Lo primero, una agradable sorpresa. Quien me lo iba a decir, hadas, hombres lobo, monstruos y humanos enredados en un Londres victoriano vertiente steampunk. No sé si lo creadores de Carnival Row (2019) son conscientes de esta sección en este blog, seguramente que no, pero las ideas están por ahí pululando en nuestros subconscientes y se van comunicando mágicamente a través del mismo. El hallazgo del show de
Travis Beacham y
René Echevarría ha sido toda una delicia que espero alumbre, más pronto que tarde, algún momento de la
Percepción Catódica que tengo, todo hay que decirlo, un poco abandonada. Bien dicho esto regresemos a otro Londres, al de
Rise of Moloch.
No empezaré diciendo lo mucho que hace que no prosigo con el taller, así que guardaré mi pañuelo de los mocos para otro momento, y simplemente comenzaré porque vienen curvas. De todas formas
aquí os paso el capítulo anterior para los despistados, que me imagino que seréis muchos y de los cuales no tenéis culpa alguna de tal condición.
Bueno las cosas como siempre no pintan muy bien para el Club Unicornio o mejor dicho, para algunos de sus integrantes. Empezamos la segunda parte de la partida dejándola "in crescendo" para nuestros protagonistas. Una cosa positiva, ¡la única quizá!, fue la sorpresa de la incorporación de Emma Swanson. Aun así y además de estar rodeados de guardias de la Necrópolis y sus salvajes babuinos, en el exterior nuestra ficha de salida del juego no presentaba mucha distensión lúdicas que digamos.
Además de estar rodeada de zombies la única salida en el muelle, uno por cierto lluvioso (¡qué maravilla de diseño y de dibujo de las losetas!) teníamos otros problemillas añadidos.
Y es que el relato se detuvo justamente con la incorporación de la bestia canópica.
Y aunque la cosa parecía perdida, nunca deis por perdido al Club Unicornio, amigos.
Gracias a Drago conseguimos la loseta de Moloch, así que seguimos empatados contra el Culto pero antes de adentrarnos en el cuarto capítulo, preparaos para saber lo que de verdad aconteció. ¡Se vuelve a abrir el telón!
SEGUNDA PARTE.
Sir
Cavendish se mantuvo agachado mirando las posibilidades que tenía. Sin sus
guantes se encontraba desnudo en el combate y sin sus gafas, totalmente
desorientado. Las opciones de éxito decrecían por segundos. Siguió encogido
pero su espalda tocó una superficie fría. Se dio la vuelta y no vio nada.
Estaba seguro de que su cuerpo se había golpeado con algo. Miró a su alrededor
pero no pudo ver nada, sin embargo creyó oír un siseo. Inesperadamente se encontró
con el filo de una cimitarra rozándole su garganta. El mekamancer se quedó
petrificado observando como el pico sobresaliente de una máscara de ibis lo
estaba vigilando.
—¡Queréis matarlo de una vez! —Sonó una voz
chirriantemente áspera.
El guardián de la Necrópolis dudo un segundo, lo
suficiente para que un mekamancer de su majestad actuase. Sir Cavendish siempre
había sido un hombre práctico. Cuando su pie izquierdo se arrastró un
centímetro del suelo, comprobó con una sonrisa que su extremidad no retrocedió
sino más bien resbaló y dedicó un ligero movimiento para ver que había arena
sobre la superficie del templo. La suficiente para coger un puñado y tirárselo
a la máscara del guardián. Éste se echó hacia atrás y bajando su cimitarra unos
centímetros de su cintura, cometió el peor de sus errores. El codo flexionado
del mekamancer chocó contra las costillas del guardián haciendo que perdiese su
valiosa espada en la mano derecha de Walther. El mekamancer tardó un segundo en
asestar un mortal tajo al adversario en la parte derecha de su cuello. Un
chorro de sangre pastosa brotó de la zona dañada empezando a salpicarlo. El
guardián se arrodilló y el mekamancer lo remató.
—¡Lo
sabía!
—Un
viejo truco de mekamancers, sin duda alguna.
—O
una debilidad en tus hombres, lord Crowley.
La arenisca no dejaba de caer, inundando el suelo de
la sala sin darse cuenta los protagonistas del combate. Tampoco se dieron
cuenta de la extraña construcción situada sobre una de las paredes, encima del
patio peristilado del templo. Parecía una especie de palco con una barandilla
dorada alrededor del mismo. En su interior había dos sillas de madera con los
refuerzos de terciopelos rojos y acolchados en sus bases. Lady Usher se encontraba
oteando el interior de la estancia con unos prismáticos. Junto a ella se
encontraba lord Crowley y detrás de ambos una pared con una cortina blanca,
ondulándose nerviosamente, con el signo del Faraón Negro: una cabeza de carnero
sobre un mar de arena.
—¡La verdad es que ya no son lo que eran, milady!
—Ahora solo vivís de excusas, milord.
—Para nada, querida… ¡Al infierno con
ellos!
—Bien como podéis ver, sir Cavendish está
descontrolado, —asintió la anciana.
—Quien me preocupa es otra.
—¿Quién? —Regresó a sus prismáticos—. ¿Lady
Sutherland, tal vez?
—No, ¡Emma Swanson!
—Bueno, con tal de que pase la tarde.
Los disparos provenientes de la pistola simbiótica
de Emma seguían a uno de los babuinos asustándole a cada encuentro. Las paredes
de piedra iban soportando los impactos y dejando su huella, creándose agujeros
por todas partes. El último se detuvo en una puerta. La cabeza de la diletante
se elevó tímidamente y decidió adentrarse detrás de la misma. Emma entró en un
almacén donde estaba rodeada de cajas y bolsas. Su bota derecha tropezó con
algo, bajó su mirada y comprobó que eran las gafas del mekamancer. Había
encontrado las cosas de sus compañeros. Lo que no vio fue la sombra en el
techo. Una que siseaba peligrosamente sobre su cabeza. Cayó cobardemente sobre la
mujer y le propinó un puñetazo en su cabeza.
—Sólo
sabes pegar a las mujeres por la espalda. —Se levantó malherida y con su melena
suelta.
—Ssolamente
a las que se dejan.
—¡Vaya! Me ha tocado al gracioso de la
noche. —Su rostro se asqueó al ver a su agresor—. O lo que seáis.
El primer disparo rozó el rostro de Jaybee pero el
mayordomo reaccionó rápido, saltando a cuatro patas sobre la mujer. Una de las
zarpas de la bestia impactó en el brazo de la pistola simbiótica y del golpe,
el artefacto salió disparado contra la pared del almacén.
—Ahora ya no ssois tan cómica, ¿verdad?
Empezó a reírse y una tira de babas cayó en la mejilla
de la diletante. Sus mandíbulas empezaban a abrirse y su lengua troceada salió
como un resorte hacia la boca de Emma. De repente, el cuerpo de Walther
apareció siendo empujado bruscamente por uno de los guardianes de la Necrópolis.
Sir Cavendish cayó al suelo perdiendo su cimitarra. Al arrastrarse para poder
amagar el próximo golpe de su adversario, chocó con unos bultos y vio sus
guantes y gafas. Su atacante alzó su espada tardando demasiado en hacerlo. El
mekamancer volvió a aprovechar su valioso tiempo y escurriéndose velozmente
hacia sus objetos, amagó el mandoble de la cimitarra. Jaybee se quedó unos segundos
mirando el combate.
—Espero que tengáis. —Sonó críptica la
mujer a los oídos de Jaybee.
—¿El qué?
Ante la desorientación de la bestia, Emma le propinó
un puñetazo en sus partes bajas y el mayordomo se inclinó violentamente sobre
la zona dañada, dándole tiempo a la mujer a incorporarse y coger su pistola
simbiótica.
—Hombre o bestia, no falla.
Sir Cavendish realizó el último de sus saltos y
poniéndose las gafas y los guantes solamente tuvo que apuntar a su atacante. Un
rayo de luz atravesó al guardián.
—¿Queréis dejar de jugar, por favor? —Mandó
la diletante.
—¡Llevad a Caliburnus a su dueña yo me
ocupo… ¡de eso! —Sonó despectivo, el mekamancer, refiriéndose a Jaybee.
—Sois más guapo con esas gafas, lo sabéis
¿no? —Asintió la mujer pasando por delante del mekamacer y robándole una
sonrisa.
No se sabe si el rostro de Sir Cavendish era el que
sonreía o si eran sus gafas, en cualquier caso Jaybee aprovechó la coyuntura
para esconderse en las sombras del almacén mientras los guantes de tesla lo rastreaban. El mayordomo lo veía todo desde
cierta distancia, la que le proporcionaba reptar por el techo de la habitación.
Lo que no se esperaba es que parte de su atrezzo lo iba a delatar. Su gorro de
copa agujereado cayó a los pies de Walther. Éste levantó la mirada con una
sonrisa. Jaybee intentó maldecir pero no tuvo tiempo. Su cuerpo fue traspasado
por dos puntos lumínicos. La bestia cayó solemnemente al suelo. Aún muerta,
seguía componiendo una macabra sonrisa desdentada.
—Me estoy replanteando, muy seriamente,
bajar abajo a poner orden, lord Crowley.
—¡Ese mayordomo tenía los días contados,
milady! Dejad que baje yo.
—¿Cómo te lo digo, querido? O bajo contigo
o tendré que pedir más refuerzos al Culto.
Lord Crowley asintió enrabietado y deslizó su mano
derecha sobre la de lady Usher para invitarla a dejar el palco.
Abigail seguía petrificada delante de la bestia que
seguía manteniendo sus fauces abiertas y mirándola sin contemplaciones. Pero
hubo algo que llamó su atención. La bestia canópica parecía que no la miraba a
ella sino al fragmento de estela de Moloch. La joven intentó comprobar su
teoría, alzando el objeto hacia arriba. Efectivamente los ojos de la bestia
concentrados lo seguían sin miramientos. Abigail siguió moviendo el fragmento
de izquierda a derecha comprobando que la cabeza de la bestia lo seguía como si
se tratase de una bola de cricket. Emma apareció por la puerta desvencijada esquivando el ataque de uno de los últimos
babuinos que quedaban en pie.
—¿Se puede saber qué hacéis?
—¡Amigos!
—Siempre has tenido mal gusto para eso.
¡Toma!
Enma lanzó un objeto a la arcanista y ésta enseguida
lo atrapó sabiendo perfectamente lo que tenía en sus manos.
—¡Por fin!
Abigail detonó el mecanismo que hizo que un
resplandeciente halo de luz plateada saliese de una espada. Al fin tenía bajo
su poder a Caliburnus. La bestia
molestada por el potente foco de luz, perdió el poder hipnótico del
fragmento de Moloch y empezó a arremeter contra las dos mujeres.
—¡CUIDADO!
Ante la embestida de la bestia, las dos se apartaron
una a cada lado. La bestia atravesó la pared de la estancia, apareciendo en la
sala de las columnas donde en ese justo momento apareció lord Crowley
acompañado de lady Usher y una bandada de zombies harapientos.
—¡Señorita Sutherland, si fuese tan amable
de devolvernos ese fragmento! —Mostró cierto interés lord Crowley.
—¿Fragmento? —La arcanista torpemente
guardo la loseta delante de todos—. ¿Qué fragmento?
Emma no tardó mucho en volver a parecer, disparando
a todos lados con la pistola simbiótica. Uno de los haces de luz iba
directamente hacia lady Usher pero lord Crowley se puso en mitad de su camino
y, con simplemente abrir su paraguas, detuvo el impacto.
—¿A
qué estáis esperando, querida? —Apresuró la diletante a su compañera sin dejar
de disparar.
Abigail empezó a correr por su derecha seguida de la
bestia canópica, que desperezándose de algunos restos de pared, empezó a seguirla.
A cada paso dado se encontraba con un zombie, el cual era amagado por la
arcanista y seguidamente despanzurrado por la bestia. Al pasar por una de las
columnas, su gran cola la golpeó bruscamente y la rajó, haciéndola caer en mil
pedazos. El techo empezaba a temblar peligrosamente.
—¿Aún
creéis que ha sido buena idea bajar, milady?
—No
hay nada como oler el aroma del peligro, milord.
En la esquina de enfrente Drago seguía luchando con
el último guardián de la Necrópolis y su babuino. Los peludos brazos no dejaban
de moverse, esquivando la cimitarra del guardián y los colmillos del babuino.
—Bueno, ya está bien de juegos.
Drago se detuvo inmediatamente, parecía que la
opción lúdica había llegado a su fin. Espero que voltease en la columna y cogió
por sorpresa al babuino. Éste empezó a chillar cuando era cogido por su rabo y
empezar a ser zarandeado inmisericordemente. El hombre lobo convirtió al simio
en su arma frente al ataque de la cimitarra. El babuino duró poco ante el filo
del arma pero eso no bastó para que Drago le propinase un fuerte golpe en su
máscara, rompiéndole la nariz y haciéndole caer al suelo. Estaba a punto de
rematar al guardián pero vio que Abigail estaba siendo perseguida por una
monstruosidad. Drago tiró lo que quedaba de babuino al otro lado y se marchó
hacia su compañera. En el momento que apareció, a lady Usher se le dibujó una
sonrisa fosilizada.
—¡No
me lo puedo creer!
—¿Qué
es lo que os perturba, milady? —Siguió guardando las espaldas de los ataques de
la diletante, abriendo y cerrando su paraguas ante la total tranquilidad de la
anciana.
—¡Mirad! ¡Allí!
Lord Crowley esforzó sus ojos por ver algo entre
tanto caos. Apareció lady Sutherland siendo perseguida por la Bestia canópica,
y muy de cerca a Drago.
—¿La
bestia canópica?
—¡Qué
maravilla! —Parecía embelesada.
—Bueno ya sabéis que como no pudimos encontrar el sarcófago de nuestro querido Imhotep II,
encontramos unos vasos canópicos que, de alguna manera, sirvieron para crear a
la bestia, de ahí lo de su nombre…
—¡Qué
bestia canópica ni nada! —Interrumpió molesta lady Usher—. Me refiero al hombre
lobo.
—¿Qué tiene?
—Que es de Valaquia, donde murió mi padre
contrayendo esa terrible enfermedad incurable que después me comió por dentro.
Abigail ya mostraba un cierto cansancio, incluso
levitando, así que aminoró su carrera drásticamente. Detrás de su cuello podía sentir la respiración acelerada de la bestia dándole caza.
—¿Puedo participar?
La arcanista miró a su derecha y comprobó con agrado
que Drago la estaba esperando. No lo pensó mucho, sobre todo teniendo el
aliento de la bestia invadiendo su cogote. Las fauces estaban a punto de cerrarse
en la cabeza de Abigail cuando ésta lanzó el fragmento al aire para que lo
cogiese Drago. La bestia reculó y empezó a correr en dirección al hombre lobo.
Cuando cayó el fragmento de Moloch en las garras de Drago no supo qué hacer con
él, pero cuando vio la presencia de la Bestia, instintivamente lo supo. El
hombre lobo se puso a cuatro patas y empezó a correr hasta el fondo de un
pasillo.
Lady Usher lo contempló todo, absorta en la
persecución y adentrándose mágicamente en el pasillo. Drago llegó a una pared
que le impedía el paso y frustrado se giró para hacer frente a la bestia pero a
quien se encontró fue a lady Usher junto a un gran caimán, bastante manso.
—Vaya, vaya, hacía mucho que no veía a gente como tú y no me traéis muy
buenos recuerdos.
—¿Cómo
yo?
—Si,
como un valaqués.
—¿Conocéis Valaquia?
—No
personalmente, —su huesuda mano acariciaba el pecho de la bestia atontándola—.
Pero conozco a alguien que fue de viaje a ese pútrido país y contrajo una
maldición que hundió a toda una dinastía.
—¿Tiempo
para la nostalgia, señora?
—Siempre es bueno recordar el pasado, sobre todo si pertenece a tu
familia.
A cada palabra lanzada, ambas partes se movilizaban
sutilmente. Mientras lady Usher y su bestia iban acompasadas hacia Drago, el
hombre lobo retrocedía hasta que su espalda desnuda golpeó una pared.
—Mi
padre fue un gran político que solamente cometió un error en su vida.
—¡Qué
vida más aburrida!
—Realizar un maldito viaje diplomático a tu país.
Drago no dejaba de mirar a la anciana acercarse pero
con quien estaba completamente concentrado era con la mole del caimán
aproximándose.
—Nunca supimos qué le pasó allí pero siempre pensé que un bicho como tú
lo podría haber mordido.
—Créame, las consecuencias serían otras o piensa que yo nací así.
—No
me importa en absoluto.
Drago sacó lo que parecía el fragmento de loseta de
Moloch y lo alzó para que lo viese lady Usher y, sobre todo, su animal de
compañía. Los ojos de la bestia empezaron a brillar.
—Quizá entonces, os importe esto más.
—Primero tu corazón, —los ojos de la anciana se abrieron como platos y
su boca se desencajó—, y después el trozo de barro ese.
Drago no tardó mucho en reaccionar. Sus robustos y
peludos brazos cogieron el escuálido cuerpo de lady Usher y lo empezaron a
zarandear. La bestia canópica se revolvió buscando la piel del hombre lobo.
Drago cogió el trozo de loseta y se lo introdujo en la boca de la anciana
delante de la bestia. Lady Usher miró a Drago por última vez dedicándole una mirada
de horror mientras la bestia la despedazaba en busca de su trofeo. Drago se
marchó corriendo en dirección opuesta sin observar como la anciana cerraba por
última vez sus ojos y a medida que sus párpados caían, se podía vislumbrar una
sonrisa placentera invitando a la tranquilidad más que al odio.
El mekamancer caminaba desorientado por una niebla
de polvo y cascotes, colisionando con otro cuerpo, también completamente
desorientado.
—¡Otra vez tú!
Lord Crowley mantuvo su sonrisa sibilina durante un
par de segundos, los suficientes para abalanzarse con su paraguas expulsando su
serpiente hacia el estómago de Walther. El mekamancer se agachó a la izquierda
amagando el ataque aunque rápidamente Lord Crowley reaccionó sacando una daga
de su traje y alzándola para asestarla sobre el corazón de su oponente. Sir
Cavendish se deslizó por el suelo del templo, amagando los golpes en el aire de
la daga. Jamás había visto una de igual tamaño.
—Así que trabajáis para un tal Moloch.
—¿Qué
ignorantes sois?
—Moloch es la excusa perfecta.
—¿Y?
—Para atrapar a la disidencia interna. ¿O acaso
el Club Unicornio está contento con el Mekasylum?
—Los Mekamancers del Mekasylum son un atajo de
psicópatas que no tienen nada que ver con nosotros.
—¿No creéis que al
Culto le pasa lo mismo con este Moloch?
La daga no llegó al cuerpo del mekamancer pero si el
paraguas de lord Crowley que, abriéndolo repetidamente, asustó a sir Cavendish
haciéndole caer.
—No
te va a servir de mucho a dónde vas a ir pero te lo voy a contar.
—Tengo
mis dudas, —se intentó poner de rodillas pero no pudo— últimamente Caronte está
muy solicitado.
Lord Crowley se mostraba ufano frente a un impedido
mekamancer, la victoria estaba ganada.
—Conformarse con
resucitar a un tal Moloch no es una prioridad para El Culto, llevamos mucho
tiempo por aquí para cambiar ahora las cosas, sobre todo si van bien.
—Ya, ¿y por qué tanto interés en las losetas de Moloch, lord Crowley?
—Tanto los seguidores de Moloch como el
Culto compartimos algo en común, somos tanocráticos. O sea que esto de reanimar
tejido muerto es algo común entre nosotros y lo de poder resucitar a un dios no
está mal.
La serpiente volvió a sisear cerca del cuerpo de
Walther. El mekamancer cargó sus guantes y apuntó a lord Crowley pero éste fue
mucho más rápido. Su serpiente se introdujo en uno de los agujeros de uno de los
guantes, haciendo que la serpiente se inmolase en su interior. Walther tiró el
guante y lord Crowley saltó encima del mekamancer, apuñalándolo en su brazo
derecho. Walther chilló. La daga poseía un filo nada común.
—Al final todo es cuestión de enfoque.
Resucitar a un dios olvidado es una pérdida de tiempo cuando puedes hacerlo
sobre el gran IMHOTEP II.
Drago llegó a la sala principal del templo y vio a
las dos chicas completamente solas.
—¿Lo
tienes?
No dejaron respirar al hombre lobo cuando apareció
detrás de él la bestia canópica.
—No
puede ser. —Se asombró Drago.
—Pues
yo creo que sí. —Ironizó un poco la diletante, apuntando con su pistola
simbiótica.
La bestia se deslizó fácilmente hacia los tres mientras
que Emma no podía disparar su pistola.
—Emma. —Intentó llamar la atención de la diletante una nerviosa Abigail.
Enma lo
intentaba una y otra vez pero era incapaz de disparar su pistola simbiótica, al
mismo tiempo que veía a la bestia acercarse peligrosamente.
—Habrá sido el golpe de ese asqueroso, —intentó llegar a alguna
conclusión aunque fuese una peregrina.
—Enma. —Insistía Abigail sobre su compañera.
—¡Mierda! —Insistía Enma sobre su pistola.
—¡ENMA! —Gritó Abigail a la diletante.
El mekamancer arrodillado caminaba torpemente hacia
un lugar seguro apareciendo en la sala con sus compañeros. Sir Cavendish lo
pensó poco. Lanzó su rayo sobre la bestia y ésta hipnotizada por el haz, descarriló
y fue embistiendo hacia el mekamancer. Emma, Abigail y Drago no vieron lo que
se les venía encima. La última grieta del techo llegó a su destino haciendo que
se dividiese en dos partes.
—¡CUIDADO!
Emma apartó a Abigail y empujó a Drago a un lado y parte del techo cayó
encima de la diletante.
—NOOOO.
Lord
Crowley llegó victorioso al lugar sin gorro y con su melena ceniza al viento.
—Una menos.
Abigail le oyó y enfurecida se dirigió al Lord. Caliburnus
empezó a actuar. La primera actuación fue frenada en seco por el paraguas de
Crowley, que al fin y al cabo no parecía un paraguas. Se transformó en una
espada también asestando tajos al aire. Abigail los esquivó enfermiza y a
medida que lo hacía, su gélida mirada no dejaba de mirar a Crowley. Éste poco a
poco iba retrocediendo y sudando cada vez que perdía la posición.
—Esto
por lord Blackmore y todos a aquellos que habéis engañado con vuestras
supercherías de ultratumba.
La arcanista no lo dudo y lanzó su último ataque
sobre el pecho de Crowley, el ser abyecto no pudo parar el golpe. La espada se
introdujo en la caja torácica del lord y lo ensartó al completo. Los ojos
huecos de lord Crowley se quedaron vacíos y su cuerpo cayó como un saco de
patatas. Ni rastro de más serpientes. La bestia canópica seguía hipnotizada por
el haz de sir Cavendish y mientras lo seguía iba destruyendo las paredes del
templo. Cuando terminó de destruir la última
columna del templo, los restos de su artesonado se derrumbaron sobre la bestia
haciendo que la luz de la luna invadiera la estancia y permitiese ver a sus
habitantes que no estaban en Egipto sino que seguían en su Londres.

Una horda de zombies los estaba esperando en el
exterior. Al fondo se oían sirenas de bomberos y la lluvia golpeaba sus rostros
impunemente. Los tres se miraron y después miraron a los zombies. Se
encontraban en los muelles de Londres en su zona más oriental, donde numerosos sampanes se arremolinaban en sus zonas de atraque correspondientes. Estaban demolidos, agotados
pero Drago sacó algo de su bolsillo. Abigail lo reconoció en el acto. Era el
otro fragmento de loseta de Moloch. Sir Cavendish agarró otro que tenía y los tres
empezaron a reírse. El truco del valaqués, cambiando el fragmento por una mera
piedra, había funcionado. Los zombies, cada vez más cerca, no se inmutaban de las
risas rodeando a los miembros del Club Unicornio. Dejaron de reír y se dieron
de bruces con la realidad, estaban completamente rodeados de zombies,
extenuados y abatidos vieron muy cerca su final. El zombie más próximo se
abalanzó sobre Abigail y el resto le siguieron rápidamente zombies pero se
detuvieron al instante porque un rayo
partió al más valiente de todos, cortándole por la mitad. No tardaron mucho
tiempo en caer otros por el mismo rayo. Los tres miraron a sus espaldas y
comprobaron con alegría que Enma estaba disparando con su pistola simbiótica.
—¡Ahora funciona! ¿Os lo podéis creer?
Animados por la sorpresiva aparición, los miembros
del Club Unicornio se disponían a hacer frente a la horda zombie. ¡Qué era una
horda para ellos!
Desde cualquier lado del solitario muelle se podía contemplar
una estela de humo rozando la luna llena. Nacía en uno de los grandes almacenes
de abastecimiento del puerto que lady Usher había comprado con su capital para escenificar “veladas entretenidas”. La única persona que parecía estar en el puerto
era un viejo subido en un barco. El hombre mostraba una barba canosa y bien
poblada y no dejaba de mirar a través de un catalejo la cortina de humo.
—¡Vaya, vaya! Así que ya vienen. —Bajó el catalejo y miró un fragmento
de tierra que tenía en su mano izquierda—. Bien, el Pozo estará esperándoos.
—Eso
espero capitán Sutcliffe.
Del interior de la cabina del barco apareció una
mujer con el rostro pálido. Su vestido
egipcio la delataba pero aún más su rostro a medio hacer. El viejo la miró
asombrado.
—¡Ira
Kodich! Pensaba que habríais muerto en el desplome de la mansión Blackmore.
—¡Bah! Puro teatro para desenmascarar a esos
seguidores del Faraón Negro. Ahora sabemos que tienen dos de los fragmentos de
la loseta de Moloch y que pronto vendrán a por el suyo.
El viejo capitán volvió a mirar su fragmento. Ira
dudó unos segundos, la mirada de Sutcliffe al fragmento no la gustó.
—Espero
que el Pozo este con Moloch en esto, ¿no?
Tardó unos segundos pero contestó seguro de sí
mismo.
—La alianza se mantiene. La palabra de Madam
Edwarda es ley.
Ira asintió más relajada mientras ambos no dejaban
de mirar el humo ascendente. Sus cuerpos se movían sutilmente al son del mar
rebotando en el muelle. La lluvia persistía acrecentándose e impidiendo casi
leer sobre la eslora de madera del barco su nombre: el Ron Rojo.
CONTINUARÁ...