, y se preguntó si sería auténtica. Rozó una mandíbula gigantesca con los dedos [...]. Arya sentía como si los ojos vacíos la observaran en la penumbra [...]. Se apartó del cráneo y chocó de espaldas contra otro, aún más grande. Durante un momento fue como si los dientes se le clavaran en el hombro, como si intentara arrancarle un bocado de carne. Arya giró en redondo [...]. Otra calavera apareció ante ella; era el monstruo más grande de todos [...]. Saltó una barrera de dientes negros altos como espadas, pasó como una centella entre mandíbulas hambrientas y se lanzó contra la puerta."

En la novela vemos que se potencia el suspense creando la ambientación pertinente, pero pareciese que es ninguneado por su autor, desplazándolo como si fuese uno más de los muchos momentos de su novela mientras que en la serie se le da un protagonismo exultante. Lo que de verdad interesa a Martin es lo que acontecerá más adelante con la conversación de los dos dos extraños caminando por la mazmorra. Para él, el nacimiento conspirativo es capital en su historia, dirigiéndola por este entramado lúdico de poderes y ambición que es Canción de Hielo y Fuego. En cambio para los creadores catódicos, es un momento oportuno para volver a presentar el componente fantástico de la historia, que se estaba diluyendo desde aquel lejano prólogo con la presentación de los Caminantes Blancos, y que será protagonista en un futuro con la presencia digital de los dragones. La importación estratégica de los showrunners de la serie no es para nada gratuita. Nos encontramos en el ecuador de la serie y nos están diciendo que la trama puede pivotar a un lado u a otro (combinando diferentes géneros) pero que el fantástico predominará en la misma, no ya solo en su génesis:


Sino en su nudo:




Y como veremos en su final:



De ahí la importancia vectorial de David Benioff y D. B. Weiss. Saben lo que quieren, y lo más importante, saben cómo hacerlo, es decir, cómo contarlo.

El otro momento es el de su sustracción descarada por parte la serie, sustituido por una imagen. Un plano general donde se puede contemplar, al fondo la fortaleza del Nido de Águilas y donde el ascenso por parte de Catalyn y Mya Piedra desaparece en favor del ritmo televisivo. La descripción literaria (motor de la misma) se evapora en la imagen desacelerada.


La odisea de las dos mujeres en un mundo gobernado por hombres se convierte en un desafío para ambas, sobre todo psíquico (la inclusión de la bastardía representada por Mya recuerda a la señora Stark que ella también tiene otro bastardo cerca, John Snow y que su sola presencia la recuerda su debilidad frente a su marido) y físico (casi a punto de perder la vida en el ascenso) para Catalyn. Es un momento donde la descripción es la pura táctica del escritor para mantener en perpetuo suspense al lector. A medida que los personajes vayan pasando por diferentes estados emocionales y físicos, representados en los diferentes pasos geográficos de la impotente torre, comprobaremos su enseñanza. Catalyn lo sabe, gracias al comportamiento ejemplar de la acompañante bastarda podrá ver otro día, podrá ser testigo del castigo a un Lannister (Tyrion) por lo que hizo a su hijo (Bran), y en definitiva, puede que perdonar al bastardo que convive con ella. Todo eso se esfuma en el momento en que vemos a los caballeros del Valle acompañar a Lady Stark con su potencial prisionero. Puede que sea cinematográficamente bello pero está vacío. Ironías del destino, más tarde finiquitando el capítulo, el momento del ataque a Ned en las calles de Desembarco del Rey es mucho más poderoso cinematográficamente hablando en la novela que en la serie. La tensión germinará apoyándose en la creación de un ambiente (la lluvia, la oscuridad de la noche, el tratamiento de la luz o más bien de su ausencia) frente a la intromisión de sus personajes, dirigiéndose de un Burdel al Palacio. Un movimiento descrito en la hoja frente al estatismo de cómo la serie recrea el suceso. Los personajes se quedan acorralados en la entrada del burdel y a plena luz del día (no existe el movimiento y la presencia de la luz lo inunda todo). Llegados a este momento es como si la novela se transformase en película y ésta en literatura. Ya solo queda el páramo de la incertidumbre, nos encontramos en las manos de Martin.


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